A lo mejor es un simple chipote –producto del aniversario de aquel 2 de julio–, pero en estos días se advierte de nuevo la tensión política que aplaza decisiones del interés nacional.
Los ministros aplazan su fallo frente al indefendible gobernador Mario Marín y así, aplazan la impartición de justicia. La reforma fiscal pasa a la antesala de espera, dejando ver que a lo mejor queda como el nuevo rehén de la subcultura del chantaje. El pésimo estado del drenaje profundo que amenaza con inundar a la Ciudad de México y el plantón contra la reforma del ISSSTE son motivo de confrontación entre los gobiernos federal y capitalino. La caída en el número de ejecuciones no la acreditan los operativos, sino la sospecha de una “tregua” convenida. La purga de mandos en la Policía Federal Preventiva queda en duda o peor aún, se percibe como una sopa donde sólo se mueven las fichas. La fiesta del cerro, o sea, Oaxaca, se desgaja de nuevo.
El aniversario de aquella polémica elección advierte que la urgente necesidad de proyectar al país a un mejor futuro es aplazada. Ojalá sólo sea un simple chipote.
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Desde hace años –décadas, si se quiere– el país vive al día. No se piensa en grande. Por más que se elaboran supuestos planes transexenales que proyectan al país hasta 20 años adelante, el horizonte nacional apenas llega a la noche del día en curso. Más, no hay.
Las grandes decisiones se aplazan porque no es conveniente tomarlas… porque no hay condiciones para instrumentarlas… porque no son oportunas… porque de momento es preferible postergarlas… porque hay que esperar las elecciones del domingo… porque… porque… Miles de “porqués” que, a la postre, se resumen en uno: porque en el permanente desacuerdo de la élite política, el país se escurre entre las manos.
La historia se repite con terquedad y la piedra con la que el país tropieza es la misma.
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De a tiro por elección, se plantea una reforma en la materia bajo el disfraz de una reforma de Estado. De a tiro por sexenio, se lanza una reforma fiscal a partir de la filosofía de “lo deseable, lo posible”. De a tiro por Gobierno, se reelabora el esquema de seguridad pública y nacional. De a tiro por sexenio, sale del clóset el esqueleto del Fobaproa. De a tiro por año, el presupuesto es motivo de rebatinga. De a tiro por Gobierno, se anuncia la impostergable reforma educativa. De a tiro por año, la explosiva situación de Pemex es motivo de preocupación, pero no de ocupación. De a tiro por sexenio, los peces gordos de la corrupción se convierten en charales. De a tiro por Gobierno, la filosofía del cambio termina siendo un suspiro, donde se festeja que afortunadamente no pasó nada.
Año tras año, se aplazan decisiones que reivindiquen el proyecto de nación, el Estado de Derecho y la consolidación de la democracia.
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Bajo el esquema del aplazamiento, el malestar ciudadano aumenta y la pérdida de credibilidad en las instituciones amenaza con dejarlas vacías.
Los políticos no quieren hacer política sino asegurar o acrecentar la cuota de poder que les corresponde y en ese propósito o despropósito, arrastran cualquier otro objetivo así sea del interés nacional. La competencia o la incompetencia política se finca no en el acierto propio, sino en el error del contrario.
La ganancia no deriva de lo bien que hagan las cosas éste o aquel otro partido o Gobierno, sino de lo mal que lo hace lo contrario. Se apuesta al cascajo, no a los tabiques y desde el montículo de los escombros, se proclama la victoria: no me fue bien, pero le fue peor al otro. Ésa es la filosofía.
El tejido político y social se confunde con una red agujeros, por donde los partidos van perdiendo contacto con la ciudadanía, divorciándose de ella para hasta la próxima temporada electoral intentar tomar contacto a partir de ofertas que, al final, serán simples promesas de campaña.
Viene a la memoria el recuento de frustraciones porque, de nuevo, ojalá como un simple chipote, el ambiente se advierte tenso y aplaza decisiones.
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Disfrutan esa atmósfera enrarecida quienes encuentran en ella oxígeno para su sobrevivencia.
Mario Marín festeja con enorme pastel su cumpleaños pero, sobre todo, su sobrevivencia: el aplazamiento del fallo de los ministros de la Suprema es el betún del pastel de impunidad con que se pasea por Puebla. Bien podría el pequeño cavernícola invitar a su fiesta a Arturo Montiel y a su ahijado Enrique Peña, a Ulises Ruiz y a la pareja ex presidencial, que hacen de la impunidad el carnaval de los abusos.
Los ministros se van de vacaciones preocupadísimos porque les faltan las reglas para instrumentar su fallo. Aprobaron integrar una comisión, elaborar un dictamen y chispas, a la hora de emitir el fallo, de golpe se acordaron de las reglas. No quieren cometer una injusticia con quien ha hecho de la impunidad su reino. Los otros agraviados, la periodista Lydia Cacho, pero sobre todo los niños abusados y explotados sexualmente no deben desesperarse, es cosa de aguantarse. Regresando de vacaciones los ministros pensarán concienzudamente cómo no lastimar los derechos del gobernador Mario Marín y hacer algo.
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Disfrutan de ese ambiente, los mandos medios de la Policía Federal desplazados que –en medio de la confusión, la falta de comunicación seria y el anonimato– se presentan como celosos defensores del orden, víctimas de una decisión equivocada.
La ausencia de una política clara en materia de seguridad pública iguala a buenos y a malos policías y la sociedad no sabe ya ni a quién creerle. Se prometió una Policía Nacional, pero se creó un Cuerpo Especial del Ejército y la Fuerza Aérea. Se decretó un mando único de la Policía Federal Preventiva y la Agencia Federal de Investigación pero, después, se lo tragó la tierra y ahora resulta que 284 mandos no son confiables del todo, pero tampoco desconfiables del todo y entonces, es muy difícil entender lo que está ocurriendo.
Disfruta de esa atmósfera, el crimen desorganizado.
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El drenaje de la capital de la República está que truena y aun cuando se conjuntan trabajos federales y locales para repararlo, la ocasión es buena para reavivar la confrontación entre los Gobierno de Felipe Calderón y Marcelo Ebrard.
Llama la atención como, en las últimas dos semanas, a los calladísimos funcionarios del Gobierno calderonista les ha dado por picarle la cresta a Marcelo Ebrard. Que no levanta los plantones producto de problemas federales, que no declara zona de desastre la ciudad para allegarle recursos federales, que subsidia los plantones y en el remate, el PAN capitalino lanza una serie de spots cuestionando al Gobierno local.
Si esa ofensiva trae el beneplácito de Los Pinos, qué pena. Si no la trae, no se entiende por qué ese afán de recalentar la confrontación y de paso, poner en medio del asunto, a los capitalinos.
El sindicato y la coordinadora del magisterio disfrutan de ese ambiente.
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El eje por donde todos esos problemas atraviesan son los partidos que, desarticulados y divididos, no atan sino desatan decisiones, no buscan encuentros sino desencuentros y así, el país aplaza sus grandes decisiones.
Ojalá esta atmósfera sea sólo un chipote, mientras el país desespera.
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