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Vergüenza

Federico Reyes Heroles

Las lluvias comienzan a sistematizarse. El país, como todos los años, se pintará de verde. Hierba, pastos y flores ocultarán por unos meses el auténtico basurero en que hemos convertido a México. Ese verde también ocultará una gran vergüenza: nuestra feroz capacidad destructora.

México es un país muy afortunado. Tenemos un territorio todavía amplio para nuestra población: poco más de 53 habitantes por kilómetro cuadrado, sobre todo si lo comparamos con naciones como Hungría con 105, Japón con 340. Fortuna también es tener uno de los principales acervos de biodiversidad: cuarto o quinto lugar. Fortuna tener zonas con capas vegetales de gran riqueza y aunque la extensión cultivable es relativamente pequeña -un 13 por ciento- esa porción de casi dos millones de kilómetros cuadrados es un área considerable. Pero quizá una de nuestras mayores riquezas renovables radica en el potencial silvícola del país. Alrededor de un 23 por ciento del territorio tiene esa vocación: bosques y selvas. México debiera ser una potencia silvícola, de verde permanente, no temporal. Qué dieran muchos países por tener una extensión similar. Ellos exportan celulosa y papel, nosotros nos damos el lujo de importar.

Además por nuestra localización en el hemisferio, por nuestra orografía, por el clima, muchas de las variedades de árboles que prenden en México, tienen ritmos de crecimiento hasta cinco veces más acelerados que los árboles de países nórdicos con largos y oscuros inviernos. México no ha tomado a sus bosques y a sus mares en serio, como una alternativa de desarrollo, como un camino para abatir la pobreza, como parte de nuestro destino nacional. No sólo no preservamos lo que tenemos sino que además dilapidamos esa riqueza. Parte de nuestra miseria se explica por esta sistemática destrucción de recursos. Sigo la cifra desde hace tiempo; para las autoridades es de 300 mil hectáreas por año, pero otros cálculos la llevan hasta 700 u 800 mil. Quedémonos con 500 mil. Según mis números es una superficie equivalente a cinco veces el territorio de Hong Kong.

Se trata de bosques y selvas perdidos anualmente debido a los incendios que en su gran mayoría son producto de la acción humana, a la tala incontrolada, clandestina y asesina, y a las malas costumbres de cultivo. Al debilitar la capa vegetal que retiene al terrón las tierras se deslavan dejando ir al mar una cantidad inmensa, difícil de calcular, de materia orgánica, de tierra, de humus. Todos los años contemplamos impávidos cómo riachuelos y ríos se llenan de aguas color chocolate que son un termómetro de nuestro descuido, de nuestra incapacidad para frenar la destrucción, de nuestro cinismo que permite el empobrecimiento del recurso natural que le da de comer a los más pobres de México: la tierra. Ocupados por el circo político olvidamos que el país se deslava hacia el mar anunciando un futuro triste, muy triste.

Más del 75 por ciento del territorio nacional está en proceso de degradación y alrededor de la mitad presenta ya un daño tal que convierte a esas tierras en muy vulnerables. La Comisión Nacional Forestal acaba de liberar un dramático estudio que recuerda la dimensión de la tragedia. El manejo inapropiado de los terrenos arables, el abuso del riego y de los agroquímicos, el sobre pastoreo, los desordenados procesos de urbanización, pero sobre todo la tala asesina, hace que México pierda al año alrededor de, en cifras oficiales, 360 mil hectáreas cultivables. En un mundo con mil quinientos millones de hambrientos, en un país donde uno de cada cinco habitantes padece de pobreza extrema, somos incapaces de contener la destrucción de lo irrecuperable: la tierra.

¿Cómo explicar esta gran vergüenza nacional? En primer lugar los dogmas: México debía ser un país agrícola, así lo determinó el mandato de la Revolución justiciera. No importa que nuestras vocaciones sean otras, la repartición de tierras sin destino agrícola se llevó al extremo. Campesinos esperanzados sobre capas de tierras paupérrimas, con otra vocación, laderas abiertas al cultivo a sabiendas de su corta vida, costumbres producto de la ignorancia como las populares quemas que nadie se atreve a cuestionar, la lista es larga. Pero en el fondo lo más grave es una relación perversa con el medio ambiente, con los seres vivos.

¿De dónde lo sacamos, acaso lo heredamos? Difícil establecerlo, pero el hecho es que en nuestras actitudes cotidianas mostramos un profundo desprecio hacia la vida. Pareciera que estamos en este mundo para arrasar con los recursos, para utilizarlos tan aprisa como sea posible sin consideraciones de futuro. Si las tierras se deslavan pues habrá que abrir otras al cultivo. Si los bosques se mueren no importa, siempre habrá otro cerro que pelar. Si las playas se contaminan no importa, nuestras costas son muy extensas. Si para cambiar de uso de suelo una propiedad es necesario incendiarla pues ni modo, el que venga que are. Según cálculos de Naciones Unidas la degradación de nuestros suelos es equivalente al 1 por ciento del PIB. Muchos dirán, una tontería. Proyectemos la cifra a una generación y el resultado será entregar un país un tercio más pobre del que tenemos.

El domingo pasado, mientras los primeros grandes aguaceros se dejaban caer sobre el país, se conmemoraba el Día Mundial contra la Desertificación. Por supuesto que la tragedia no es sólo nuestra, el África subsahariana es un horror. Pero el drama mexicano radica en nuestra incapacidad para detener la destrucción, la barbarie. Pasan los años, los sexenios, las décadas y nosotros ni siquiera hemos concebido que se trata de una gran vergüenza.

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