Lo que ahora sufrimos, y más que sufriremos por culpa de la debacle financiera de Estados Unidos, es reconocido ya como el polvo de aquellos lodos de 1988: la coyuntura electoral en que la “providencial” caída del sistema de cómputo de Gobernación para los comicios federales auspició la conocida transacción política que condujo a Carlos Salinas de Gortari a la Presidencia de la República.
El vocablo “providencial” se entiende casi siempre como “obra de Dios” mas no creemos que haya sido así en este caso, pues somos viejos conocedores de que casi siempre viene a ser el mismísimo diablo, y no Dios, quien teje las tramas de las conjuras políticas. Pero el hecho fue que Salinas de Gortari se alzó con el debatido triunfo, fue sancionado por el Congreso de la Unión y el susodicho juró el cargo ante los senadores y los diputados federales para asumir la Presidencia con el sombrío objetivo de enredar a México en la telaraña de la globalidad económica, la cual dio los tristes resultados que ahora sufrimos y lamentamos.
Se hablaba entonces de abrir al mercado internacional nuestra maltrecha economía y para ello se unció nuestro destino al de Estados Unidos y Canadá. Para ello se ofreció un futuro de prosperidad mediante el Tratado de Libre Comercio y nunca, pero nunca, conocimos en el país los riesgos que correríamos con este ayuntamiento comercial. Ahora lo sabemos, aunque bien pudimos haberlo vislumbrado entonces: ingenuamente pensábamos en las utilidades, sin saber que también corríamos el riesgo de perder la inversión si el negocio no resultaba.
Quiebra o no, el hecho de codearnos con la aristocracia económica del globo terráqueo nos ha costado caro, y la maquinita sigue sumando capital e intereses. Sin deberla, ni temerla, ahora somos socios en la quiebra financiera de los Estados Unidos y vamos a tener que soportar el denso y prolongado tonelaje de sus destructivos efectos.
Nuestra paupérrima unidad monetaria, el deslucido peso. solamente requirió de unas cuantas horas para derrumbarse estrepitosamente después de la declaratoria de insolvencia estadounidense; ahora sólo nos queda ingerir el remedio del ajo y del agua y después rogar al cielo —¿a quién más?— para que las Bolsas de Valores de todas las naciones, el sube y baja de las monedas y la consecuente escalada de efectos inflacionarios que recorre todo el mundo, y obviamente está ya México, no nos lleven entre las patas de sus caballos durante los próximos días, semanas, meses, quizás años y no escribo siglos por no exagerar.
Colmo de colmos, la debacle en las finanzas mundiales nos ha sorprendido en el vórtice de la inseguridad personal y colectiva que padecemos en nuestro país. Bronca sobre bronca, poco tiempo tendremos para imaginar soluciones para la crisis económica, cuando no hemos podido ingeniar el cómo resolver la guerra que declaró el presidente Calderón a los empresarios del narcotráfico.
Y sin embargo, el jefe del Poder Ejecutivo de la República tiene un plazo que se cumple dentro de algunas semanas. ¿Cuál de estos problemas irá a resolver primero? ¿La recesión económica o la guerra contra la violencia antijurídica? La verdad es que, véase como se vea, podríamos estar con los dedos, las manos y hasta el cuerpo bien cogidos (Dios nos libre) cogidos entre la puerta y la pared. ¡Ah canijo!..