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Amigo Sembrador

Francisco A. Ledezma

“Ese niño es la piel de Judas”, le reclamaban a su angustiada madre, las mamás de los niños descalabrados en las pedrizas que generalmente iniciaba esa “criatura del demonio” al que esas señoras se referían. El padre Scotti –párroco de Belén de Mercedarios iglesia enclavada en el populoso barrio del mismo nombre en la Ciudad de México- pontificaba que el chamaco aquél era el mismísimo Barrabás redivivo.

Sus profesores de primaria también hicieron sentencias sumarias del mocoso tan severamente estigmatizado, sin embargo ese niño convertido en hombre siempre guardó hasta los tiempos actuales, el recuerdo de todos sus maestros: de la señorita Castoreña, de la señora Lavín y de los profesores Rodríguez, Romero y Rivera, sus mentores del segundo al sexto año de primaria. De su profesor de primer año recuerda sin rencor, que en una ocasión le hinchó a “reglazos” las palmas de las manos, seguramente por alguna pequeña fechoría cometida.

¿Cuál habría sido el futuro de aquel niño inquieto y rebelde, si sus maestros no lo hubieran soportado? ¿Qué nivel en la escala del saber tendría, si sus profesores no le hubieran impartido los conocimientos básicos de la primaria? Sin esas bases ¿se habría convertido en un ávido lector ansioso de saber y entender sus propias circunstancias?

Son elucubraciones, pero lo cierto es que aprendió a estimar al maestro, a valorar lo que él significa en el caminar del hombre para que éste logre escalar otros niveles, para que alcance las metas pretendidas. Para ser, concretamente, un hombre de pro. De ahí que ahora siente un profundo respeto por los maestros. Los admira y coloca en su justa dimensión.

Por eso aquel niño, ahora hombre en la senectud, aceptó con gusto participar en el homenaje póstumo que se le rindió a la maestra Eva Alicia Sobrevilla de Calderón, acto que tuvo efecto el día 16 del presente en el Teatro Alfonso Garibay Fernández, en que se recordó a la maestra que fuera directora durante muchos años en esta ciudad de las escuelas secundarias Moisés Sáenz y Federico Berrueto Ramón.

Maestra por vocación y profesión, educadora de prosapia, sembró con prodigalidad la semilla del saber ampliando los horizontes de los educandos, y aunado a todos esos valores, se entregó con pasión al servicio comunitario en el Club Sertoma de Torreón, del cual fue presidenta del sector damas y gobernadora del Distrito Norte, destacando por su incansable labor altruista en el movimiento benefactor de una institución cuyo lema universal es “Servicio a la Humanidad”.

El homenaje fue sobrio, preciso, sin ditirambos, haciendo justicia a la personalidad de quien hizo del magisterio la razón de su vida, la maestra Eva Alicia Sobrevilla de Calderón.

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