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Andrés Henestrosa

Plaza Pública

Miguel Ángel Granados Chapa

Acinco legislaturas perteneció Andrés Henestrosa, tres veces diputado y una vez senador. Tentado por la vida pública, pudo ingresar en la Cámara por primera vez en 1958 porque un antiguo vasconcelista, Adolfo López Mateos, era candidato presidencial y alentó que antiguos correligionarios, convertidos al priismo, llegaran al Congreso. Tal fue el caso de Manuel Moreno Sánchez, que encabezó el Senado. Tal fue también el de Henestrosa, que en esa inicial andanza parlamentaria fue compañero de José Luis Martínez y Francisco Martínez de la Vega, personas de letras como él. Aunque en su ficha inicial se registra que ingresó al PRI en el año mismo del nacimiento de este partido, 1946, consta igualmente que al fundar Vicente Lombardo Toledano el Partido Popular en 1947, al igual que su también correligionario del 29 Alejandro Gómez Arias, Henestrosa se afilió a aquel que muchos entendieron como un intento de recuperar ideales perdidos y hasta fue secretario de prensa del comité nacional pepino. Con Vasconcelos había estado en la Oposición y demoró tres décadas en pasar al partido del Gobierno.

Volvió al Palacio del Factor, en la esquina de Allende y Donceles en 1964, en la primera legislatura con presencia de opositores, por el ingreso de diputados de partido. No había Oposición en el Senado para el que fue elegido en 1982 y a cuya tribuna volvería el 7 de octubre de 1993, al recibir la medalla Belisario Domínguez. Fue una vez más diputado en la turbulenta legislatura número 54, poblada ya no sólo por priistas sino con amplia presencia de airados miembros de los partidos que apoyaron a Cuauhtémoc Cárdenas y a Manuel J. Clouthier. Hubiera Henestrosa querido gobernar a Oaxaca: “creo que una buena Administración pública vale más que la mejor novela”, pero nunca se acercó de verdad siquiera a la candidatura. Su ansia de libertad y su hedonismo le impidieron empeñarse en un propósito cuya consumación dependía entonces de la voluntad presidencial.

Hubiera sido tal vez un buen gobernador, como lo fue en Campeche su admirado Héctor Pérez Martínez. Pero las cosas son como son y Henestrosa permaneció en la república de las letras, hasta su muerte el jueves pasado, cumplido un centenar de años y poco más de catorce meses, escritas páginas por miles, suficientes para formar decenas de volúmenes si se hubiera, como habrá que hacer, reunida su vasta y fecunda contribución al periodismo como se ha publicado su obra literaria, esa que con modestia dijo que podría ser leída en menos de una hora. La sola compilación de una década de su semanal Alacena de minucias permitió a su biógrafo Adán Cruz Bencomo publicar en agosto pasado un tomo robusto, de ochocientas páginas. Casi trescientas recogieron años atrás una porción de su Divagario. Por eso dijo también el autor que leer sus textos aparecidos en la prensa requeriría más de un año.

Tenía Henestrosa 23 de edad, y sólo siete de haber llegado a la Ciudad de México cuando con el patrocinio de Antonieta Rivas Mercado publicó una de sus dos obras magistrales, Los hombres que dispersó la danza, una cosmogonía de su pueblo originario. “La mitad del material con que están compuestas estas leyendas –explicó— fue inventada por los primeros zapotecas. La otra mitad la inventé yo. Inventé, también, una manera de narrarlas. Hay algo más: di unidad a este material, antes disperso. Pero quizá lo único personal que haya aquí sea eso: la manera de contar estas mitologías”.

Escribió la segunda de esas obras cruciales, el Retrato de mi madre, en una suerte de exilio. Pintó a Martina Man en una carta fechada en Nueva Orleans en agosto de 1937, dirigida a su amiga Ruth Dworkin. Dijo de esa pieza Henrique González Casanova: “Es el Retrato de mi madre una de las obras que hacen de nuestra literatura una literatura nacional. Regido por el decoro, el trazo sobrio de las palabras dibuja el retrato. Sabe el lector que es el retrato de la madre de Andrés Henestrosa, pero cuando termina la lectura el retrato es suyo, del lector que pronuncia el título: retrato de mi madre, ya sin mayúsculas, con un nuevo sentimiento de unción”. Henestrosa había viajado a Louisiana en 1936, según su propia descripción, “desterrado voluntario de México, en el que veía en mi soberbia juvenil no una patria, sino un enemigo”.

Es conocida la transculturación de Henestrosa, la que sus amigos bromistas expresaban llamándolo “Andrés, el hoy blanco”, en alusión a un poeta venezolano que vivió y murió entre nosotros, el autor de la exigencia literaria de que se pinten angelitos negros. Hablante sólo de zapoteco y huave hasta su adolescencia, tuvo que hacer suyo el español, lengua ajena que se le sometió rendida. A otra amiga, Estela Shapiro, escribió en 1972 que “la literatura no es nada más la buena gramática, la elegancia de estilo, las bellas palabras puestas en fila. Es también, y casi siempre, la verdad que se logre expresar”.

En sus últimos años, respecto a la vida y la muerte, esa verdad era contradictoria en Henestrosa. Quiso morir centenario, es decir ansiaba vivir y al mismo tiempo temía a la muerte. Ya entonces dijo a su amiga: “Yo le temo a la muerte, Estela, aunque me diera lo mismo ya estar muerto. O tal vez no aborrezca a la muerte sino que adore a la vida. Ahora mismo, cuando ya he traspuesto la última cuesta, cuando el amanecer está lejano y próxima la noche, me hinco al anochecer y a escondidas pido al dios en quien no creo que me deje vivir para amarla y para servirla”.

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