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¡Catástrofe en NY!

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Agencia Reforma

Emula Florida eliminación de 2007; amargo adiós al Shea Stadium.

Hoy por la tarde, peloteros y aficionados saldrán por última vez del más famoso estadio de beisbol de la nación.

No habrá más tardecitas soleadas con la actuación de los sucesores de Ruth y Gehrig, DiMaggio y Mantle. No más veladas de octubre con las sombras deslizándose sobre el césped.

Fue una estructura construida para simbolizar el poderío estadounidense, un lugar para atrapar la imaginación de Nueva York tal como es el Coliseo para Roma.

Y ahora, 85 años y medio después de su inauguración, el Yankee Stadium está por cerrar sus puertas. “Lo voy a extrañar”, se lamentó Yogi Berra.

Buena parte de la historia del beisbol se ha escrito en este recinto cerca del río Harlem: de los 601 juegos de la Serie Mundial, cien se jugaron aquí. Hubo once juegos sin hits, incluyendo tres juegos perfectos.

El nuevo estadio de los Yanquis, un palacio de 1,300 millones de dólares que se alza justo del otro lado de la calle 161, puede que ofrezca toda la comodidad del mundo, pero nunca reemplazará la historia del escenario original.

Y si no, habría que preguntarle a Reggie Jackson algún recuerdo prominente, como el 15 de abril de 1968.

“Lo que más recuerdo fue ver a Mickey Mantle”, dijo. “Jugué contra Mickey Mantle. Bajé la mirada y vi que sus zapatos tenían el número 7. Se detuvo y me dejó pasar. Y sabía mi nombre”.

A un costo de 2.5 millones de dólares, el primer estadio deportivo nacional de tres bandejas se levantó en 284 días de trabajo en 1922 y 1923, antes de que existiera el Empire State Building. Lo llamaban entonces “The Yankee Stadium”.

Construido en terrenos adquiridos al patrimonio de William Waldorf Astor por 675,000 dólares, estaba del otro lado del río del primer hogar del equipo, el Polo Grounds, que los Yanquis habían alquilado a su rival en la Liga Nacional, los Giants de Nueva York. La avenida Cromwell tuvo que ser eliminada para permitir la construcción.

Parte del diseño original de Osborn Engineering Co todavía queda en pie.

Cuando los jugadores de los Yanquis entran en el club del estadio pasan junto a los retratos de sus 16 predecesores cuyos números han sido retirados. Cuando enfilan por el túnel hacia el campo, pasan al lado de un cartel con una cita de DiMaggio: “Quiero agradecer al Señor por hacerme un Yanqui”. Y muchos lo tocan para llamar a la buena suerte.

Un recuerdo que resuena particularmente en muchos de los que van al estadio es el sonido desencadenado por los fanáticos.

“Es increíble ese estadio, su poder”, dijo el ex manager Joe Torre. “Uno puede sentir el latido del corazón de la gente en las gradas, especialmente cuando uno enfrenta a los Medias Rojas o a los Mets, pero especialmente a los primeros. Y después, por supuesto, la postemporada”.

La algarabía comenzó en el primer día, cuando Ruth pegó un jonrón de tres carreras en la victoria de 4-1 sobre Boston el 18 de abril de 1923.

Todos los 26 títulos en la Serie Mundial y 37 de los 39 de la Liga Americana conquistados por los Yanquis fueron en años en que jugaron aquí. El estadio fue el primero en tener un tablero de mensajes eléctrico (1959) y la primera pantalla con repetición de jugadas (1976).

Los fanáticos recuerdan ese cuatro de julio en que Lou Gehrig se proclamó “el hombre más afortunado en la faz de la tierra”.

O el sexagésimo primer jonrón de Roger Maris en 1961. También la noche de tres jonrones de Jackson en el sexto juego del año siguiente, que dio al propietario George Steinbrenner el primero de sus seis títulos en la Serie Mundial.

El escenario dio lugar a otros encuentros deportivos: en el estadio se disputaron treinta campeonatos de boxeo, incluyendo la destrucción de Max Schmeling a manos de Joe Louis en 1938. Hubo juegos de futbol con Pelé, misas papales de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI; un mitin con Nelson Mandela, y conciertos de rock de Billy Joel, Pink Floyd y U2.

“Lo voy a extrañar. Es una lástima que lo liquiden”, comentó Bob Feller, que en el mismo estadio no permitió hits jugando para Cleveland en 1946. “En Europa resguardan los lugares históricos, los convierten en monumentos. Y aquí los derribamos para levantar algo nuevo”.

Un honor para Aceves

Alfredo Aceves nunca soñó estar aquí. Eso es un hecho. Ni aquí, en Nueva York, ni en grandes ligas. Ni mucho menos subiéndose a la loma como el penúltimo lanzador de los Yanquis en hacerlo en lo que desde 1923 es su casa.

Ahora, esa realidad sin sueño, alcanza el momento cumbre en una joven pero meteórica trayectoria del derecho de San Luis Río Colorado, Sonora.

Anunciado para abrir ayer el penúltimo juego en la historia de Yankee Stadium, Aceves deja por momentos las risas y bromas que lo caracterizan y voltea seriamente al montículo. Su habitat natural.

“Nada de nervios, es un honor que voy a estar aquí, con tanta historia que tiene este estadio, con tanta historia que tiene esa loma”, dijo el derecho de 25 años de edad.

“Es el círculo de nosotros, el solitario lugar de nosotros los pitchers, ahí voy a ir otra vez, como siempre lo he hecho”.

Juguetón y aparentemente despreocupado, el novato de los Yanquis es el vivo reflejo de aquel muchacho que crecía precisamente así, siendo un niño juguetón y despreocupado, no aferrándose a un sueño de grandes ligas, fama y salarios millonarios.

“Nada, nada de esto me lo esperaba. Ni de chavito, entonces estaba en otros rollos”, dice con una tremenda carcajada. “No me gustaba nada. Me la pasaba en la calle. Me gustaba andar matando palomas y pichones y lagartijas”.

Ahora, debe matar, en el sentido más figurado, bateadores rivales, y así establecerse y escribir su propia historia.

Con cinco juegos de experiencia en la gran carpa, Aceves está consciente que su trayecto apenas inicia, y que su camino lo traza él, no un legado.

“Pero pues de seguro vivió otras experiencias muy diferentes que las mías”, dijo el sonorense cuando se le comentó que figuras como Fernando Valenzuela nunca se pararon en el centro del diamante de Yankee Stadium.

Despreocupado. Visiblemente relajado. Así se le puede describir al fronterizo, al menos cuando no está en la loma. Así actúa uno cuando está cómodo con su ambiente, y así lo refleja él.

“Somos como una familia, en verdad”, dijo antes de ser interrumpido por Joba Chamberlain, quien lo imitaba.

“Estoy rodeado de grandes personas, no nombres nada más ni personas famosas. Son grandes hombres, grandes seres humanos como Sidney Ponson y Mariano Rivera”.

Primero su país, luego su profesión. Al final, sus sueños. Aunque no sean estos.

Definen último boleto a play offs de GL

El banderín de la División Central de la Liga Americana todavía no tiene dueño esta temporada. Los Medias Blancas alargaron su campaña al menos por un día más luego de vencer 5-1 a los Indios, debido a la combinación del triunfo de los Mellizos por blanqueada de 6-0 ante los Reales.

Chicago está medio juego abajo de Minnesota, pero con un duelo pendiente que hoy sostendrán en casa ante los Tigres de Detroit. En caso de que los Medias Blancas ganen esta tarde, tendrían un juego de desempate mañana ante los Mellizos, también en Chicago; una derrota de los patipálidos le daría el banderín y el pase a play offs a Minnesota.

Los Medias Blancas fueron conducidos ayer por Mark Buehrle, quien con sólo tres días de descanso se adjudicó la victoria, Paul Konerko pegó su cuarto jonrón en los últimos tres juegos y Jermain Dye selló el triunfo de Chicago con un sencillo productor de dos carreras.

Buehrle lanzó siete innings (111 lanzamientos) en los que apenas permitió una carrera, ponchó a seis y otorgó una base por bolas.

En Minnesota, los Mellizos hicieron su parte al vencer a Kansas City, gracias al aporte del abridor Scott Baker, quien en siete episodios sólo permitió cuatro hits, ponchó a nueve y regaló un pasaporte, mientras que a la ofensiva, Joe Mauer y Delmon Young se despacharon con sendas carreras producidas cada uno.

En Boston, Mike Mussina (20-9) se convirtió en el lanzador más veterano (39 años) en alcanzar 20 triunfos en un año, en la victoria de los Yanquis de Nueva York 6-2 ante los Medias Rojas.

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