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Cena de Pascua

Jaque Mate

Sergio Sarmiento

“La historia es un interrogar al pasado para saber qué pasa en el presente”.

Alfonso Reyes

El día del pan de los ázimos, del pan sin levadura, los discípulos se acercaron y le dijeron: Maestro, ¿dónde quieres comer el cordero de Pascua?

Él les dijo: “Id a la Ciudad de la Esperanza, ahí está Marcelo, y decidle: El Maestro dice: Mi tiempo está cerca, en tu casa en la Condesa celebraré la Pascua con mis discípulos”.

Los discípulos hicieron lo que el Maestro les mandó y prepararon la Pascua.

Al atardecer, se puso la mesa con los Doce.

Y mientras comían, el Maestro les dijo: “Yo les aseguro que uno de ustedes me entregará”.

Muy afligidos, se pusieron a decirle uno por uno: “¿Acaso soy yo, Maestro?”

Él respondió: “El que ha mojado conmigo la mano en el plato, ése será”.

“¿Soy acaso yo, Maestro?”, preguntó Alejandro, al que llaman Encino por su fortaleza. “¿O seré yo?”, preguntó aquel a quien llamaban Chucho.

Continuaron comiendo todos del pan y del vino que les compartió el Maestro. Pero pronto unos y otros empezaron a discutir. “Tú te robaste la elección”, dijo Encino. “No es verdad, tú te la robaste”, respondió Chucho.

“Además, el Maestro te ha tenido preferencia a ti –dijo Chucho—. Y eso no es justo. ¿Acaso no dedicó todo el sermón del Chiquihuite a decir que tú serías la cabeza del movimiento?”

“Eso lo hace porque sabe que le soy fiel. Yo estuve con él desde un principio. Y cuando las cosas nos fueron adversas, cuando los sacerdotes del templo nos despojaron, yo le ayudé a bloquear la calle principal de Jerusalén”.

“Pero ese bloqueo fue un error. Todo el pueblo judío ya se nos habría unido de no ser por esa acción que irritó a tantos. Yo le fui fiel al Maestro de otra manera. Le di consejo sensato mientras que tú lo empujabas a volverse cada vez más radical”.

El Maestro calmó los ánimos de los discípulos y les dijo: “Todos vosotros vais a escandalizaros de mí esta noche, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”.

Encino intervino y le dijo: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré”.

Pero el Maestro le dijo: “Yo te aseguro, esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces”.

Díjole Encino: “Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré”. Y lo mismo dijeron también todos los discípulos”.

Entonces va el Maestro con ellos a una propiedad llamada la Ford, en Iztapalapa, que les había preparado Marcelo, y dice a los discípulos: “Sentaos aquí, mientras yo voy allá a hacer planes para nuestras movilizaciones futuras”.

Y tomando consigo a Encino y a Chucho, comenzó a sentir tristeza y angustia.

Entonces les dice: “Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo”.

Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y decía así: “No es posible que el pelele, el usurpador, quiera vender el aceite de las lámparas. Éste debe ser propiedad del pueblo para que los romanos no se lo puedan llevar”.

Viene entonces donde los discípulos y los encuentra dormidos, y dice a Encino: “¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo?”.

“Velad y reflexionad para que no caigáis en la tentación y aceptéis que el usurpador os agarre la pierna”.

Y alejándose de nuevo, por segunda vez, reflexionó así: “General Cárdenas, no permitas que la iniciativa del pelele pase por el Congreso de la Unión”.

Volvió otra vez y los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados.

Los dejó y se fue a reflexionar por tercera vez, repitiendo las mismas palabras.

Viene entonces donde los discípulos y les dice: “Ahora ya podéis dormir y descansar. Mirad, ha llegado la hora en que el Maestro será entregado a manos de policías”.

Pero ¿por qué policías?, dijeron al unísono Encino y Chucho. No hemos bloqueado ya ningún camino y sólo después de la Pascua empezaremos a hacerlo nuevamente.

No son los bloqueos, respondió el Maestro, es que el procurador romano encontró en sus archivos un viejo expediente por desacato y hoy vienen a cobrarme la falta de no haber obedecido la orden de un juez.

TRANSGÉNICOS

El Gobierno Federal publicó en Semana Santa la autorización a los productos transgénicos sin duda para disminuir las presiones políticas. Pero la medida es correcta. Nuestros campesinos no pueden competir con los agricultores del resto del mundo si no cuentan con las mismas semillas y productos transgénicos que aquéllos. Las autoridades de sanidad deben prohibir productos cuando éstos sean peligrosos para los consumidores o para el ambiente, pero no para satisfacer los dogmas de unos cuantos.

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