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Chiquifaldas

Jaque mate

Sergio Sarmiento

“Cuando estoy feliz en mi interior, es cuando me siento sexy”.

Anna Kournikova

Persiste la insistencia de las mentes pequeñas de nuestro país por imponer faldas largas a las mujeres.

Esta semana se dio a conocer que la Universidad Autónoma de Sinaloa ha tomado la decisión de “recomendar” a las estudiantes de preparatoria que no utilicen minifaldas. Esto lo hacen, dicen, por su bien: para impedir la violencia de género. Por otra parte, la Arquidiócesis de México ha divulgado un documento firmado por el canónigo metropolitano Sergio Román, el cual se puede consultar en www.siame.com.mx, que concluye diciendo: “Si quieres evitar una agresión sexual… no uses ropa provocativa…”.

No es ésta la primera vez que algunos grupos de la sociedad tratan de imponer un código conservador de vestir en las mujeres. Recordemos cómo en distintos gobiernos, como el municipal de Guadalajara en los años noventa, hubo funcionarios que prohibían el uso de minifaldas o escotes a las empleadas. Siempre han ofrecido estos moralistas “buenas razones” para hacerlo: lo que buscan, han afirmado casi siempre, es proteger a las mujeres. Pero, significativamente, nunca han pretendido imponer códigos de vestimenta a los hombres “por su propio bien”.

La idea de que las faldas cortas o los escotes pronunciados provocan agresiones a las mujeres es muy común entre las mentes cerradas. Forma parte, en efecto, de una tendencia que busca culpar a las víctimas de las agresiones o delitos que éstas sufren. Los mismos argumentos que uno escucha en el caso de las víctimas de agresión sexual que “se lo buscaron” son los que uno oye entre quienes culpan a las víctimas de un secuestro por haber utilizado un determinado tipo de automóvil o simplemente por haberse atrevido a prosperar en la vida.

Si las autoridades de la Universidad Autónoma de Sinaloa o los jerarcas de la Iglesia Católica piensan realmente que la manera de evitar agresiones sexuales contra las mujeres es prohibir las minifaldas, entonces la solución a la violencia contra la mujer radicaría en obligar a todas a usar las burkas que son el atuendo de tantas mujeres en países como Irán, Afganistán y Arabia Saudita. Pero si las mujeres son culpables de los ataques sexuales, ¿no se justificaría entonces encerrarlas para evitar que con sus tentaciones provoquen a los hombres?

Para mí es indecente, sin embargo, que algunos prelados se preocupen por el largo de las faldas de las mujeres o por lo profundo de sus escotes sin que hayan mostrado ese mismo interés en combatir la pederastia que tanto ha manchado la reputación de la Iglesia. Quizá el problema es que piensan que también los niños que han sido objeto de abusos sexuales por sacerdotes son culpables de haberlos provocado. A lo mejor se debería prohibir a los niños usar pantaloncillos cortos, sobre todo cuando se encuentran cerca de sacerdotes.

La verdad es que las mujeres no son culpables de los ataques que sufren por parte de los hombres. Son los agresores quienes cometen la falta. Nada en la ropa o en el comportamiento de una mujer puede considerarse como justificación de una agresión. Una mujer tiene tanto derecho como cualquier hombre a vestirse como quiera.

Las mujeres, de hecho, tienen una tendencia natural a mostrarse atractivas. Esto es algo que se encuentra grabado en sus instintos; es, de hecho, uno de los elementos fundamentales para la supervivencia de la especie humana. Un artículo del periódico Reforma en julio señalaba que incluso las reclusas de un penal de Tepepan, en Xochimilco, Distrito Federal, recurrían al maquillaje y utilizaban faldas cortas y escotes para sentirse mejor. “Siempre es algo muy importante para la mujer estar arreglada y verse bien: mejora su autoestima”, decía María del Carmen Serafín Pineda, directora del penal femenil de Tepepan.

Las prohibiciones o las recomendaciones a las mujeres para que no se vistan de una manera u otra, supuestamente para evitar ser objeto de agresiones, no son más que un intento por limitar la libertad individual de vestirse como quieran. Cuando nuestra Constitución prohibía a los sacerdotes y monjas utilizar los hábitos o vestimentas característicos de su vocación, yo me opuse siempre a ello. Pero de la misma manera he de rechazar cualquier intento de imponer en las mujeres alguna forma “pudorosa” de vestir. Si una mujer quiere vestirse de forma conservadora, adelante; pero también si quiere ataviarse con una minichiquifalda.

Yo también debería tener esa libertad. Si me quiero poner unos shorts, aunque tenga piernas feas y velludas, debo tener la posibilidad de hacerlo. Lo curioso del caso es que si lo hiciera, por ser hombre, no tendría a rectores de universidades o a jerarcas religiosos sermoneándome que debo ponerme un pantalón largo porque si no seré culpable de cualquier agresión que sufra. El moralismo, no olvidemos, es fundamentalmente sexista.

CONSEJEROS

Hoy asumen sus cargos tres nuevos consejeros del IFE, pero en su designación no hubo ya siquiera un intento de los políticos por ocultar los criterios partidistas. Francisco Javier Guerrero es miembro del PRI y ha trabajado para Emilio Gamboa, María Macarita Elizondo es cercana al presidente del PAN Germán Martínez Cázares y Alfredo Figueroa Fernández fue impulsado por la corriente lopezobradorista del Frente Amplio Progresista. Y yo me pregunto: ¿para eso desmantelaron los políticos el IFE ciudadano?

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