Llegamos a ella siendo todavía niños.
La nuestra, la del pueblo la había vendido papá para invertir en un negocio donde le fue mal.
Pero en la casa nueva, donde sólo éramos arrimados, empezamos a crecer y a encariñarnos con ella.
Porque era nuestra confidente, a la que le hablábamos de nuestros sueños, de nuestros anhelos.
Y siempre nos escuchaba, especialmente en las largas noches, cuando la quietud todo lo abarcaba. Sentíamos que era entonces cuando nos ponía más atención.
Vinieron tantas cosas, tantos vaivenes, porque en la casa habitaban gentes de muchos caracteres y de tratos diferentes. Unos nos trataban bien, otros no.
Pero siempre sentíamos que la casa nos cuidaba y protegía. Lo sentíamos cuando por las madrugadas nos alejábamos de ella rumbo al refugio temporal en que morábamos con nuestra familia, y lo sentíamos cuando volvíamos a ella al día siguiente.
La casa fue cambiando y creciendo, y hasta nos tocó opinar cuando se trató de mejorarla y embellecerla, y ella lo aceptaba benevolente porque también le gustaban los cambios y no quería quedarse obsoleta.
Como que se complacía con la atención que todos poníamos para hacerla más bonita.
Tuvimos el privilegio de quedar junto a paredes que eran las originales y que no se tocaban, sólo se decoraban para que estuviera más hermosa.
Han pasado tantos años y aquí seguimos en ella y con ella. Es como una unión difícil de disolver.
Es que a ella como que le encanta la fidelidad y el amor. Así lo sentimos, así lo gozamos.
Sentimos su apoyo, su respaldo para ir cumpliendo tantos sueños. Y en cada etapa venimos gozosos a compartir los logros. Es más hasta le trajimos los frutos de nuestro amor para que también los protegiera, y ellos saben de esa unión y comunión que data de nuestra niñez.
Los años se han ido y un día tendremos que separarnos. ¡Qué difícil será para los dos!