Llega muy fácilmente a perturbar nuestra vida.
Y cuando hace presa de nuestro estado de ánimo, pareciera que no hay solución a la vista.
No sabemos luchar, porque crecimos con la cultura de la facilidad para conseguir nuestros objetivos.
Y cuando aparecieron los problemas, de una y otra índole, nos fuimos también a lo fácil, a desesperarnos y a angustiarnos.
Necesitamos más temple, más fortaleza para no amedrentarnos con el primer revés.
¿Y cómo conseguir esa fortaleza?
Solamente entendiendo que no vivimos ya en un mundo infantil, sino de adultos, donde la solución de los problemas tiene que surgir de nuestra capacidad y nuestra actitud.
Entender que los obstáculos aparecen en cualquier momento y que debemos hacer un análisis sereno de lo que afrontaremos y cómo lo haremos.
Además en nuestro entorno, mientras fuimos creciendo y madurando, encontramos a seres excepcionales que con su tino, sensatez y prudencia nos mostraban como actuar en los llamados “picos de la existencia.”
Abuelito “Toño” era uno de ellos. Nunca lo vimos agitado y mucho menos angustiado, incluso cuando la enfermedad afectó su salud más no su estado de ánimo.
A cada uno de nosotros nos aparecen retos por enfrentar, pero no lo hagamos en medio de la desesperación, pues no conseguiremos nada. Utilicemos la unidad familiar y el consejo de gente sensata, solos no podríamos cruzar el mar.