Algunos opinarán que de veras nos gusta la mala vida, que nos buscamos broncas de oquis, y que no aprendemos la lección. Otros pensarán que es un acto de valentía, estando las cosas como están. Otros más, que es una medida para darle forma a la diplomacia mexicana, que ha dado la impresión de andar como mayate zumbador en lo va de la presente Administración. El caso es que nos salimos con la nuestra, y a partir de enero y durante dos años, México será miembro del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Como se sabe, ese augusto cuerpo formado por quince países es el que se encarga de los asuntos de seguridad mundial, las cuestiones de guerra y paz que con tanta frecuencia se presentan en este zarandeado planeta. De esos quince, cinco son permanentes, los ganadores de la Segunda Guerra Mundial y primeras potencias nucleares. Y diez son rotativos: cinco entran un año, cinco el otro, cada cual con una vigencia de un par de años. En esta rotación, en enero de 2009 ingresarán México, Turquía, Austria, Japón y Uganda; en reemplazo de Panamá, Bélgica, Italia, Indonesia y Sudáfrica. Como se puede ver, se siguen criterios más o menos geográficos.
México amarró la designación en vista de que no hubo otro candidato latinoamericano. Lo mismo le pasó a Uganda por el lado africano.
Aquí lo interesante es que Irán era candidato por el bloque asiático. Y al Gobierno de los Ayathollas estaba que se le quemaban las habas para tener ese asiento, en vista de que el Consejo de Seguridad ha maltratado bastante a la muy Islámica República en meses recientes. Y se prevé que siga haciéndolo, si las cosas siguen como van.
Pero la Asamblea General no quiso saber nada del asunto, y votó abrumadoramente porque Japón reemplazara a Indonesia. Así, los iraníes van a tener que mover otras piezas para defender su programa nuclear.
La última vez que México estuvo en el Consejo de Seguridad fue en el período 2002-2003. Aquello no nos trae alegres recuerdos. Por un lado, la diplomacia mexicana maniobró no muy diplomáticamente, haciéndole mano de puerquito a varios países para que apoyaran a México y no a la República Dominicana, que también era candidato. Los dominicanos no nos la perdonan hasta la fecha.
Por otra parte, nos metimos en camisa de once varas, cuando teníamos que enfrentar la votación respecto a la invasión norteamericana a Irak, y escoger entre dos males: apoyar una evidente guerra de agresión; o abstenernos para no enfurecer a nuestros principales socios comerciales. A fin de cuentas no hubo que tomar la decisión, dado que EUA se fue por la libre sin pedirle ni la hora al Consejo de Seguridad. Claro que Vicente Fox, en una de sus mayores torpezas, luego salió a decir que, de haber habido votación, lo hubiéramos hecho en contra… como si alguien se lo hubiera preguntado, y haciendo enojar al Tío Sam, que ya ni se acordaba del asunto.
Por eso decíamos que hay gente que opina: “La verdad, ¡qué afán!”.