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Desde los once años ‘le saca brillo a la vida’

Rubén Darío  se enorgullece de ser bolero.

Rubén Darío se enorgullece de ser bolero.

YOHAN URIBE

Grasa, trapo, cepillo y una sonrisa, son para Rubén Darío Escobedo las herramientas de trabajo que durante 21 años lo han acompañado en la Plaza de Armas, a ejercer un arte, como él llama al oficio que heredó de su padre y que orgullosamente le ha dado para comer y sacar adelante a su familia, la boleada.

Desde los 11 años Rubén Darío empezó a sacarle brillo a la vida, literalmente, a sus 32 años ha ejercido temporalmente otros oficios como la carpintería, la plomería y la pintura, pero nada que lo ponga tan feliz y lo haga sentir orgulloso, como una buena boleada, mientras entretiene a sus clientes con una sonrisa y el análisis noticioso del acontecer lagunero, que lee en los diarios antes de poner a funcionar su puesto a las 8:00 de la mañana.

Por más de dos décadas Rubén también ha sido testigo de muchos cambios en la Plaza de Armas, no en vano ha pasado gran parte de su vida en la plaza central de la ciudad, donde engalana y también hace sonreír el calzado de los transeúntes laguneros en jornadas laborales de 8 horas diarias, sin embargo comenta que le gustaría que el proyecto de rescate del Centro Histórico, incluyera a los boleros, mejorando sus puestos y por qué no, uniformándolos para darle una estética complementaria al lugar.

Del cajón de los cepillos y las grasas, el artista del brillo saca el recuerdo de zapatos famosos a los que les dio grasa “Una vez me tocó bolear a Jorge Ortiz de Pinedo, cuando vino a La Laguna, también al cómico Chatanuga y el ‘Caballo Rojas’, yo les di grasa y ellos me dejaron sus autógrafos”. Uno de los detalles que le saca brillo al rostro de Rubén es saber que tiene zapatos que durante 21 años que lleva ejerciendo este oficio, le han sido fieles.

“Hay clientes a los que conocí muy jóvenes, y desde este trabajo he sido testigo de sus vidas, ahora ya son personas con familia e hijos, eso es padre, que sigan confiándome la belleza de su calzado a lo largo de tanto tiempo”.

Entre boleada y boleada, los soleados y fríos días laguneros le han dado la oportunidad a este bolero de convertirse en un muy buen jugador de ajedrez, capaz de desafiar según cuenta, a muchos de sus clientes a los que ha derrotado en partidas que a veces suspende cuando un cliente ocupa la silla en busca de brillo para su calzado. Un pasatiempo que no sólo comparte con sus clientes, sino con sus compañeros de oficio, que en los ratos libres convierten la plaza en una acuarela de tableros cuadriculados.

Un oficio de generaciones en el que hay buenos días, de 30 boleadas y días tristes donde lo único que queda por hacer es leer la revista Selecciones o jugar ajedrez, sin embargo siempre los boleros de la Plaza de Armas reciben a sus clientes como Rubén Darío, con una sonrisa y dispuestos a entablar una plática o escuchar las quejas de los laguneros que consienten sus zapatos con grasa y cepillo.

Pie de foto

Durante más de dos décadas, Rubén Darío ha ejercido en la Plaza de Armas, el oficio de bolero que heredó de su padre y del cual se siente muy orgulloso.

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