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El ‘68 revisitado

Los días, los hombres, las ideas

Francisco José Amparán

Hay que irse preparando, porque en poco tiempo empieza el alud de memorias, alegatos, análisis y paralelismos relacionados con el llamado Movimiento Estudiantil de 1968, que este año cumple 40 largos y (para algunos que siguen viviendo políticamente de eso) provechosos años. Y la verdad, todo el asunto puede resultar bastante fatigoso. Oír a sesentones que rara vez (o nunca) han trabajado en algo productivo hablar sobre sus actos heroicos, de cómo les debemos casi todo (desde nuestra democracia niña hasta los yogurts de sabores) y lo poco que han valido la pena los mexicanos posteriores a ellos, suele ir de lo exasperante a lo patético. Especialmente si se trata de las mismas caras que han dicho básicamente lo mismo durante décadas.

El 26 de julio de 1968, una manifestación de apoyo a la Revolución Cubana realizada en el Centro de la Ciudad de México (acto que, reconozcámoslo, en esos años podía tener cierta coherencia. ¡Pero que se siga celebrando hoy en día..!) se convirtió en una protesta por la violencia policiaca ejercida la víspera en contra de unos estudiantes preparatorianos. Un pleito entre chavitos (por una nena de piernas increíbles, según la mitología urbana… y me adhiero a la versión) terminó en un salvaje operativo policiaco, con la chota metiéndose a las escuelas y macaneando jóvenes a diestra y siniestra. En aquel entonces, como ahora, las fuerzas del orden consideraban criminales a quienes no se visten, peinan ni hablan como debe ser. Lo curioso es que hoy esas fuerzas policiacas están teóricamente bajo el mando de un Gobierno de izquierda. En fin, que las inquinas no cambian de ideología.

La protesta devino en una nueva corretiza y macaniza por parte del cuerpo antimotines, los llamados Granaderos. Y ahí arrancó todo. Al rato vino el bazookazo a la Preparatoria de San Ildefonso, la huelga en la UNAM y el IPN, y un relajo de padre y señor mío que duraría semanas, en una ciudad que se preparaba para unos Juegos Olímpicos que iniciarían el 12 de octubre.

Enfatizo lo de relajo, enfatizo lo de una ciudad. Muchos participantes del mentado Movimiento se unieron al mismo por la simple pachanga y la suprema, magnífica sensación al desafiar a la autoridad (¡a cualquiera!) que sólo se siente cuando uno tiene menos de 20 años. Otros, porque en toda su juvenil ingenuidad sentían que realmente se podía cambiar a México haciendo pintas y repartiendo volantes entre una población todavía 17% analfabeta. Otros más, porque creyeron que se podía imitar al Mayo parisino de ese año… aunque ignorando cómo había acabado. Y otros, muy pocos, con la mira de alterar el esclerótico sistema político priista, que se preparaba para celebrar, precisamente, su entrada a la Modernidad con reconocimiento universal. Ciertamente aquélla era una generación mucho más politizada y rebelde que la actual… y que muchas otras. Pero alegar que en esas multitudes de muchachos hubo una conciencia colectiva de altas miras, generosa, progresista y visionaria, me parecen ganas de echarle crema a sus tacos y querernos ver la cara.

Y claro, el Movimiento fue un fenómeno puramente chilango. Es cierto que la Ciudad de México entonces concentraba una más alta proporción de los estudiantes de enseñanza superior que hoy. También lo es que los medios de comunicación o tiraban a Lucas al Movimiento, o lo satanizaban. Pero el hecho es que más acá de las Torres de Satélite poca gente se enteraba de que algo fuera de lo normal estaba siquiera ocurriendo; y su repercusión a nivel nacional fue, en la práctica, nula. Es uno de los mejores ejemplos de cómo la chilangada piensa que todo lo que sucede en su pavimentada geografía es cataclísmico acontecimiento nacional. Lo peor es que se lo siguen creyendo…

Probablemente el Movimiento hubiera tenido la significación e impacto de otros semejantes aunque mejor organizados, como las huelgas de ferroviarios y médicos de la década previa, de no ser por lo ocurrido el 2 de octubre. La matanza de Tlatelolco dejó una cicatriz que no se ha cerrado… en parte porque a muchos les interesa que no se cierre. Es mejor mantener el mito de un ejército despiadado que se desplegó pegándole plomazos al pueblo inerme: de esa forma, se le puede llamar represión a cualquier intento de imponer con la violencia legítima del Estado (como dicen los clásicos) el orden público, desbloquear avenidas o proteger la propiedad privada del vandalismo de múltiples agraviados. La presidenta socialista de Chile (y esto ocurre en todo el mundo) cada semana saca las tanquetas de agua a presión a las calles para meter al orden a revoltosos callejeros… especialmente estudiantes. Pero en México, después de lo de Tlatelolco, eso es impensable.

Y la cicatriz de Tlatelolco sigue sin cerrarse porque nunca se ha llevado a cabo una investigación exhaustiva, madura, con la cabeza fría, de qué ocurrió esa tarde y por qué. Siendo francos, y para quien quiera escarbarle en serio a la verdad, los elementos ahí están: alguien ligado al Estado Mayor Presidencial, muy probablemente por órdenes de la Secretaría de Gobernación, puso francotiradores alrededor de la Plaza de las Tres Culturas con dos propósitos: suscitar la desbandada de la multitud y provocar al Ejército, cuyos mandos no sabían nada de la operación. Al mismo tiempo otro grupo, éste sí parte del despliegue militar, el Batallón Olimpia, intentaría detener de una vez por todas a la dirigencia del Movimiento. Al oírse los primeros disparos (la señal fue una bengala que salió del edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores, no de un helicóptero como afirmaron algunos testigos confundidos) los soldados respondieron como Dios les dio a entender. Quien ha estado bajo fuego cruzado sabe lo complicado que es saber de dónde provienen los disparos: siempre se siente que a uno le tiran de todos lados. En el tiroteo subsiguiente murieron entre 28 y 32 personas. Por respeto a ellas debería de dejar de mitificarse tanto el suceso y establecer de una vez la verdad. Empezando por quién dio la orden criminal, y abandonar las generalizaciones tontas como “fue el Ejército”, “fue el Gobierno”.

Decíamos que muchas caras las seguimos viendo desde entonces. Y sí. Algunos altos mandos del PRD deben su posición a su legendaria participación en aquellas jornadas. Otros se pasaron al PRI y continúan disfrutando de jugosas prebendas. Y otros más se siguen sintiendo agitadores y revolucionarios reviviendo aquellas jornadas. Pero quizá ya sea hora de enterrar a nuestros muertos, exorcizar nuestros fantasmas, presentar de una vez la verdad, y dejar de voltear atrás. Esa enfermiza manía mexicana de vivir atorado en el pasado nos cuesta horrores. Y, como se puede ver, no nos sirve para maldita la cosa en el siglo XXI… que, mucho me temo, es en el que vivimos; y vivirán la mayor parte de su vida nuestros hijos. El futuro ciertamente es menos cómodo y tiene menos certidumbres. Pero es lo que viviremos. Y no el pasado, mítico o no.

Consejo no pedido para que lo reciban en su casa con fanfarrias olímpicas (¿se acuerdan de las del ‘68?) la madrugada del domingo: Descargue el libro de Sergio Aguayo “1968: los archivos la violencia” en www.sergioaguayo.org. Es gratuito. Provecho.

Correo: anakin.amparan@yahoo.com.mx

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