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El espectáculo del norte

Fray Servando Teresa de Mier denunció en su tiempo una siniestra nortemanía que amenazaba al nuevo país. Se refería a la obsesión por los Estados Unidos que llevaba a hombres de letras y de poder a pensar que el destino de México limitaba a ser discípulo. El maestro del norte trazaba la ruta y el alumno tendría que seguirla fielmente, sin las dañinas distracciones de la inventiva. El fraile heterodoxo estaba convencido de que la ruta de la imitación llevaba a la destrucción de un país entregado plagiar instituciones, reglas y nombres. La historia mexicana se abre desde entonces como una polémica alrededor de los Estados Unidos. ¿es un ejemplo o una trampa? En fechas recientes se ha revivido —con la ramplonería de nuestro debate contemporáneo— la fobia norteamericana. La antipatía no es extraña a nuestra tradición. Lo curioso es la naturaleza de esa coalición nortéfoba que vincula a nacionalistas del viejo régimen y católicos de la nueva clase gobernante; intelectuales y productores que ven en los Estados Unidos una fuente de engaños y en la proximidad una maldición de la geografía que la voluntad debe reparar. Estatólatras y beatos unidos por una antipatía.

A la denuncia de la perniciosa penetración de su cultura y del desfavorable enlace comercial se ha sumado la crítica de los Estados Unidos como modelo político. En amplios círculos se ha impuesto la convicción de que México debe alejarse progresivamente del ejemplo institucional de los Estados Unidos, para abrevar de la experiencia que se ofrece desde la otra orilla del Atlántico. La democracia norteamericana se retrata como una democracia decadente y enferma; alicaída y viciada. Una política secuestrada por perversos intereses, donde el poder se pone en venta periódicamente. Esta convención nortéfoba pinta las elecciones estadounidenses como un circo repulsivo en el que impera el dólar y siempre ganan los mismos. Tediosas elecciones multimillonarias que emplean la televisión y la radio para el bombardeo de ataques y agresiones. Al parecer, todos los monstruos de la vida pública tienen cuna en Estados Unidos.

Veo otro panorama. No encuentro en el norte ningún paraíso y coincido en la denuncia de muchos vicios, pero sigo viendo allá una democracia vital que ofrece espacio al debate, que somete sus líderes a pruebas severísimas y que anima la participación de la gente. Es una política viva, extraordinariamente compleja y aún barroca que combina ritos arcaicos y creatividad. Las fascinantes elecciones de este año en los Estados Unidos son una muestra de un vigor que contrasta con la supuesta decrepitud que condenan los nortéfobos.

He seguido el proceso electoral de los Estados Unidos con un ojo en Internet y otro en un libro que se me ha deshojado al volver a leerlo. La Red permite presenciar el desenvolvimiento de una carrera inusitadamente abierta. Por primera vez en mucho tiempo no compite un presidente ni un vicepresidente. Es cierto que en la contienda participa destacadamente una antigua inquilina de la Casa Blanca y que aparecen los fantasmas de las familias tutelares, pero en esta elección se subrayan inéditos e impredictibilidades. Los finalistas en el Partido Demócrata encarnan la plasticidad de una política que hasta hace poco les cerraba las puertas. Vista desde la política de la identidad, la contienda demócrata resulta el enfrentamiento de una mujer y un negro. Pero, más allá de eso, puede verse la elección interna como el contraste entre la experiencia y el apetito por el cambio; la cuidadosa gestión de los detalles contra la gran visión política. Pericia contra carisma; profesionalismo contra seducción. Tras largos meses de contienda dentro del Partido Demócrata finaliza una pareja de políticos extraordinarios. Quien gane a la postulación de su partido sea Obama o Clinton, habrá salido victorioso del ensayo más exigente del mundo.

Quien sea coronado con la carta demócrata no tendrá, por cierto, el camino despejado. El desprestigio del presidente Bush será enorme, pero el candidato de su partido está lejos de ser un derrotado. La gran sorpresa en el frente republicano es la consolidación de una candidatura distante de la ultraderecha religiosa y la precipitación imperial del actual Gobierno. La probable postulación del senador McCain anticipa una magnífica contienda que nada tiene que ver con el lugar común de las elecciones insulsas, sin alternativa y sin ideas.

La otra compañía a la que hacía referencia líneas arriba es un libro viejo de crónicas políticas escritas por H. L. Mencken. El periodista de Baltimore acostumbraba seguir los procesos electorales y, en particular las convenciones de los partidos. Encontraba en ellos un espectáculo fascinante. No era un idealista presenciando la ceremonia de la voluntad popular. Era un cínico de certerísima pluma que veía en la confrontación electoral un maravilloso choque de personalidades y temperamentos. Abominaba la demagogia, la grandilocuencia, la hipocresía de los políticos, sin ocultar, cuando aparecía, el brillo del talento. En las crónicas de Mencken, la política norteamericana es un delicioso deporte para el espectador. No será una fiesta de la virtud, pero es un teatro de realidades. Tal vez la política sea inservible. Quizá sea el arte inútil, sórdido y obsceno de algunos mafiosos. Pero no olvidemos, apuntaba Mencken, que ese arte ofrece enormes servicios a la humanidad como proveedor de entretenimiento. Sí, decía el reportero: la política es vulgar, es estúpida, es tediosa. Pero entre el melodrama y la inmoralidad aparece de pronto una agitación auténtica que emociona hasta al espectador más malhumorado.

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