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Expectativas frustradas

Jesús Silva-Herzog Márquez

México recibió el pluralismo con una sobrecarga de expectativas. No puedo olvidar una encuesta publicada por Reforma un par de meses después de la elección que llevó a Vicente Fox a la Presidencia. Se trata de una nítida radiografía de la ilusión. Casi el 70% de los encuestados estaba convencido de que el nuevo presidente terminaría con la delincuencia; el 65% confiaba que haría de la pobreza un recuerdo y cerca del 80% pensaba que mejoraría significativamente la educación en el país (4 de septiembre de 2000). La opinión fluctuaba entre los escépticos que creían que Fox tardaría algo de tiempo para resolver los problemas y los optimistas convencidos de que el presidente los resolvería tan pronto tomara posesión. La desilusión estaba cantada: un relevo de partidos no daba para tanto. El diagnóstico de la realidad era superficial, las expectativas quiméricas.

Pero también había expectativas razonables. No era absurdo imaginar transformaciones virtuosas en la vida pública mexicana tras la activación del pluralismo político. No era un delirio anticipar una cadena de cambios positivos que se hilvanaran y reforzaran mutuamente. Si en otras partes se han dado esas renovaciones benéficas, ¿por qué no podría acontecer aquí? Cambios que anudaran un nuevo sentido de corresponsabilidad; relevos que refrescaran el discurso y el debate; sustituciones que dejaran atrás las viejas obsesiones y pudieran tratar los problemas del país con enfoques limpios de prejuicios. Ahí están las frustraciones centrales de la nueva política mexicana. Que nos demos cuenta que la democracia no es paraíso ni magia puede ser saludable: una enseñanza de la que debemos aprender la lección. Pero el fracaso que lastima es el fracaso de lo posible.

Era razonable pensar que la alternancia en el Ejecutivo, la diversidad partidista en el Congreso, el pluralismo regional tuviera un efecto moderador. Se podía anticipar que la pelea por el votante iría limando la punta extremista de nuestra política. Después de todo, el discurso de los extremos tiende prosperar en la medida en que las posibilidades del triunfo son escasas. De la imposible responsabilidad se alimenta una retórica de la sobreoferta. Sé que no ganaré nunca el poder, por ello puedo prometer la luna. Ahora que la incertidumbre impera, podría pensarse que los partidos tendrían que meditar su oferta, y, sobre todo, podar sus tendencias extremistas. Los costos electorales del radicalismo lo harían insensato: viviríamos una política de tendencia centrista, lo cual facilitaría la negociación y el pacto. Moderación, desideologización, acuerdos. No hemos presenciado ese proceso. No se han achatado las puntas de la izquierda ni de la derecha. En la derecha resurge la procacidad que atropella con todo cinismo los principios del Estado laico; en la izquierda revive un arcaico discurso antiinstitucional. No nos hemos aproximado a esa viable moderación. De hecho, vivimos un relanzamiento de la política ideológica. Lejos de presenciar un debate fincado en diagnósticos, datos y propuestas, vivimos una nueva excitación ideológica. Los temas del debate nacional son coloreados como dramáticas opciones: la muerte de la soberanía, la traición a la historia patria o la catapulta de la felicidad nacional.

Aquella expectativa no se basaba en un absurdo. No dependía del sueño de que la clase política se transformaría moralmente por el surgimiento de la competencia. Se fundaba en el anticipo de que la defensa de sus propios intereses tendería a coincidir en un espacio de mesura ideológica. Cuidar el espacio común sería visto por todos como una forma de cuidar el espacio propio. No ha sido así. Seguimos regidos por la lógica del enfrentamiento, por la convicción de que la causa propia se adelanta contribuyendo al fracaso de la causa ajena.

Imaginábamos también que el nuevo régimen daría paso a una renovación generacional. El nuevo sistema llamaría a nuevos actores y éstos pondrían al país en nueva disposición. El cambio generacional se ha dado, pero éste ha sido parcial y francamente decepcionante. Sigue habiendo zonas de la política mexicana dominadas por personajes del pasado. No soy el primero en resaltar el curioso reciclaje del viejo priismo en los cuadros dirigentes del PRD. En la izquierda partidista el echeverrismo está vivo no solamente en términos ideológicos. En el PRI nacional no ha habido ningún relevo generacional relevante: imperan los últimos jerarcas del viejo régimen: sobrevivientes, no renovadores. Acción Nacional ha rejuvenecido sus cuadros, pero éstos no parecen aportar nuevos estilos, nuevas prácticas, ni siquiera un nuevo lenguaje. La afectada retórica del dirigente nacional del PAN proviene del mismo almidón del viejo panismo. El suyo es lenguaje fresco como un concurso de declamación. Y tampoco se ha visto una innovación promisoria en otros espacios. Los pequeños partidos, esos que quieren llamarse “emergentes” no han sido de ningún modo, irrupción de novedades. El caso más grave es el del partido que se presentó como una alternativa de izquierda democrática y que terminó siendo reiteración de los vicios más comunes: incapacidad de entendimiento con la diversidad interior, negativa para procesar civilizadamente las desavenencias; saña frente a sus minorías. El cuadro es desesperanzador: no se encuentra en las nuevas generaciones políticas de México una visión distinta del actuar gubernativo, de la tarea parlamentaria, de la gestión pública.

Es valioso liberarse de las ilusiones infundadas que acompañaron la llegada de un nuevo régimen político en México. Pero frente a esos sueños, había expectativas razonables que igualmente han fracasado. No pueden tirarse igualmente a la basura.

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