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Falacias sobre el aborto

Juan de la Borbolla R.

En esta época en los que los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, así como los secretarios de estudio y cuenta llevan a cabo profundas reflexiones de técnica jurídica para resolver las Controversias Constitucionales promovidas por la Comisión Nacional de Derechos Humanos y la Procuraduría General de la República contra la inconstitucionalidad de la Ley del aborto promulgada por los legisladores del Distrito Federal, quisiera comentar una serie de premisas falaces, pero que a base de ser repetidas machaconamente por parte de sus impulsores, con slogans que no admiten el menor de los razonamientos lógicos, acaban siendo tragadas y reproducidas por personas que se dejan llevar por frases bonitas, más que por argumentos de razón en el tema del aborto.

La primera frase consiste en un absurdo terminológico: Interrupción voluntaria del embarazo.

Interrumpir es según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua española la acción de “cortar la continuidad de una cosa en el lugar o en el tiempo.- Atravesarse uno con su palabra mientras otro está hablando”.

En el lenguaje coloquial la interrupción supone la suspensión de una actividad, de una acción, de una frase, temporalmente, ero siempre con vistas a continuarla, cosa que nunca ha sucedido en el aborto. Nunca el pre embrión, embrión o feto abortado, ha reanudado su vida una vez llevada a cabo dicha interrupción momentánea.

Voluntaria será en todo caso para la madre, para el padre biológico constituido en típico macho incapaz de asumir las consecuencias de su acción, lo será para el médico que se enriquece a costa de este pingüe negocio, lo será para el legislador, que para ser no tachado de “mojigato u oscurantista”, legisla a favor de una típica Ley del más fuerte, olvidándose de la responsabilidad de velar por ese bien supremo del derecho a la vida de la persona aún no nacida.

Otra mentira absoluta repetida con machacona insistencia es que la posición contraria al aborto obedece exclusivamente a argumentos de tipo religioso, siendo que la legitimación ya no legal del aborto (que desde hace algunos años ya la consiguieron) sino social, es a decir de ellos, un asunto de salud pública, por la cantidad de mujeres que pudieran morir en el intento.

Ya Bernard Nathanson denominado en su momento el rey del aborto, por la cantidad innumerable de abortos practicados por él mismo y por ser el director de la principal clínica abortista norteamericana de la década de los sesenta, confiesa que para incidir en la opinión pública de manera eficaz para transformar el sentido común del pueblo norteamericano (de enemigo de la idea de la legalización de ese crimen, en aceptador de ese hecho) debían insistir en el argumento referido, de que la Iglesia Católica y otras iglesias protestantes defendían la posición antiaborto solamente con argumentos de tipo moral religioso, que en un ámbito de Estado laico no-confesional no tenían razón de ser.

A confesión de parte, relevo de pruebas.

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