Lo sospeché desde un principio. Mejor dicho, creo que muchos lo hemos supuesto desde hace tiempo: que, como diría el ya anciano Rod Stewart, no sólo algunos tipos tienen toda la suerte, sino que están destinados a pasársela cachetonamente; o de perdido, a no angustiarse más de lo necesario. Y sí, ahora resulta que hay quienes nacen para ser (o al menos potencialmente ser) felices.
Tal es el resultado de un estudio realizado en el Reino Unido y Australia, con base en la Universidad de Edimburgo. En él, se encuestaron a cerca de mil gemelos idénticos y mellizos no idénticos. Como los primeros comparten el mismo material genético, los resultados coincidentes deben tener como explicación la carga hereditaria que los Hijos de Eva traemos a este triste Valle de Lágrimas.
El estudio concluyó que al menos la mitad de los factores que constituyen ese tan elusivo concepto que es la felicidad tienen un componente genético. Las relaciones personales y sociales, el éxito profesional y la salud tendrían que ver con la otra mitad. Así pues, habría gente no sólo predispuesta “do nascimento” a ser feliz; sino que es capaz de sacar reservas de felicidad en tiempos de infortunio.
Si las conclusiones parecen controversiales, algunos podrían incluso opinar que el estudio mismo es el colmo del ocio. Pero no. En realidad, lo que se pretendía era encontrarle algunas tuercas sueltas a esa maquinaria tan inquietante que es la depresión. De hecho, el hallazgo de que la felicidad es en gran parte hereditaria dejó pasmados a los investigadores.
El estudio encontró, nada notablemente creo yo, que la gente que es sociable, activa, estable, trabajadora y consciente tiene la tendencia a ser más feliz que los huraños, sedentarios, malvados y holgazanes. O sea que nuestros diputados son perennes, tremendamente infelices. Quizá por ello desean que la nación entera se amargue la existencia.
Por supuesto, cada quien tiene su noción de la felicidad, y por ello sobrará quiénes cuestionen los hallazgos de la universidad escocesa. Si yo soy feliz escuchando a Los Beatles y otros, pobres almas desdichadas, lo son oyendo la Onda Grupera a todo volumen para que sus pésimos gustos sean percibidos a dos cuadras a la redonda, ¿quién puede medir tan abstracta condición?
Por supuesto, el estudio se centró en lo que cada encuestado definía como dicha, goce, frustración, preocupaciones y satisfacción. Como las preguntas estaban estandarizadas, se supone que los resultados también.
Así que ya sabe: si se siente frecuentemente infeliz, no le eche la culpa a la lesión del Hachita Ludueña o a la jeta de su jefe en el trabajo (o del cónyuge en la casa)… sino a alguna hebrita de mitocondria que no está donde debiera estar. Ni a eso le atinamos. Sea por Dios.