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Letras inundan el Nazas

Letras inundan el Nazas

Letras inundan el Nazas

Yohan Uribe Jiménez El Siglo de Torreón

El Río Nazas ha inspirado a escritores y poetas a lo largo de su cause.

El cause del padre Nazas no solamente a humedecido con sus bendiciones el semidesértico suelo lagunero para prosperidad de sus habitantes, el imperceptible recorrido de sus aguas ha inspirado la pluma de poetas y narradores que han sido conquistados por su mágica vertiente, cuyo rumor ha sido traducido en diferentes épocas y estilos, por los más variados escritores.

Aquí un breve paseo por algunas páginas que testifican de manera poética el impacto que el Río Nazas ha tenido en el desarrollo de los habitantes de la Comarca Lagunera en el último siglo. Saúl Rosales, considerado el mejor escritor contemporáneo en la Laguna, Adela Ayala, Felipe Sánchez y Manuel José Othón, han dejado su percepción de las aguas que hoy día, nuevamente le han dado vida al Padre Nazas.

Saúl Rosales, de Comarca de soles 1993

-Río de la desesperanza

El río en el desierto es triste repta sin alegrar la soledad cuando las cuencas irrigan las mejillas de la vida; desdeñado aun por los estiajes serpentea inocuo y mudo cuando la lluvia fertiliza un sueño ajeno.

El río en la soledad es la eclosión de un espejismo.

-Río domado emasculado

Las avenidas del río fecundaron nuestra historia y en ella gestaron a Torreón. Embestidas torrenciales, prepotentes y gozosas muchos siglos indomadas con toscas caricias ahuyentaron una y otra vez

.....

Era la segunda mitad del Siglo XIX clavaban los esfuerzos de donde surgiría Torreón y una y otra vez los desclavaba el indomable río.

Finalmente los habitantes del rancho de Torreón se sometieron a los designios fluviales caprichosos.

Aceptaron ser lanzados a las faldas de los cerros a donde el río prepotente, intolerante determinó que viviera la ciudad que prohijaría.

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Tal vez para algunos ya estaría el bautizo hecho por obra u gracia del genitivo y las mayúsculas: se diría Río de las Nazas como en el sur del continente alguno se llamaba de la Plata.

Por 1605 otro escribe:

“a orillas de un río que tiene por nombre el de las Nazas”

.....

A Torreón el río Nazas bajaba

Desde la Sierra Madre Occidental.

Bajaba, digo, porque el río es su agua

y el Nazas para nosotros ya no es agua.

Adela Ayala, de Voz de la provincia 1986

-Río Nazas

Era sierpe de plata que nacía en la sierra y bajaba tumultuosa a besar esta tierra amorosa

en sus seno de madre la escondía; las centuria pasaron, más un día entre rocas su mole tormentosa quedó presa por mano poderosa que de la tierra sólo el bien quedaría.

Si en titánico esfuerzo te rindieron ¡Oh Padre Nazas¡ a tu tierra amada seguridad de riqueza dieron,

y los que tan gran obra concibieron al lograr ver tu furia encadenada tu rugir en progreso convirtieron.

Felipe Sánchez, de Por los claros caminos 1947

-Sinfonía del río prisionero

Bravas tierras se asomaban a tus márgenes y te saludan con sus entrañas rotas, emisarias de insólitos presagios... surcos abiertos en espera del beso de tus aguas broncas, oscuras, cálidas, donde se acuesta el sol...

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Tierra quemada como el orégano heroico, como la sangre india que ardiera por milenios

en el aro de los teocallis, donde la vos de los oráculos revelo la presencia del dios desconocido Nezahualcóyotl.

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Cómo te acaricia el río bajo tus faldas de arena. Al contacto de sus aguas tiembla tu entraña morena...

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El hombre doma el desierto, el hombre aprisiona el río, y solo el viento se escapa entre sus dedos malignos...

.....

¡Oh río de las angustias que recoges el sudor de los paria y su devota sangre jubilosa piadosamente lavas transformándola luego, bajo el ósculo de la creación sin pausa realidad inconclusa que los errantes universos cantan en mil copos de espuma y en mil espigas áureas que decoran los áridos desiertos

y las tierras amargas...

Manuel José Othón, de Frondas y glebas 1900

-Una Estepa del Nazas ¡Ni un verdecido alcor, ni una pradera¡ tan sólo miro, de mi vista enfrente,

la llanura sin fin, seca y ardiente, donde jamás reinó la primavera. Rueda el río monótono en la austera

cuenca, sin un cantil, ni una rompiente; y, al ras del horizonte, el sol poniente, cual la boca de un horno reverbera.

Y en esta gama gris que no abrillanta ningún color, aquí, do al aire azota, con ígneo soplo la resaca planta, sólo, al romper su cárcel, la bellota en el pajizo algodonal levanta de su cándido airón la blanca nota.

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