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Los tres moqueteros

GILBERTO SERNA

Han pasado muchos años, desde que Alexandre Dumas (1802-1870) escribió su célebre obra: Los Tres Mosqueteros. Así como Edmond Rostand (1868-1912) lo hizo con: Cyrano de Bergerac, la romántica época en que los desafíos se dirimían a espada quedaron atrás. El uso grosero de la pistola le puso punto final a los combates en que la pericia en el manejo del florete decidía quién era el mejor. Los duelos eran a primera sangre o a muerte según fueran pactados. El combate se daba entre caballeros, cuando uno de ellos sintiéndose agraviado en su honor, provocaba al otro públicamente cruzándole el rostro con uno de sus guantes. Esto ocurría en el tiempo en que en Francia reinaba Luis XVI. Nombraban a sus padrinos para que establecieran las reglas que deberían prevalecer durante el combate. En nuestro país estaban permitidos los lances durante la época de la Colonia siendo ya muy entrado el siglo XX cuando desaparecieron de la legislación penal lo que hasta entonces era sólo punible como una riña. Los pleitos de antaño diferían de los actuales en que ya se usaron armas de fuego.

En la Cámara de Diputados uno de los legisladores en plena bronca expresó que fueron las señoras quienes subieron a la tribuna y no los hombres a desaprobar tal o cual cosa. Lo que produjo una protesta inmediata del grupo agraviado, llegándose al caso de que uno de los varones, encorajinado le retó a un duelo. No se sabe si quería darse de moquetes ahí mismo, si afuera del recinto o en algún otro lugar, sin aclarar si era con los puños, a ladrillazos o simplemente usando un lenguaje de carretonero. Descartemos los brazos pues el retado es un hombre de edad y el retador bastantes años más joven. La pelea en ese caso no sería pareja. Lo que asombra es la facilidad con la que el rijoso planteó un encuentro a tres o más caídas que suponemos era una vulgar fanfarronada.

Al parecer le caló en lo más hondo el que se diera a entender que se escondían tras las faldas femeninas para protestar como bancada por la toma del recinto. Eso demuestra que la sensibilidad de los partidarios de uno u otro bando está a flor de piel. Cabe reconocer que lo que se les dijo carecía de razón, pues una senadora es igual a un senador y si no subió uno de éstos se debió a que se trataba de restarle méritos a los del Sol Azteca por lo de las llamadas adelitas. Ellos tienen mujeres en sus filas nosotros también, al parecer ése es el mensaje que se pretendía mandar y no de que de pronto hubieran enmudecido los varones, que cuentan con excelentes polemistas.

Pero yendo más allá de esto, que puede calificarse como un hecho que no pasará a los anales del Congreso, quedándose como una anécdota chusca, lo importante es que revela la actitud rijosa en que están cayendo los legisladores cualquiera que sea el partido político en el que militen. Da la impresión de que los nervios están tensos, como cuerdas de violín. Sin desearlo ¿estaremos cayendo en una espiral de violencia? La pobreza social sigue ahí, si no la notamos es porque acostumbramos a cerrar los ojos creyendo que así se desvanecerá por sí sola.

Se anuncian programas de Gobierno que no logran prender, perdiéndose en la maraña de un burocratismo que atosiga a los mismos que se quiere ayudar. No hace mucho se ha dado a conocer, con bombo y platillo, uno más de los planes gubernamentales para acabar con la mendicidad, los que nunca llegan a culminar en un verdadero mejoramiento a las condiciones de los estratos sociales a los que va dirigido. Si creemos que los migrantes que se van a otros lados lo hacen por turismo estamos acabados. En los días que corren se pretendió dejar sin electricidad a una colonia de menesterosos con la consecuencia de que si la empresa logró desconectar los alambres que se habían colgado del sistema de alumbrado público, los vecinos los volvieron a colgar, no sin antes enfrentarse al personal.

Se anuncia que el pan subirá de precio. No hay comparación entre lo que ganan los funcionarios y lo que reciben de salario los trabajadores. Las familias cada vez se ven en mayores apuros para sobrevivir. Desde que un presidente lloró en un Informe de Gobierno por no haber podido sacar de su pobreza a los mexicanos más necesitados, da la impresión de que todo sigue igual. Años van y años vienen, haciendo más difícil que los mexicanos de escasos recursos tengan en sus bolsillos suficiente dinero para obtener los productos de la canasta básica. Los incrementos al salario no han sido suficientes para siquiera paliar la situación económica de los que menos tienen.

De que hay un desajuste social, ni para qué mencionar pues está a la vista de todos. Las cosas no están tan mal, pero tampoco tan bien como quisiéramos. Algo debe hacerse mientras no sea demasiado tarde.

El PAN, el PRI y el PRD están perdiendo la paciencia llegando a los moquetes, como ocurrió meses atrás y a punto de acontecer hace poco.

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