“Señor, quédate conmigo”.
Padre Pío de Pietrelcina.
Después de la peregrinación que una vez al año realizan los alumnos y maestros del colegio Cumbres y Alpes, el sacerdote Legionario de Cristo que ofició la Santa Misa en la parroquia de Guadalupe, comentó que un día, estando en la Basílica de la Ciudad de México, se acercó a una anciana que no conocía y le dijo: “¿Viene usted a ver a la Virgen?”. Y ella le contestó: “No, yo no he venido a ver a la Virgen, vengo a que la Virgen me vea. Estoy completamente ciega, muy pronto voy a morir, y quiero que la Virgen me reconozca cuando llegue al Cielo”. Ese testimonio, que proviene de una persona frágil y humilde, nos permite analizar qué tan grande es nuestra fe, porque somos muchos los que tenemos una fe a medias, que cada vez que se menciona la muerte, nos asustamos y preferimos cambiar de tema. En algunos ambientes no es fácil hoy hablar de ella. Vivimos de espaldas a esa realidad y tratamos casi siempre de borrar, en lo posible, las señales indicadoras de que caminamos deprisa a un fin. Y tomamos esa actitud porque ignoramos el sentido verdadero de la muerte. La vemos como una catástrofe que un día ha de llegar y que echa por tierra los planes y las ilusiones en los que hemos puesto todo el sentido del vivir. En lugar de verla como la llave de la felicidad plena, la sentimos como el fin del bienestar al que nos hemos acostumbrado en este mundo. “Yo soy la resurrección y la Vida -nos dice el Maestro; el que cree en Mí, aun cuando hubiere muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en Mí, no morirá para siempre”. (Juan 11, 25-26). Para una sociedad que tiene como fin casi exclusivo, los bienes materiales, la muerte sigue siendo el fracaso total, el último enemigo que acaba de golpe con todo lo que dio sentido a su vivir. Por eso casi siempre le tenemos un gran temor a ese suceso misterioso y desconocido. En cambio, es preciosa la muerte para los que se encuentran en estado de gracia gozando de la verdadera presencia de Dios y sirviendo a sus semejantes. Es lo que más desean, porque viven en una completa espiritualidad que se siente atraída por su Creador al que aman por encima de cualquier persona o cosa. Es lo que más anhelan, porque su fe se ha robustecido minuto a minuto después de darse cuenta que los valores espirituales de que gozan tienen una mayor supremacía que los materiales. La presencia de la muerte en nuestra vida, nos enseña a vivir únicamente con lo necesario, a sabiendas de que muy pronto lo dejaremos todo al partir. Nos enseña a aprovechar bien cada día, como si fuera el último, sabiendo que no se repetirá jamás. Si comprendiéramos cuánto vale cada segundo de nuestra vida, no lo desperdiciaríamos como lo estamos haciendo ahora. La incertidumbre del momento de nuestro encuentro definitivo con Dios nos impulsa a estar vigilantes -no temerosos, como quien aguarda la llegada de su Señor que nos pedirá cuentas de nuestros actos. Algunas veces puede ocurrir que: “No es que tengamos poco tiempo, es que hemos perdido mucho”. Aprovechemos a partir de hoy el que nos queda. La verdad es que siempre quisiéramos vivir un poco más para ver más amaneceres; para seguir sorprendiéndonos al descubrir que existen tantos misterios que jamás comprenderemos; para acabar de conducir a nuestros hijos por el camino que imaginamos correcto; para disfrutar a nuestros nietos que son un regalo del Señor; para seguir amando y alabando a Dios a pesar de su silencio; para desprendernos un poco más de los apegos que tenemos y que pesan mucho; para que la espiritualidad nos envuelva con esa fe viva, con esa esperanza que no se agota y con ese amor sublime por los bienes eternos. Hemos de desear vivir largo tiempo, para rendir mayores servicios a Dios -sobre todo en el campo de la evangelización, que en los momentos actuales se ha vuelto indispensable. Solamente de esa manera nos presentaremos un día delante del Señor con las manos llenas... No tengamos miedo, a pesar de que algunas veces sentimos que arrecia la tempestad. El temor es un fenómeno cada vez más extendido. Se tiene miedo de casi todo y últimamente eso se ha incrementado con la violencia que nos impulsa a vivir a la defensiva. No nos preocupemos tanto de nosotros mismos por males que tal vez jamás se presentarán. Recordemos que la verdadera cruz es aquélla que no elegimos. Esa preocupación y esa ansiedad descontrolada son consecuencia de que en ocasiones apoyamos la seguridad de nuestra vida en fundamentos muy frágiles. Nos olvidamos que Jesucristo es siempre nuestra seguridad. Lo es antes y después de una cirugía; antes de un diagnóstico médico cuyo resultado nos atemoriza; en medio de la crisis económica que estamos viviendo; y en la incertidumbre del futuro que se nos presenta. En momentos de turbación, descontrol y grandes pruebas, Jesús no se olvida de nosotros, porque jamás olvidó a sus amigos. Si no lo dejas, Él jamás te dejará. jacobozarzar@yahoo.com