Hay un lugar en el mundo donde se envejece rápidamente; las canas acuden en tropel; las críticas, fundadas o no,llueven como piedras; hay que dar explicaciones hasta de los aciertos y se debe aprender a vivir como nómada, con las maletas siempre listas.
En contrapartida, ese lugar otorga el privilegio del mando; de la notoriedad excesiva; del protagonismo fatuo; de la palabra pronunciada para ser, cual oráculo infalible, inmortalizada; de convertir a quien ose ocupar ese sitio, en señor de horca y cuchillo del futuro de sus subordinados, e incluso de manejar una organización como si fuera su propiedad.
Esa mezcla de edén e infierno es el banquillo de entrenador, desde donde salen, o deberían salir, las estrategias para hacer de un grupo disímbolo de jugadores un verdadero equipo de futbol.
El director técnico tiene que estar hecho de un material diferente al del resto de los mortales; sólo así se puede entender que viva inmerso en una olla de presión y además lo disfrute.
Sí, ese que decide quién alinea, cómo se juega, cuándo declara y cuándo calla, ese que gana más que todos y que en ocasiones frena a los corceles hasta convertirlos en bueyes de carreta, quien exige cómo reforzar al equipo y pide todo sin comprometerse a nada, ese prisionero de los resultados, muchas veces incomprendido y maltratado, es el entrenador de futbol.
Nuestro balompié ha estado, desde tiempo inmemorial, signado por la improvisación en este sentido. Los directivos carecen de capacidad y pretenden encontrar en el estratega a un Mesías que convierta en pan las rocas y el agua en vino, componiendo errores que surgen de la falta de planeación, ignorancia y desconocimiento del medio o franca deshonestidad.
Por supuesto que existen dirigentes capaces, así como entrenadores trabajadores y comprometidos, pero la peligrosa dualidad que forman ignorancia-rapacidad hacen que en la mayoría de los casos el mentor resulte un vivales.
La fenomenología se acentúa con la excesiva intervención de promotores que meten con calzador a un técnico, a sabiendas que éste abrirá el portón para llenar al equipo con sus jugadores, con esa vocación de extranjero que suele tener el ejecutivo en los clubes mexicanos. Sin ningún afán xenofóbico, resulta inexplicable la importación de tanto encantador de serpientes que poco o nada han aportado al desarrollo del futbol en nuestro país.
La presión de dirigir es tremenda y quizá por ello vimos a Américo Gallego y a Miguel Herrera trenzarse en un duelo de panzazos digno de vendedoras de fritangas en algún mercado municipal; o a Sergio Markarián apuntando el índice a la nariz de Salvador Reyes luego de que su equipo exhibió toda la inoperancia de que es capaz; o a Miguel Ángel Brindisi mandando una alineación alternativa en el clásico tapatío ante un rival con el que no puedes perder; o los berrinches de Ricardo Ferreti y la sonrisa nerviosa de Daniel Alberto Brailovsky.
Mis respetos para los señores entrenadores; no debe ser fácil vivir sometidos a tal presión.