A lo mejor es una translación a la realidad del sabio apotegma: “el que con leche se quema, al jocoque le sopla”. Esto es, que si algo ya ocasionó una calamidad, hay que manejar con pinzas todo aquello que se le relacione, así sea muy distinto en forma y fondo.
El caso es que, la semana pasada, la editorial Random House, una de las más importantes en lengua inglesa, anunció que el lanzamiento de un libro programado para este mes se había cancelado. ¿La razón? Que el contenido podía herir susceptibilidades en el mundo musulmán. Y no querían echarse el alacrán al cuello de lidiar con amenazas, manifestaciones y fatwas o condenas.
El libro en cuestión es (o era) “La joya de Medina”, de una escritora novata llamada Sherry Jones. Es una versión novelada de la vida de Aisha, una de las esposas del Profeta Mahoma. Obviamente, la editorial ya había revisado el manuscrito y dado su visto bueno para la publicación. Tanto así, que a la autora le dieron un adelanto de 100,000 dólares por concepto de regalías y la posibilidad de que escribiera una secuela.
Pero antes de que ello ocurriera, varias voces se levantaron alegando que la forma en que se presentaba a una de las esposas del Profeta sería vista como una provocación por una buena parte de los musulmanes… especialmente de aquellos que creen que de Occidente no vienen sino denuestos y agravios en contra del Islam.
Teniendo en cuenta las multitudinarias manifestaciones ocurridas en el mundo musulmán por las ya famosas caricaturas danesas, ¿qué podía esperarse si se percibía un insulto contra Aisha en una novela? Random House decidió que no valía la pena arriesgarse. Y canceló el lanzamiento del libro.
Por supuesto, en la mente de todo mundo está lo que le ocurrió a Salman Rushdie, quien publicara “Los versos satánicos” en 1988. Esa novela fue interpretada por el Ayatholla Khomeini (quien nunca la leyó) como blasfema, y sobre Rushdie lanzó una fatwa o dictamen: el que matara a Rushdie sería bendecido y hasta recibiría recompensa en metálico. Durante años y años, Rushdie tuvo que andarse escondiendo y con guaruras. Uno de sus traductores fue asesinado por fanáticos, y otro resultó gravemente herido.
Con esos antecedentes puede entenderse la decisión de Random House. Pero si la posible respuesta de los radicales va a ser el criterio con el que vamos a juzgar qué se publica o qué no, qué se filma o exhibe, ¿a dónde vamos a parar? Si la libertad de expresión de que gozamos en Occidente nos costó tanto, ¿hemos de limitarla por no hacer enojar a pre-modernos que en su vida han leído otra cosa que El Corán?
La verdad, seguirle el juego a los fundamentalistas, no hace sino fortalecerlos. Y todos salimos perdiendo.