Las decisiones de la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos (EU) en relación con los recortes de la tasa de fondos federales han sido el centro de atención en los mercados financieros y en los círculos políticos en prácticamente todo el mundo. México no ha sido la excepción.
En nuestro país, no sólo los inversionistas han estado atentos a esas decisiones, sino que también nuestros legisladores las han seguido de cerca. Esto lo demuestra la Comisión de Hacienda del Senado de la República que, desde principios de mes, está en espera de que el Gobernador del Banco de México (Banxico), Guillermo Ortiz, los reciba para dialogar sobre el tema.
Nuestros legisladores, según las notas de prensa, desean exponerles a las autoridades monetarias “las ventajas de reducir las tasas de interés”, como si ellas no las supieran. Esta posición tiene tanto sentido como la de los feligreses católicos que quisieran enseñarle a oficiar misa al Papa.
El presidente de dicha Comisión, Gustavo Madero, propuso ante los medios de comunicación el jueves 7 de febrero, que Banxico suavice la política monetaria de manera de aplicar una política contra cíclica que complemente las inversiones en infraestructura con las que el gobierno federal busca estimular la demanda interna.
Esa postura tiene simpatía en diversos círculos empresariales y entre varios analistas, quienes pronostican que las tasas de interés en México se ubicarán por debajo del 7 por ciento antes de finalizar el año.
Banxico, sin embargo, no parece tener prisa en complacer esas demandas, ya que si bien reconoce lo complicado del entorno económico, decidió dejar sin movimiento el nivel de la tasa de fondeo en su reunión del viernes 15 de febrero.
Esto causó desencanto entre diversos analistas, empresarios y legisladores. Aquí destacó nuevamente el Senador Madero, quién advirtió que cuando Banxico tenga controlada por completo la inflación se debería modificar su mandato “para que también promueva la generación de empleos y el crecimiento económico”.
Esa declaración y la simpatía con la que la vieron algunos analistas debiera ser motivo de preocupación, ya que de hacerse una modificación del mandato de Banxico en ese sentido, acabaría por comprometer considerablemente su independencia y credibilidad, en particular por el contexto político y económico que caracteriza a nuestro país.
Un Banco Central independiente y con una credibilidad consolidada no está exento de las presiones políticas que se presentan para que modifique su política monetaria, si bien por lo general son capaces de resistirlas. En nuestro caso, es muy temprano para concluir que Banxico es ya un banco central cuya independencia es firme y su credibilidad consolidada.
La inclusión de otros objetivos distintos a la estabilidad de precios sería, por tanto, una invitación a la politización de sus decisiones y a la aparición de “expertos” monetarios que, desde el Congreso y otros foros públicos, buscarían orientar la dirección de la política monetaria, lo que minaría considerablemente la efectividad y credibilidad de la misma.
La gran mayoría de los bancos centrales tienen como mandato exclusivo la estabilidad de precios, mientras que solamente unos cuantos como la Fed agregan como objetivo adicional el crecimiento económico.
Un Banco Central con varios objetivos económicos, como sería el caso de la estabilidad de precios y el crecimiento económico, debería tener por lo menos tantos instrumentos de política monetaria como tiene objetivos. En la práctica eso no sucede.
Los bancos centrales sólo cuentan con un instrumento, la política monetaria, que es particularmente efectiva en lograr y mantener la estabilidad de precios. Cuando se tiene otro objetivo, como sería el del crecimiento, entonces uno de ellos se tiene que sacrificar.
Eso es precisamente lo que hacen las autoridades monetarias de EU, quienes al suponer que las expectativas de inflación están bien ancladas, colocaron la preocupación por el crecimiento de los precios en un lugar secundario, para atender lo que ellos ven como un debilitamiento pronunciado de la actividad productiva derivado de sus crisis inmobiliaria y de crédito.
En nuestro caso, las cosas son distintas. Por un lado, el ciclo económico de México requería desde hace tiempo de un período de enfriamiento, lo que se aprecia claramente en la tendencia alcista de la inflación subyacente desde hace casi dos años y en el hecho de que la meta de inflación de 3 por ciento, que se fijo para 2003, ahora se espera lograr hasta fines del año próximo.
Por otro lado, la desaceleración que se vislumbra en 2008 no es parte de nuestro ciclo de negocios sino de un contagio que proviene del exterior. Tratar de contrarrestar algo que viene de afuera exacerbando, con políticas fiscal y monetaria laxas, las presiones inflacionarias del ciclo económico interno, no es necesariamente la receta más sensata.
La economía mexicana, nos guste o no, sigue de cerca el ciclo económico de EU, por lo que seguramente mejorará su desempeño, como lo hizo ya de 2003 en delante, cuando inicie la recuperación de la economía estadounidense.
Si esto, como se espera, comienza en la segunda parte del año, entonces la expansión del gasto público y un relajamiento de la política monetaria acabarían por dar un impulso excesivo a la demanda interna que alimentaría adicionalmente las presiones inflacionarias.
En síntesis, un relajamiento de la política monetaria en estos momentos, para complementar la política fiscal expansiva que se financiará con recursos petroleros, complicaría más adelante la tarea de Banxico. Un cambio en su mandato, acabaría por politizarla poniendo en entredicho su independencia y credibilidad.