Chicago: al escuchar la palabra, mucho me temo, no se nos viene a la mente ni el edificio Sears, que durante algunos años fue el más alto del mundo; ni el lamentable equipo de beisbol de los Cachorros, que hoy anda en bancarrota; ni siquiera las simpáticas asesinas Roxy y Velma, de la comedia musical del mismo nombre. No, cuando escuchamos la palabra “Chicago” inmediatamente pensamos en Al Capone, los Intocables y la época de los gángsteres. Y, por simple asociación de ideas, en la corrupción de policías, jueces, funcionarios y… gobernadores de Illinois.
La imagen no pertenece sólo al pasado: la corrupción política del estado de Lincoln es proverbial, y la fama se la han ganado a pulso. Durante décadas, la familia Daley manipuló la maquinaria demócrata para sus propios fines, convirtiéndose en una especie de cacicazgo estatal en plena Unión Americana. De los últimos ocho gobernadores del estado, cuatro han terminado encausados penalmente. De hecho, los republicanos se relamían los bigotes cuando Obama fue nominado candidato. Si venía del estado más corrupto, seguro que tenía cola que le pisaran. Ya sabemos que no fue así: parece que el mulato, como el proverbial cisne, pudo cruzar el pantano sin mancharse el plumaje.
El último escándalo proveniente de esos lares tiene como protagonista al actual gobernador, un señor llamado Rod Blagojevich que llegó a ese puesto prometiendo reformar el corrupto ambiente político de Illinois. Dumbo hablando de orejas.
El todavía gobernador Blagojevich quiso servirse con la cuchara grande valiéndose de una prerrogativa constitucional rarísima: que si un senador por su estado deja el puesto por las razones que sean, él y sólo él tiene la potestad de nombrar a su sucesor. Y como Obama abandonó su escaño para dedicarse a cosas más importantes, entonces le toca a Blagojevich definir quién lo sustituirá.
Pero por supuesto, siendo quien es y de donde es, el gobernador no quiso dejar ir la oportunidad de sacarle raja al asunto. Y empezó a subastar su decisión. O sea, que el que se pusiera más guapo sería a quien él designaría como senador por Illinois.
El problema es que empezó a mover sus piezas mientras estaba siendo sometido a espionaje por parte del FBI, organismo que ya tenía buen rato investigándolo por un montón de trácalas, que iban desde el tráfico de influencias hasta la extorsión a constructores. De manera tal que todo quedó grabado por los micrófonos de los federales. Y ardió Troya.
A fin de cuentas, Blagojevich salió libre bajo fianza, pero nadie da un cacahuate por su futuro político. Aunque tratándose del estado de que se trata… quizá no le vaya tan mal que digamos. Al Capone estaría en Chicago como pez en el agua… todavía. Y riéndose de lo lindo.