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Solzhenitsyn: el alma de Rusia

Los días, los hombres, las ideas

Francisco José Amparán

La semana pasada murió, a los 89 años, uno de los más notables y certeros exponentes de las vicisitudes, amarguras y (escasos) placeres del pueblo ruso durante el siglo XX. Y quien, en el transcurso de su vida y sus obras, supo encarnar eso que damos en llamar “la sombría alma rusa”. Murió Alexander Solzhenitsyn, y con él uno de los últimos gigantes de la literatura que sobrevivieron al régimen que los persiguiera. Aunque sus libros ahí quedan, ahí quedan.

Solzhenitsyn era un personaje desconcertante. Vivió en Estados Unidos exiliado durante 18 años, pero mal aprendió inglés. Sus únicas relaciones en el país que lo acogió eran sus vecinos en un pueblito de Vermont, quienes protegían su intimidad y se divertían como enanos dando instrucciones erróneas a los latosos que querían conocer o entrevistar al escritor. Esos foráneos solían terminar en Canadá, sin saber ni cómo. Cuando Solzhenitsyn salía de su aislamiento, era para decir sus verdades. En una conferencia a los egresados de Harvard (última a la que lo invitaron, seguro), se soltó despotricando en contra de Estados Unidos, el consumismo y materialismo de su pueblo, lo poco profundo de su espíritu, su bancarrota ética, lo trocho que era para entender el mundo… los puso como trepadero de mapache… luego de vivir allí durante años. Eso sí, no dijo nada que no fuera cierto. Y mostró que estar en contra del totalitarismo comunista no impide criticar los (numerosos) puntos negros de la democracia liberal en general, y de la semicivilización estadounidense en particular… algo que, me temo, mucha gente sigue sin poder entender.

La crítica de Solzhenitsyn se explica desde el punto de vista de un hombre que, como él, era profundamente religioso y despectivo de los placeres y bienes terrenales. Y que nunca tuvo pelos en la lengua, y por lo mismo solía enajenarse a quien se pusiera a su alcance. Luego de su regreso a Rusia en 1994, tres años después de la desintegración de la URSS, tuvo durante un breve lapso un programa de televisión… que fue cancelado no sólo por la baja audiencia, sino porque sus invitados solían murmurar apenas diez palabras en todo el show: Solzhenitsyn llevaba la voz cantante, pontificando y expresando sus opiniones sin darle chanza a los demás. Así era él.

Igualmente desconcertante para las buenas conciencias occidentales resultaba su extremado nacionalismo y el apoyo que abiertamente le dio a Vladimir Putin por la manera en que devolvía a Rusia su fortaleza pasada, mientras se llevaba entre las patas muchas libertades y derechos democráticos construidos por Yeltsin. Que la víctima de una dictadura le echara porras a un dictador disfrazado no le cabía en la cabeza a muchos sinceros admiradores de Solzhenitsyn el escritor… porque dejaban de lado a Solzhenitsyn el nacionalista, empeñado en limpiar las vergüenzas de su patria, sumida en el oprobio tras la caída del imperio soviético al que tan fuertemente había atacado el autor durante buena parte de su vida.

(Por cierto: Solzhenitsyn tuvo funeral de Estado, con salva de cañonazos, soldados marchando a paso de oca y toda la cosa, en una ceremonia atestiguada por Dmitri Medvedev, presidente de Rusia, cuyo Primer Ministro es… Vladimir Putin. Hasta eso, agradecido el viejo).

De igual manera, muchos lectores occidentales se quedaban de a cuatro cuando leían algunas declaraciones de Solzhenitsyn, en las que aparecía un cierto tufillo antisemita, y no pocas expresiones políticamente muy incorrectas.

Todo lo cual sólo demuestra dos cosas: primero, que ciertamente Solzhenitsyn representaba el alma rusa, torturada y tortuosa, celosa del pasado y desconfiada de lo no-ruso, aguantadora y cerrada como ella sola, eternamente optimista y siempre propensa a la desolación y la resignación. Y segundo, que Occidente sigue sin entenderla. Pese a haber contendido con los rusos durante más de cuatro décadas, Occidente continúa sin comprender a Rusia, a los rusos, ni a su manera de pensar. Ah, ni tampoco cómo se toma el vodka.

Lo interesante es que, pese a ello, Solzhenitsyn se volvió sumamente popular en Occidente por sus denuncias a los crímenes del estalinismo, y cómo descobijaba a un sistema que muchos insistían, todavía en los sesenta y setenta, en proponer como ejemplo y modelo a seguir. Más popular aún se volvió cuando varias de sus obras tuvieron que ser sacadas clandestinamente de la URSS para su publicación en Occidente (aunque primero, eso sí, en ruso, faltaba más) y no pudo ir a recibir el Premio Nobel de Literatura en 1970 por el temor de que no lo fueran a dejar regresar a su amada Madre Rusia. Por eso, muchos pensaban que su posterior expulsión y privación de la nacionalidad soviética, era una especie de justicia poética: ahora sí podría hablar libremente en contra de tan detestable sistema.

Pero ocurrió algo curioso: la obra de Solzhenitsyn escrita fuera de Rusia estaba aún más dirigida a su público de siempre: los rusos, y escrita en ruso. Al viejo le importaba un rábano satisfacer al público occidental. Y, todo hay que decirlo, resultó de menor calidad que la de sus primeras etapas.

Solzhenitsyn saltó a la fama ya madurón y de pura chiripa: luego de haber llegado a los 46 años sin haber publicado una línea, en 1964 apareció “Un día en la vida de Iván Denisovich”, una novela corta. El mentado Iván es un prisionero en un campo de trabajo estalinista, una isla en el Archipiélago Gulag que a lo largo del tiempo llegó a albergar (si Solzhenitsyn tiene razón, y la tiene) a sesenta millones de desgraciados, cuyo único delito generalmente era ser sospechosos a los ojos del Estado soviético. En la novela se nos cuenta, efectivamente, la vida de Iván durante un día típico: sus trabajos, sus esfuerzos, sus bajezas y noblezas… lo que Solzhenitsyn había experimentado en carne propia, habiendo sido prisionero del Gulag durante ocho años. ¿Su delito? En una carta a un amigo se refirió a Stalin como “el mostachón”. Al parecer, con eso fue suficiente.

Lo importante fue que por primera vez se escribía abiertamente en la URSS acerca de lo que todos sabían que había ocurrido durante décadas: la brutalidad del sistema penitenciario estalinista, al que habían ido a dar millones de inocentes.

“Un día en la vida…” apareció gracias a que Nikita Khruschev lo había autorizado, creyendo que le sería de ayuda en su campaña contra todo lo que oliera a Stalin. El problema es que Khruschev cayó a los pocos meses de aparecido el libro, y Solzhenitsyn quedó tachado de subversivo por parte de la nueva dirigencia soviética encabezada por el pazguato Brezhnev; sus obras subsecuentes fueron censuradas dentro de la URSS. Sin embargo, Solzhenitsyn se las ingenió para contrabandear a Occidente “Pabellón de cancerosos” y, sobre todo, su mamotreto sobre el sistema estalinista, “Archipiélago Gulag”, que cayó como bomba en Occidente y entre los pocos rusos que la pudieron leer entonces.

Releyendo esos libros, se descubre el hilo conductor de toda una vida, toda una obra: pese a las calamidades, Rusia puede soportarlas todas. Pese a la falta de esperanza, Rusia sobrevivirá. Si sobrevivió Solzhenitsyn, el alma de Rusia, ¿no lo hará el país?

Consejo no pedido para que le canten “Ochi chornye” mientras bebe como cosaco. Las tres obras citadas son soberbias. Escoja. Provecho.

PD: Jaime Cabada Gamboa me escribe desde Montreal, República de Quebec, (socarrón, el hombre), informándome que hace unos meses terminaron de pagar las Olimpiadas de 1976 (no del 72, como escribí el domingo pasado). Vaya, ¡al fin! Pero siguen sin saber cómo techar el Estadio Olímpico…

Correo: anakin.amparan@yahoo.com.mx

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