“Como si alguna mujer alguna vez hubiera amado a un hombre por su virtud”.
W. Somerset Maugham
Hace como un año —quizá más— me enamoré. Una noche llegué a cenar al restaurante Giuseppe’s de la calle de San Diego en Cuernavaca. Tenía frío y no quise que me sentaran en el jardín sino en el interior.
Sin saber lo que estaba provocando, el capitán me colocó frente a un gran cuadro vertical. De un fondo azul surgía una mujer desnuda también en tonos azules. Algunas partes de la figura estaban ejecutadas con los detalles minuciosos del hiperrealismo: su rostro y su cabello, sus pechos, el estómago que descendía suavemente hacia un pubis inquietante. Pero la sensual figura estaba desmembrada y ubicada en un ambiente onírico que generaba un contraste marcado con el realismo de las partes.
En varias ocasiones posteriores volví al Giuseppe’s. Sí, las pizzas y las pastas eran excelentes; el ambiente, sobre todo ya entrada la noche, inusitadamente animado para una ciudad de descanso como Cuernavaca. Pero no tenía caso engañarme a mí mismo. Cada noche que regresaba exigía que se me diera la misma mesa o alguna otra en la misma zona. Lo que yo quería era encontrarme de nuevo con esa hermosa mujer desnuda que desde el primer momento me había robado la vista y la imaginación.
Con el tiempo fui sabiendo más acerca de ella. Su creador, el autor del cuadro, era Rafael Cauduro, un original artista mexicano que ha ido construyendo al paso de los años una notable reputación en el mundo artístico. La obra no era un original: se trataba simplemente de una reproducción fotográfica, la cual seguramente carecía del detalle y de la textura que son elementos cruciales del lenguaje pictórico de este artista.
Más adelante me encontré con otra obra de Cauduro. En una oficina de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes se desplegaba una serie de paneles con un tren realista e imaginario a un mismo tiempo. El estilo me resultaba familiar, pero no lo reconocí de inmediato. Alguien tuvo que decirme: “Es un Cauduro.”
Hace algunas semanas José Eduardo Winters, el dueño de Giuseppe’s, me llevó a conocer al propio Cauduro en Cuernavaca. No sé qué esperaba yo. Es difícil imaginar a un artista sólo por su obra. Nos recibió un hombre fuerte, de cabeza rapada, con una marcada y magnética personalidad, a quien yo le calculé unos cuarenta y tantos años de edad. Sólo después me enteré que tenía 58.
La casa de Cauduro es amplia, pero oscura: o quizá esa impresión me dio esa tarde, en que la noche empezaba a levantarse por las paredes. Obras suyas –originales y dramáticas, algunas con un negro sentido del humor— se encontraban dispersas en distintos espacios. Me impresionaron unas figuras en forma de reclinatorio de iglesia. La hija del artista, de unos siete u ocho años de edad, jugaba convertida en torbellino.
Cauduro nos llevó más tarde a La Tallera, la casa-estudio en la que Siqueiros vivió y trabajó los últimos años de su vida. El lugar ha sido empleado como galería para exposiciones, pero la voluntad del muralista era que se empleara para su obvia vocación natural: como taller para la ejecución de grandes proyectos de arte público.
Ahí Cauduro ha estado trabajando desde 2006 en lo que será sin duda una de sus series más importantes, “Los siete crímenes mayores”, la cual se ubicará en el edificio de Pino Suárez de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. No será una de esas obras de encargo que ofrezca una visión oficialista de su tema. Cuenta con un tzompantli (altar con cráneos de víctimas de sacrificios) y paneles dedicados no sólo a crímenes tradicionales, como el homicidio o el secuestro, sino a la tortura o a los “procesos viciados”. Los ministros han sido valientes al aceptar el proyecto que el artista espera concluir en este 2008.
Cauduro y Winters me hablaron acerca de la modelo para la mujer azul del Giuseppe’s. No es ésta un simple producto de la imaginación del artista sino una mujer tan hermosa como la pintada, a la cual la vida llevó por caminos difíciles. En la noche, cuando regresamos al Giuseppe’s, la vi con más insistencia que nunca.
Quizá tenía yo miedo de enamorarme de una simple entelequia, de una mujer de belleza imposible cuyo cuerpo desnudo no era más que un trazo diestro de un artista. Ahora, cuando la veo a los ojos, encuentro en ellos un brillo de vida que antes no parecía estar ahí. Y el deseo que siento por su cuerpo desnudo es más firme que nunca.
Empiezo a entender que ésta es una mujer de carne y hueso que Cauduro capturó para mí incluso antes de conocerme. Pero en medio del amor que me invade, tiemblo también. Me invade el temor de saber que, quizá, en unos meses más estaré frente a la nueva serie de Cauduro en la Suprema Corte de Justicia y encontraré en sus “siete crímenes mayores” figuras que no serán el producto de la imaginación de un artista sino seres humanos con destinos trágicos arrancados a la realidad para ser colocados en un muro a la vista de todos.
EL CISEN Y LA INTELIGENCIA
No, a mí no me inquieta que el Cisen mantenga fichas sobre los políticos de nuestro país. Más me preocuparía que no supiera quiénes son. Recuerdo que cuando Felipe Calderón era presidente electo, su ficha del Cisen afirmaba falsamente que era divorciado. Espero que errores como éste hayan desaparecido de los expedientes de nuestro máximo cuerpo de Inteligencia. Me preocupa un Cisen que sólo acumule recortes de periódicos y no tenga capacidad para distinguir entre la verdad y la mentira.