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VIDA Y SERVICIO / “UN AMOR QUE CRUZÓ EL OCÉANO”

DR. GUILLERMO RODRIGUEZ RIZADO

“Por ti cruzaré los mares, escalaré montañas, recorreré los desiertos...”. Estas palabras pueden ser dichas por cualquier enamorado. Pero pocos pueden hacerlas realidad “y sólo rinden frutos cuando se trata de un gran amor, de un amor verdadero que se tenga hacia una persona...”.

Mientras el viejo vapor se bamboleaba en alta mar, Robert no quitaba de su mente el rostro de aquella mujer que aunque diez años mayor que él, había conocido en Grez, Francia, y de quien se había enamorado perdidamente hacía ya un año. El olor a brisa marítima y el barullo que no cesaba en aquel barco lleno de inmigrantes con destino a América; no distraían su atención del recuerdo de aquella mujer. Corría el año de 1879. Robert, contaba en ese momento con 29 años de edad. Cuando niño en su natal Edimburgo, Escocia, fue un niño cuya frágil salud afectada por problemas pulmonares, lo hizo un niño dependiente y enfermizo, estando al cuidado de una mujer quien hizo las veces de su enfermera de cabecera, su nombre era: Allison Cunningham “Cummie”, quien despertó en el chico una mente llena de sueños y fantasías por los relatos y cuentos que ella solía narrarle. Debido, a su precario estado de salud; sus padres emprenden viajes al sur de Inglaterra y hacia la costa francesa, con el fin de buscar climas más cálidos para que el niño pudiera mejorar en algo su salud. Es en estos viajes donde la imaginación del niño se despierta con más ímpetu. Aunque analfabeta hasta los ocho años de edad, por la misma imposibilidad de acudir a una escuela al igual que los demás chicos, y procedente de una estirpe de famosos ingenieros, (su abuelo y su padre) y así como su madre quien era una destacada abogada. No lograron que el chico se interesara en la ingeniería, ya que su padre, también se empeñaba en que llegara a ser ingeniero, pero, para dejarlos conformes, decidió hacer estudios de leyes graduándose como abogado, aunque no llegó a ejercer esa profesión. Su sensibilidad creativa y vivaz imaginación lo impulsan a seguir el camino de las letras, su nombre: Robert Lewis Stevenson. (Luis Roberto para nosotros). Durante su juventud en su natal Edimburgo acude a tabernas y lugares del bajo mundo, donde convive con prostitutas, extraños seres y ebrios de donde suponemos extrajo material para algunas de sus obras. Robert; se dedica a viajar y es en uno de esos viajes, en Grez, lugar de descanso para artistas de la época donde conoce a Fanny Osbourne, madre de tres hijos de quien se enamora profundamente. Ella pierde a un hijo en esa ciudad, por lo que decide regresar a América, que era de donde provenía; con la promesa de Robert de que él iría a buscarla. Cuando desciende del barco en la ciudad de Nueva York, emprende el largo viaje a pie y en ferrocarril hasta la ciudad de Monterrey, California pero Fanny no puede recibirle, porque aún no se ha divorciado; vagabundeando por las calles de San Francisco; y llegando a dormir en plena calle, lo que debilita su salud, sufriendo una pleuritis que lo pone al borde de la muerte; de la que es salvado por algunos amigos providenciales que se apiadan de él. Logrando al fin alcanzar su sueño que es el de casarse con Fanny, y pasan su luna de miel durante tres semanas en una mina abandonada. Después regresa a Edimburgo y ya con la aprobación de su boda por sus padres, viajan a Los Alpes Suizos, y a la costa azul francesa buscando mejoría en la salud de Robert.

En el año de 1883 publica una de sus más conocidas obras literarias: La Isla del Tesoro durante esa época impulsa la inquietud literaria de su hijastro Lloyd Ousborne, el hijo de Fanny, que con el tiempo se volvería un gran escritor. En el año de 1886 publica otra de sus obras más conocidas, El Extraño Caso del Dr. Jeckill y Mr. Hyde. De la cual se han realizado varias películas. A la muerte de su padre abandona Escocia definitivamente, volviendo a América con Fanny viviendo un tiempo en Colorado. Adquiriendo una goleta cuyo nombre era “casco” y junto con Fanny emprenden un largo viaje a través del Pacífico, y luego en otra llamada “equator” continúan su viaje durante dos años por las islas; Marquesas, Tahití y Honolulu. Estableciéndose finalmente en la isla de Uplou, en Samoa donde compra una hacienda; pero aparte de dedicarse a hacendado, continúa escribiendo al igual que su hijastro. Su casa lleva el nombre de Vailima que significa cinco arroyos. Se gana el aprecio de los nativos quienes le conocían como Tusi–tala (el narrador), pero el día tres de diciembre de 1894 al regresar de traer una botella de vino mientras su esposa preparaba una mayonesa él le alcanzó a decir: “¿tengo una cara rara?” cayendo muerto víctima de una hemorragia cerebral. Fue sepultado por los mismos nativos en la cumbre de una montaña llamada Vaea quienes a golpe de machete y abriéndose paso en la espesura de la selva le proporcionaron a este hombre un lugar digno de descanso eterno.

Entre sus frases celebres encontramos:

“La ficción es para el adulto como el juego para el niño”.

“Yo no viajo para llegar a algún sitio, lo hago tan sólo por el placer de ir”.

¡HASTA LUEGO!

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