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...Y se acabó la Primavera (de Praga)

Los días, los hombres, las ideas

Francisco José Amparán

La semana que acaba de terminar marcó el cuarenta aniversario de un acontecimiento que, en muchos sentidos, supuso el fin de una época y el inicio de otra; sirvió como una especie de profecía de eventos muuuy en el futuro; y dejó una huella importante en algunas mentes conscientes que empezaron a darse cuenta de que algunas verdades, hasta entonces inmutables, no lo eran tanto. Hace cuatro décadas, unidades militares de la Unión Soviética y el Pacto de Varsovia en cantidades marabúnticas invadieron Checoeslovaquia y acabaron con un interesante experimento sociopolítico, iniciado apenas unos cuantos meses antes.

Habría que situarnos en el contexto de aquellos remotos años para agarrarle el sabor a lo que ocurrió. De “este lado” de la Cortina de Hierro, Estados Unidos se hallaba inmerso en el pantanal de Vietnam, perdiendo en el proceso buena parte de su prestigio alrededor del mundo; y dividiendo profundamente a la sociedad norteamericana en el frente interno. Para colmo, en ese año, con meses de diferencia, fueron asesinados dos líderes carismáticos en los que mucha gente había puesto sus esperanzas: el Dr. Martin Luther King Jr.; y Robert Kennedy, quien pudiera haber sido un pivote histórico en la Casa Blanca. Así pues, Estados Unidos no estaba en sus mejores momentos que digamos.

En la otra esquina, la Revolución Cubana aún no cumplía diez años y seguía siendo un parámetro importante para Latinoamérica y el Tercer Mundo, mucho antes de que la estéril tiranía de los Castro terminara pudriéndola. La URSS continuaba llevando la delantera en la Carrera Espacial, aunque los gringos terminarían llegando primero a la Luna al año siguiente; y el poderío militar soviético iniciaba su prodigioso repunte… que terminaría desfondando al país y destruyendo al sistema. El Muro de Berlín tenía siete años de construido (con lo que se evitó el colapso de Alemania Oriental) y los partidos comunistas de Italia y Francia (hoy prácticamente extintos) empezaban a posicionarse para los que serían sus años de gloria en la década siguiente. El socialismo llamado “real” (de corte soviético) parecía estarle dando batalla a la democracia liberal de corte occidental, y para mucha gente aquél era el sistema del futuro.

El problema era que el liderazgo de esa ideología a nivel mundial, por tradición histórica y por no poca inercia, radicaba en la primera república proletaria de la historia, la Unión Soviética. Y ésta se hallaba conducida por una camarilla de burócratas encabezada por Leonid Brezhnev, Nikolai Podgorny y Andrei Gromyko, cuya única finalidad en la vida era que las cosas se mantuvieran como estaban, preservando un sistema que ya empezaba a cascabelear por falta de afinación.

Efectivamente: aunque en 1968 las cosas no estaban tan mal como lo estarían veinte años después, en la Unión Soviética ya empezaban a darse los primeros síntomas de agotamiento de un sistema que aplastaba la iniciativa individual, ahogaba la libre expresión de las ideas y cada vez batallaba más para satisfacer las necesidades elementales de la población. Donde todo era determinado por el Partido según la más estricta ortodoxia y no se podía pensar diferente. Y que, por lo mismo, era espantosamente aburrido e inerte.

Lo mismo pasaba en “los satélites”, como se llamaba a los países que habían quedado sometidos a regímenes socialistas, más a fuerza que de ganas, y gracias a la presencia del Ejército Rojo, después de la Segunda Guerra Mundial. Algunos de ellos, como Romania y Bulgaria, tenían una larga historia de autoritarismos y gobiernos ineficientes: sus vidas siempre habían sido opresivas y grises. Así que se adaptaron más o menos con rapidez y resignación a las dictaduras comunistas. Pero otros, como Checoslovaquia, habían tenido momentos de gran florecimiento intelectual, libertad de conciencia y expresión, y relaciones importantes y espontáneas con Occidente. No debe de extrañarnos que fuera ahí donde surgieron los aprendices de brujo que quisieron hacer experimentos dentro del socialismo, para ver si había otros caminos, otras soluciones, diferentes a los marcados desde Moscú por los vejetes del Politburó.

En marzo de 1968 asumió el poder un socialista inteligente (sí, los había) llamado Alexander Dubcek. Rápidamente anunció que era necesario hacerle algunos ajustes al socialismo como se había construido hasta entonces, al menos en su país. Había que introducir reformas que permitieran generar, según su célebre frase, “un socialismo con rostro humano”. El mensaje era claro: el sistema era mejorable, podía ser alegre y hasta recibir el apoyo de la gente… si se abrían las ventanas y entraba aire fresco. Dubcek procedió a eliminar la censura, permitir la formación de organizaciones por fuera del Partido Comunista y exaltar la libertad de expresión… todo ello, sin consultar con Moscú.

Checoslovaquia vivió, entre marzo y agosto de 1968 (lo que se da en llamar “la Primavera de Praga”), un auténtico renacimiento nacional: se improvisaron por todos lados galerías de arte, escenarios de teatro, grupos de discusión. Surgieron montones de periódicos y revistas, se levantaron miles de voces hasta entonces acalladas por la censura. Y claro, mucho de lo que se decía, pintaba, escribía y representaba eran críticas al sistema que tanto tiempo los había silenciado; y a su principal promotor: la URSS.

La gerontocracia del Kremlin no entendía qué ocurría, pero no quería saber de cambios ni de nada que se saliera de su propio guión marxista-leninista; y procedió como suelen hacerlo ese tipo de regímenes: enviando los tanques. En este caso, en la noche del 21 al 22 de agosto de 1968, unos 200,000 soldados soviéticos y de los satélites del Pacto de Varsovia ingresaron a Checoslovaquia para aplastar el programa de reformas. Las tropas de ocupación pasarían luego del medio millón de efectivos: una desmesura totalmente injustificada contra un país que no sólo no había realizado ningún acto de provocación; ni siquiera se había defendido (militarmente) ante la invasión.

Los checos, recordando el baño de sangre ocurrido en Hungría doce años antes (cuando fue invadida, también, por el Pacto de Varsovia), procedieron a la resistencia pacífica. De nada sirvió. Las reformas fueron canceladas, sus más ardientes defensores encarcelados o exiliados, y Dubcek hubo de pasar los siguientes veinte años de su vida trabajando como guardabosques. Al menos no lo fusilaron, como le ocurrió al húngaro Nagy.

Lo irónico es que, al aplastar la Primavera de Praga, la URSS firmó su certificado de obsolescencia. De haber permitido el experimento checo, para ver qué resultados obtenía, quizá hubiera podido corregir muchas cosas que ya empezaban a pudrirse en el sistema soviético. Pero no: cortó de raíz un intento imaginativo y audaz de salvar de su propia inercia y grisura a una forma de vivir y producir y gobernar que tenía los días contados y desaparecería del mapa dos décadas después.

Muchos seguidores de la URSS se preguntaron si no andaba algo mal con un país que tenía que invadir a sus aliados para que no buscaran su propio rumbo y vivieran de manera diferente. Dependiendo de la respuesta fue la ruta que siguieron los socialistas de fines del Siglo XX: unos le dieron la espalda al viejo sistema y prosperaron, como en España. Otros siguen carcomiéndose, hundidos en (y por) sus anacrónicas ideologías, como Cuba. O como los patéticos porristas de Castro en México.

Consejo no pedido para evitar que lo defenestren (linda tradición praguense): vea “El día que mataron a Kennedy” (“Bobby”, 2006), con un elenco multiestelar, que resume bien el espíritu de aquellos días. Provecho.

Correo:

anakin.amparan@yahoo.com.mx

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