En un artículo reciente “El Güero” Castañeda, nuestro ex canciller, a quien respeto por explorar nuestro acontecer desde su hiperactividad de múltiples inquietudes, hablaba de la situación que comparte México con Turquía de ser Estado bisagra. De estar en la posición de cargarnos hacia el lado de América del Norte, cuyos jefes de Estado se reúnen hoy domingo en Guadalajara, o al de “Zelaya y su sombrero, al de Chávez y su boina, al de Raúl y su senectud, al de Brasil que no nos quiere en el vecindario”. Es decir, en la coyuntura de decidir si compartir código postal con Canadá y Estados Unidos o hacerlo con nuestros vecinos del sur.
En sus letras Castañeda exaltaba debatir hacia dónde debería México inclinarse. Estas líneas pretenden ahondar sobre el tema.
Primeramente es preciso reconocer que sí tenemos razones para compartir el agresivo discurso chavista contra el Imperio; probablemente aún más razones. Hemos sido agredidos y nuestro colectivo sí se siente lastimado. Basta repasar la historia de pérdida de territorio, las invasiones físicas, el trato que se nos da en la frontera y los muros que se levantan diariamente. El hecho es inobjetable. No encuentro contraproducente incluir esa verdad como punto de partida.
Porque el hecho de existir dicha lastimadura histórica no quiere decir que debamos enarbolar la bandera del rechazo interminablemente. No por ello debemos subirnos a ciegas al caudillismo sureño también adolorido, que encuentra respuesta en oídos igual de exaltados. Al contrario. Aquí no se trata de caer en sentimentalismos. La herida histórica debe abofetearnos con agua fría, y situarnos en el pragmatismo del escritorio, en el sitio preciso para pensar fríamente cuál opción nos generará más dinero y más bienestar. La respuesta que encuentro, a todas luces, es que nos conviene colgarnos al código postal de nuestros vecinos ricos.
Hacerlo no será dar la espalda a nada. Seguiremos amando a Silvio Rodríguez y a Atahualpa Yupanqui. Siempre nos dolerá que a Victor Jara le golpearan las manos y que en Isla Negra los soldados hayan roto papeles y conchas y mascarones de proa. Nuestra raza no se mermará. Si acaso los hermanos bolivarianos nos llaman traicioneros y vendidos, tampoco debería importarnos. Siempre seremos el Mariachi que escuchan, porque eso somos, y eso es inalterable. Justamente nuestra riqueza histórica debe orientarnos a adoptar una posición puntual y pragmática, y aprovechar en su integridad las oportunidades que la inmensa frontera del norte nos presenta.
Veámoslo entonces con todas las letras: necesitamos que los ricos dejen mayor número de dólares aquí; necesitamos gravarlos aquí; necesitamos que la inversión permanente y en infraestructura se quede aquí; necesitamos ser atractivos para quedarnos con sus billetes y que el bienestar permee aquí.
¿Cómo hacerle entonces para insertarnos en su código postal y sacarles provecho a los güeros? Creo necesario empezar reconociendo faltas, situaciones, ineficiencias que unilateralmente podemos corregir. Preguntándonos ¿qué circunstancias inhiben la convivencia/confianza/inversión/gasto/dólares sabrosos para nuestros bolsillos? Preguntándonos cómo podemos hacernos más atractivos.
Del análisis surgirá una lista extensa. Contendrá cuestiones estructurales, como son mecanismos para garantizar legalidad de inversiones o resolución expedita de conflictos. Y contendrá asimismo cuestiones eminentemente físicas, como pudiera ser la conectividad del ferrocarril (no soy técnico, pero creo que el diferenciado ancho de los durmientes en la frontera, orilla a la realización de una maniobra ineficiente).
Así, se precisa primero tomar la decisión de inclinarnos hacia el norte y consensuar el empuje. Segundo, tener una lista puntual de problemáticas en la competitividad hacia dicha región. Tercero, trabajar específicamente en las soluciones concretas que podamos resolver unilateralmente.
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