Frecuentemente nos preguntamos: ¿Cómo fue que las costumbres de la juventud comenzaron a relajarse? ¿En qué momento se perdió la disciplina y el orden que imperaba en otros tiempos?
Digo esto, porque hace unos días platicando con una queridísima amiga, a quien aprecio como a mi madre, doña Beatriz, ella me hacía esa pregunta preocupada por su nieta, que a las once de la noche está terminando de arreglarse para irse a la calle, los fines de semana, cosa que a ella le preocupa mucho que anden fuera de su casa a esas horas.
"Son las costumbres de los tiempos, doña Beatriz. Todos los jóvenes hacen lo mismo y entran y salen de sus casas, como si cualquier cosa".
Los culpables de ese desorden somos nosotros, por haber abandonado las costumbres con las que fuimos educados.
Las recurrentes crisis económicas y los gobiernos neoliberales, acabaron con aquel modelo familiar, en el que el padre era el que trabajaba y la madre se dedicaba a los quehaceres domésticos y la crianza de los hijos.
La madre tuvo que salir del hogar para procurar un mayor ingreso y los hijos quedaron al garete o en el mejor de los casos a cargo de la servidumbre, a la que como es lógico nadie obedecía.
De entonces a la fecha, los miembros de la familia comen cuando van llegando o simplemente lo hacen fuera de casa. Todos traen la llave de la puerta principal y a veces los padres terminan el día tan cansados que ni cuenta se dan a qué horas llegan los hijos, con el agravante de que cada cual trae un coche y se mueve con absoluta libertad. Cuando a uno todavía le huelen las manos a tubo de "Campo Alianza" o "Circunvalación".
En otro tiempo, recuerden, las familias tomaban los alimentos todos juntos; y mal le decían a uno: "ya se sentó tu papá a la mesa", y salíamos corriendo a ocupar nuestro lugar. El padre y la madre comentaban temas de actualidad o de cultura y los demás, sólo oíamos y aprendíamos de ellos. Nadie se levantaba de la mesa hasta que el padre lo hacía.
Bueno, como dice otra amiga mía, "hasta los lugares eran fijos y el del padre, intocable para el resto de la familia; igual que su sillón de la sala".
Por detalles como ése, a mí me gustaba mucho que mi amigo Juan Foster, me invitara a cenar a su casa. Ellos vivían con su abuelo, don Antonio, que era un verdadero patriarca y acostumbraba cenar, como era común, con toda su familia alrededor; y cuando había invitados formaba uno parte de aquel grupo tan familiar y especial.
A mí se me figuraba que estaba en Buckingham, pues don Antonio abría la reunión agradeciendo los alimentos, como debe ser y después ordenaba se sirviera la cena en riguroso orden, hasta llegar al postre y el café.
En mi casa no había tanta pompa y circunstancia, pero se comía delicioso y abundante, aunque también mi padre presidía las comidas y éstas eran prolongadas, pues él comía despacio, a grado tal que en ocasiones mi madre tenía que calentarle de nuevo su ración, porque "ya se le había enfriado". Todos permanecíamos sentados hasta que él terminaba y nadie alegaba urgencias, ni ganas de ir a dormir, hasta que él acababa de cenar.
Nunca nos negaban un permiso, a condición de que dijéramos a dónde íbamos y con quién y de manera especial a qué horas regresaríamos. Por tanto a nadie se le ocurría mentir, diciendo que estaría en determinado lugar e irse a otro.
Aun en aquellos movimientos estudiantiles en los que anduvimos, ellos sabían dónde andábamos y por qué protestábamos. A lo más, mi madre me pedía que me hincara para darme la bendición, que por cierto, surtió siempre buen efecto, pues nunca hubo nada grave qué lamentar.
Pero en la mayoría de los casos, las costumbres se han relajado a grado tal, que como comento, ahora las jovencitas llegan a la hora que les da la gana, aunque sepan que los padres no se han dormido por estarlas esperando.
Creo que el método de mi buen amigo Jesús Haro, es válido, pues me cuenta que cuando la mayor de sus hijas comenzó a salir sola, una noche le pidió permiso para ir a una fiesta y quería volver después de la una de la mañana. Él le dijo: "Te quiero aquí a las doce". Ella replicó: "Pero papá
La autoridad no se negocia, simplemente se ejerce. Y con los hijos, si nos equivocamos, no pasa de que digan: "Mi padre es un tirano", pero tendrán que reconocer que en esa casa se vive en paz. Eso de sentarse a negociar con los hijos a nada bueno puede conducir y además, en otro tiempo, si uno se le ponía al tú por tú al padre, ahí se las vería, si echando mano del cinto no le pegaban una buena cintareada o con un revés te dejaban callado de una vez y para siempre. Y no pasaba nada, ni nos traumábamos ni salíamos corriendo a la Comisión de Derechos Humanos, a presentar una denuncia por maltrato a menores.
E igual era en la escuela si uno se portaba mal, con unos reglazos en las manos, tenía para entender. O escribiendo cien veces en un cuaderno: "No debo decir qué, sino mande".
En fin, es posible que los errores sean del tiempo y no de nosotros que educamos mal a los hijos.
Por lo demás: "Hasta que nos volvamos a encontrar, que Dios te guarde en la palma de Su mano".