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Crisis de crisis

Sobreaviso

RENÉ DELGADO

Quizá porque la crisis política crece a cuentagotas y por prolongada adquiere la forma de una costumbre, más llama la atención la crisis criminal, económica y sanitaria... pero, indudablemente, si no se remonta la primera las otras se irán repitiendo: son más de 20 años de ver cómo se desmorona un régimen y de ver cómo se descompone la élite que pretende sostenerlo a pura saliva.

Los pasos grandes y acertados que se dieron para depurar el sistema electoral de ese régimen ahí quedaron. Los pasos siguientes no se dieron. Los relacionados ya no con el reparto del poder sino con el sentido del poder se suspendieron y, desde entonces, el país vive una absurda paradoja: cuando por fin se puede elegir... no hay de dónde escoger.

De ahí que, pese al esfuerzo de las fuerzas políticas por demostrar sus diferencias, más dejan ver cuán parecidos son. Y es que su degradación, así como la red de complicidades tramadas por ellas, los iguala.

***

Lo grave de esa situación es que, en estos días, esas crisis se están combinando, y esa circunstancia resalta de más en más la incapacidad de la élite en y fuera del poder para conducir al país a un mejor destino.

La brutalidad y la espectacularidad de la sangre con que el crimen salpica a la sociedad, la devastación del trabajo y el ingreso que la recesión deja por herencia, la congoja que la enfermedad provoca se están convirtiendo en el telón de fondo donde esa élite nomás no puede protagonizar la consabida rutina electoral que, cada tres años, monta. Esta vez, la clase política no tiene un guión ni un parlamento creíble. No tiene, ni sabe qué decir.

Las mentiras piadosas que nutrían las promesas de campaña, hoy suenan a burla. Ello ha llevado a los partidos a invertir los términos de la propaganda. Con la facilidad con la que un elefante se para sobre su trompa, los partidos ya no anuncian ni proponen lo que van a hacer si el voto los premia; prefieren exhibir lo que el otro, el adversario, dejó hacer o hizo mal para ver si el elector aunque sea como propina les da su voto.

El error del otro, no el acierto propio, es la divisa del juego electoral. Se propone no al mejor, sino al menos peor. Aquél roba, aquél no puede, aquél divide. En ese punto quieren significar la generosidad de la democracia mexicana: escoger al menos malo.

Los partidos le proponen al ciudadano elegir como a veces se escoge la fruta en el mercado, cuando éste ya no tiene qué ofrecer. La menos golpeada, la menos mallugada, la menos pasada... es la mejor. ¡Vaya elección!

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El problema de esa lógica electoral es que tal es el grado de descomposición de los partidos que sus propios problemas y pleitos internos les impiden concentrar el esfuerzo en exhibir al adversario.

Por eso, el panismo está de plácemes en estos días. Si bien el fracaso de su Gobierno le impide hacer cualquier oferta y la delicada situación nacional lo insta a atemperar "la guerra sucia", los señalamientos de Miguel de la Madrid contra Carlos Salinas de Gortari le vienen como anillo al dedo. El PAN ya no tendría que encargarse del PRI, el PRI se encargaría de sí mismo. La descalificación de un ex presidente a otro ex presidente le hizo relamerse los bigotes al PAN. Un ex mandatario marcado por la cobardía política atacaba a otro ex mandatario marcado por el cinismo político, ambos compartiendo el sello de la corrupción y la perversión política como el símbolo de pertenencia a un mismo partido.

Por eso, en el perredismo se puede ver a Andrés Manuel López Obrador promoviendo a los candidatos de partidos distintos al suyo, mientras el dirigente acreditado del perredismo, Jesús Ortega, se autopromueve en los spots, aduciendo que así impulsa a su partido.

Cada fuerza política está concentrada en evitar que sus propios líos internos arrasen con su frágil posibilidad electoral. Sin darse cuenta lo único que proponen al electorado es escoger el color de un mismo problema.

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Eso no es todo, sin embargo. Cuando los pleitos internos de los propios partidos no los golpean, la red de complicidades tejida por ellos y entre ellos los enreda y los atrapa en la misma telaraña.

Por eso, cuando un empresario corrupto y corruptor, como Carlos Ahumada, publica su versión de los entretelones del videoescándalo, el asco se queda por sabor de boca. Concluir qué partido o distinguido político es más perverso, más corrupto, más cínico no es algo sencillo. Y de la colección de participantes en el montaje de esa operación no queda uno en pie. El elenco que se propone al elector es increíble: ¿quién prefiere que lo represente: un político corrupto, un político ladrón, un político pervertido?

En el colmo del absurdo electoral, se le garantiza al ciudadano que su voto contará y será contado. Un costosísimo sistema electoral ha sido construido para darle esa garantía. Que los productos o candidatos a elegir no sirvan, estén descompuestos o sean iguales, no cuenta. Lo importante es que ya puede elegir.

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La crisis criminal, la crisis económica y la crisis sanitaria... dejan ver el tamaño de la crisis política que, desde luego, a los ojos de esa élite, no existe.

Es probable que, en estos días, no haya un elector que no sepa o conozca de manera directa a un ciudadano lastimado en su integridad o patrimonio por el crimen, a un ciudadano que perdió su trabajo o, en el ánimo de no perderlo, que ha sacrificado sus ingresos o, bien, a un ciudadano afectado de un modo u otro por la gripe A H1N1.

Venirle a decir a ese elector que lo peor ya pasó y es momento de retomar el ritmo de siempre es una burla. Son más de 10 años de intentar construir una Policía confiable, son menos de 15 años de haber salido de la anterior crisis económica, son infinidad de años de saber que la salud no es un derecho sino un privilegio... Venir con el cuento de que es hora de hacer un lado esos problemas para analizar con detenimiento qué candidato elegir cuando no hay diferencia entre ellos, es un agravio.

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Si la élite no quiere dar los pasos siguientes de la transformación de un régimen que no da más de sí, debe asumir que está convocando no a una elección sino a una revuelta que, justamente, por la falta de organización social y la falta de auténticos canales institucionales de participación, puede adquirir insospechadas formas de expresión.

Una elección sin candidatos, propuestas ni partidos, atenazada por el crimen y el desempleo no es una opción para la ciudadanía ni sirve al propósito de construir una democracia y un Estado de Derecho.

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