De la vida misma
Desde muy arriba nos mandan los mensajes.
Lo que pasa es que no queremos entenderlos y nos hacemos los disimulados.
Afortunadamente algunos los hemos captado muy bien... Y a tiempo.
Cerca de donde estamos vivía don Jesús. Era como un pajarito solitario.
Delgadito, se paraba en las esquinas a ver pasar la gente.
Nos llamaba la atención la soledad en que vivía.
Nunca lo vimos platicar con alguien. Siempre estaba ahí, como esperando.
En los tiempos de frío una persona muy cercana a nosotros nos pidió comprarle algunas cosas a Don Jesús, entre ellas una bolsita para agua caliente. Podría así calentar sus pies por la noche.
Luego había algún otro detalle para él y daba gusto colaborar.
Apenas la semana pasada pasamos cerca del "alambre" o la esquina donde solía pararse, y ya no estaba. Había partido a regiones seguramente donde ya no estará tan solo.
Bueno, ése fue uno.
Pues el otro día entró a casa otro ser querido, llegaba impresionada por las penurias de unas amistades.
¿Y saben qué es lo peor? Comentó: Que hay niños detrás, y en el refrigerador no hay nada.
Se le llenaron los ojitos de lágrimas y ahí vamos todos, a lo mismo.
Entonces aparecieron los detalles, discretos y sinceros que nunca deben esconderse ni ocultarse en estas circunstancias.
Ese día, cuando menos, la situación cambió un poco para todos.
Y qué bonito es atender a los demás, cuando El Señor, de muy arriba nos manda sus mensajes a ver cómo nos comportamos.
Sabemos que algún día nos iremos, pero habrá gente buena, que sin siquiera ir a una iglesia elevará una oración por nosotros, arriba muy arriba desde donde llegan los mensajes que a veces nadie atiende.