A últimas fechas, el rector de la UNAM José Narro se ha autoadjudicado el papel de vigía de la Patria, guardián de nuestra identidad y encargado de dar la alarma sobre peligros reales o imaginarios, presentes, futuros o copretéritos. Lo cual a veces resulta enfadoso, básicamente porque cuando pontifica sobre lo que está o va a estar mal en este país, nunca hace una autocrítica de su institución, que se chupa más presupuesto que la mitad de las entidades federativas de México, que puede ser paralizada cualquier día por un sindicato mafioso e hiperinflado, y que no es ningún modelo de eficiencia. Y para muestra, basta un botón: vean a los Pumas.
En su más reciente admonición, Narro nos previno sobre una generación de jóvenes que presentan una característica alarmante. Ni estudian ni trabajan. Esto es, no se dedican a ninguna actividad que les ofrezca un futuro ni académico ni laboral ni de ningún tipo. Por ello se le empieza a llamar la Generación Ni-ni.
Según las estadísticas, en tan lastimoso estado se hallan siete millones de mexicanos que no pasan de los treinta años. O sea, cuando están en la cúspide de sus potencialidades, esos ciudadanos no tienen cómo desarrollarlas. Encontrándose en una de las etapas en teoría más productivas de la existencia humana, la Generación Ni-ni está inerte, sin generar absolutamente nada.
¿Cómo se creó esta inmensa generación sin expectativas? Hay muchos factores: la ausencia de reformas que rompan nuestras inercias económicas impide la generación de empleos. La pésima calidad de la educación hace a muchos jóvenes o inempleables, o que consideren que su estancia en las aulas es una pérdida de tiempo. La desintegración de los valores familiares también juega un papel importante. Digo, culpables sobran en un país que se está cayendo a pedazos y en el que poca gente asume sus responsabilidades.
El simple número y las circunstancias en que se hallan tantos jóvenes son para dar escalofríos. Y no sólo el número y las circunstancias, sino también lo que ello implica.
Una de las consecuencias de tan lamentable situación es que esos siete millones forman una excelente fuente de reclutamiento para el narco y el crimen organizado. Esos jóvenes sin futuro ni perspectivas son presa fácil del espejismo del dinero rápido y fácil. Que los lujos y placeres que adquieran van a desaparecer rápida y sangrientamente no parece importarles: después de todo, no tienen nada qué perder.
Otra consecuencia es que esa Generación Ni-ni puede atorar el desarrollo del país durante años y años. ¿Qué empleos podrán tener después? ¿Cómo participarán en la vida pública de la nación cuando tengan cincuenta años? La verdad, sí que dan escalofríos... sobre todo, porque nadie parece hacer nada al respecto. Y sobre aviso no hay engaño.