Para Ramón Xirau en sus 85.
El tema es viejo. Lleva luengas barbas y sin embargo siempre nos sorprende. ¿Porqué algunos seres humanos con la adversidad se vuelven gigantes y otros se empequeñecen y pasan al desván de la historia? ¿Qué llevan dentro, de qué materia están hechos, por qué los retos descomunales no los arredran, al contrario los nutren? De pronto la vida les exige un gran extra que ninguna preparación o experiencia puede garantizar. Algunos, los menos, lo llevan. El día de hoy Barack Obama asume la Presidencia de los Estados Unidos. La gran potencia de Occidente se tambalea por una de las mayores crisis económicas de que se tenga memoria. El mundo es, en muchos sentidos, nuevo. Su país enfrenta dos guerras vivas, Irak y Afganistán, y un terrible desorden internacional. Priva un síndrome mundial: la falta de liderazgo. Por si fuera poco Oriente Medio arde. El mundo voltea a Washington. Obama está llamado a ser un gigante.
Lleva en sus hombros una larga y dolorosa historia de conflicto racial. Obama es ya símbolo de que el cambio es posible. Su antecesor no podría ser más distinto en origen: familia muy rica y poderosa del mainstream estadounidense. Obama representa en contraste la larga lucha de una minoría perseguida, lleva en la sangre la huella de la inmigración, de la pobreza, del esfuerzo. Su antecesor nació en pañales de seda, dentro de los cánones de una familia tradicional. Obama proviene del rompimiento, de la inestabilidad, del trasiego. ¿Origen es destino? George W. Bush pasará a la historia como uno de los presidentes más ignorantes y torpes de esa nación. Obama llega a la Casa Blanca con el sello de la preparación y la sensibilidad. Bush se rodeó de los representantes visibles del establishment y de los negocios. Con su Gabinete Obama comienza con una señal de profesionalismo y reconocimiento a la trayectoria. Blanco y negro, sin metáfora y con metáfora.
De nuevo el hombre frente a su destino. Los ojos del mundo buscan ese extra que podría convertirlo en gigante. El mundo le exige que no sea un presidente más, que asuma el liderazgo, que llene el vacío. En una reacción tan primitiva como lógica: queremos toparnos con un hombre grande. Pero ¿qué quiere decir grande? En pleno siglo XXI la expresión remite a intangibles: fuerza interior, consistencia, arrojo. Debe ser sagaz, pero no basta. Debe ser audaz, pero no basta. Debe ser calculador, pero no basta. La grandeza es un bien muy escaso y muy preciado. Eso es lo que está en juego, no sólo sacar adelante la crisis económica, no sólo atemperar los miopes arranques guerreros de Bush. La grandeza implica contemplar al mundo desde la silla más poderosa del orbe con un ánimo -de ánima, de alma- de sensatez y prudencia que vaya más allá de los simples intereses de su nación.
Cheney y sus negocios, la destrucción de Irak y su corrupta reconstrucción por los socios del círculo Bush, son el legado histórico de la pequeñez, de la bajeza. Queremos ver en Obama un reflejo de grandeza similar al de Roosevelt que logró inyectar una energía a un país convulso y sacudido. Queremos encontrar a un Churchill caminando por las humeantes calles de un Londres ensangrentado, sólo frente al monstruo Hitler. Queremos toparnos con un Adenauer que supo encarar la reconstrucción de su país después del horror, de la derrota, de la culpabilidad, de la vergüenza. O con un David Ben-Gurión encargado de crear un Estado para un pueblo perseguido.
Los registros de la ciencia política no alcanzan para atrapar a esa presa, el extra. ¿Liderazgo?, sí sería la respuesta. ¿Carisma weberiano? sí, pero no es suficiente. Obama tiene liderazgo y carisma, pero lo que está en entredicho es la solvencia de su tejido ético. Eso hace a un gigante. Se exige nobleza para ver más allá de los intereses de su país, para comprender el papel global que le tocó vivir. Ese es su destino. Un ejemplo: cambio climático. Los Estados Unidos son un actor central para no llegar a la catástrofe. Pero claro los intereses internos son enormes. Otro, armamentismo, si el país de Obama fomenta la nueva carrera armamentista no habrá dique ante el abismo. Oriente Medio, si los Estados Unidos siguen sin miramientos los intereses israelíes, si no juegan un papel de auténtica conciliación de mediano y largo plazo, la violencia estará garantizada. Si no se comprende la naturaleza perversa del bloqueo contra Cuba y sus nefastos efectos sobre la vida interna de la isla, lo que lograrán será garantizar dictadura para otra generación de cubanos. Naciones Unidas: los Estados Unidos no pueden patear a la máxima institución internacional.
Si Barack Obama mira hacia el Sur con grandeza sabrá que el problema del narcotráfico se origina fundamentalmente en el consumo de sus conciudadanos, que la degradación de la vida interna de los Estados Unidos ha traído la degradación de la seguridad en nuestras naciones. Eso es lo que está en juego que, como Pedro “El Grande”, logre mirar más allá de los muros del imperio en beneficio propio. Si Obama escapa de los intereses económicos de ciertos grupos proteccionistas de su país, logrará impulsar un libre comercio que a la larga beneficiará a cientos de millones. No puede ser un presidente que gobierne contra los suyos, pero el liderazgo mundial le demanda ver más allá de los suyos.
Grandeza es la exigencia, grandeza para alejarnos del enanismo de Bush, grandeza para que la potencia sea más que un referente económico, que también sea ético. Grandeza que sólo florece con principios. Gobernar con principios es el reto. Lo etéreo se vuelve concreto. Barack Obama tiene todo para ser un gigante. Veremos si el imperio todavía permite algo así.