Se esboza apenitas lo que traerá aparejado el Torneo Apertura 2009 y ya tenemos que hablar de un aspecto medular: el arbitraje.
Si bien es cierto que los hombres de la ocarina no son las figuras a seguir dentro del rectángulo de juego, su accionar influye directamente en el trabajo de las verdaderas estrellas de este maravilloso vicio llamado futbol, los jugadores y técnicos, siendo por eso urgente su aplicación y correcto desempeño.
El desarrollo organizacional, tan en boga en los tiempos que corren, señala como prioridad en los equipos de trabajo la planeación de estrategias y como parte medular de ello la capacitación, y es allí donde, creo, el arbitraje mexicano se ha estancado.
El aula, el salón de clases, el auditorio, en fin, todo aquello que se llama la cátedra permanece en el olvido para los responsables de dirigir a este heterogéneo grupo de profesionales. No existe una cabeza, un maestro, un profesor con credibilidad, conocimientos y lo más importante, calidad moral.
Tampoco hay una planeación por objetivos y la prueba de esto es que se hace debutar a jóvenes en el máximo circuito sin haber diseñado previamente los espacios para su desarrollo. De nada sirve aparecer en Primera División si las actuaciones del prospecto no van a tener regularidad ni seguimiento.
Por ejemplo: Tres jueces con experiencia y que incluso portan o han tenido gafete de FIFA no fueron tomados en cuenta para la liguilla del último torneo. Al margen de que, si tuvieran un ápice de dignidad anunciarían su retiro, lo cierto es que el mensaje implícito es que ya no son necesarios para la Comisión de Árbitros. Entonces, explíquese usted, amable lector, cómo es que en la primera fecha, ooootra vez se les brinde la oportunidad de arbitrar en la Liga, tapando el lugar de algún novato y dándoles nuevas esperanzas a esos jueces de escasa habilidad. Hablo concretamente de Germán Arredondo, Hugo León Guajardo y Jorge Eduardo Gasso.
La organización del arbitraje nacional carece de instructores de calidad. Es así de simple y así de duro. Al despido, por demás necesario, de Antonio Marrufo, se han dejado las riendas de la preparación académica de los silbantes en personas de buena fe pero que jamás arbitraron a alto nivel y que a lo más que llegaron fue a ser jueces asistentes, independientemente de su incapacidad docente.
El fenómeno adquiere dimensiones patéticas cuando la Federación consiente en contratar los servicios de un instructor salvadoreño, Rodolfo Sibrián, para ilustrar con su sabiduría a los sufridos nazarenos aztecas.
Seguramente el alto nivel del futbol salvadoreño y de la Concacaf en general, haga a este hombre el candidato ideal para elevar el nivel del gremio.
Lo cierto es que, entre esos "instructores" y el "ordenador", a los noveles jueces se les manda... a la guerra sin fusil.