Allá por los inicios de los 70's, mi padre, recientemente fallecido, fungía como árbitro de la Primera División. Eran tiempos heroicos cuando el juez en el máximo circuito ganaba una bicoca, y lo que era peor, recibía una miseria para los viáticos.
Por eso mi jefe, que tampoco era un "bolsa rota" en eso de gastar y tenía cuatro bocas que alimentar, que además tragaban como náufragos, decidía viajar en autobús a los lugares lejanos y había un destino en que no quedaba de otra, ya que el avión que hacía el recorrido era escaso y carísimo.
Hablo de la "Ciudad de los grandes esfuerzos", como se conoce a Torreón y a toda la Comarca Lagunera, donde para esas épocas, jugaban dos cuadros de prosapia: Los Diablos Blancos del Torreón y el equipo de La Laguna.
Ambos clubes solían pelear los lugares de abajo pero llegaron a tener en sus filas a enormes jugadores mexicanos y extranjeros.
Recuerdo, por ejemplo, que en el Laguna jugó Claudio Lostanau, inmenso y fino jugador peruano que había militado en Monterrey y Toluca. También anduvieron Alberto Rendo, Héctor Montañez, Tibor Vigh y posteriormente, mi primer amonestado en el máximo circuito, Carlos Eloir Perucci.
En el Torreón jugaron grandes figuras como Enzo Genoni, Aníbal Tarabini, Jorge Solari y el "Coruña" Chavarría, sólo por mencionar a algunos. El caso es que, cuando mi papá recibía una designación para pitar por esos lares, inmediatamente preguntaba: ¿Quién me quiere acompañar? Obvio que no se trataba de un asunto menor, ya que se viajaba en autobús, saliendo a las 8:00 pm del sábado para, luego de 12 horas de trayecto, llegar, desayunar, dormitar un rato, arbitrar a las 16:00 horas y al ratito, ¡vas pa'tras!, otro trayecto parecido para regresar al amado terruño de "chilangolandia" el lunes por la mañana. Como su humilde servidor y amigo no estaba dispuesto a invertir 24 "horas nalga" en el trayecto, jamás me adherí al plan, siendo mi hermano Eduardo el asiduo concurrente a esas travesías, al grado de ganarse, por parte de nuestro progenitor, el mote de "mi compañerito".
Al paso de los años, Dios me permitió convertirme en silbante de Primera División y ahora sí, concurrir a esa bella ciudad del norte de la República.
El efecto fue alucinante. Desde el primer partido me enamoré del Estadio Corona y su muy brava afición. No había un lugar que me gustara más para arbitrar que Torreón, aunque mis compañeros dijeran que estaba loco.
Una de las 10 finales que tuve el honor de dirigir se llevó a cabo en ese inmueble y el Santos dobló al Necaxa con un apretado gol de Jared Borgetti.
El domingo, el viejo estadio cerró sus puertas para dar paso a la modernidad.
¡Cómo desearía echar el tiempo atrás y hacer el viaje, a pesar de las incomodidades, al lado de mi papá!
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