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Mal gusto a granel

EL COMENTARIO DE HOY

FRANCISCO AMPARÁN

Para mucha gente, el arte contemporáneo ni siquiera merece ese apelativo: les resulta desconcertante, incomprensible y, en no pocos casos, lo que podría denominarse de muy mal gusto. Eso de andar presentando caballos rebanados con sierra eléctrica conservados en formol como escultura del Siglo XXI, sencillamente le parece repugnante a una buena parte del culto público.

Y sí: a veces uno se pregunta qué tenía en la cabeza tal o cual artista al presentar una obra que, piensa uno, debería haberse quedado precisamente ahí: en su tortuosa o resbaladiza mente.

La cosa resulta todavía peor cuando se utiliza como arte lo que en la vida cotidiana ya es de por sí de mal gusto. Ello lo acaba de realizar un artista plástico alemán llamado Ottmar Hoerl.

Una costumbre muy europea, que afortunadamente no ha arraigado en el Nuevo Mundo, es la de adornar los jardines con esculturas de gnomos. Ustedes saben: esos como duendecillos de gorro picudo, luenga barba y apariencia de enanos. Hay gente que llena sus espacios verdes con esas esculturas, que a muchos nos parecen el colmo del kitsch y el mal gusto. Claro que sobran quienes no estén de acuerdo, y hagan del coleccionar y cuidar esas horribles estatuas toda una forma de vida. ¿Recuerdan cómo al papá de Amelie (la película de Audrey Tatou) casi le da el patatús cuando uno de sus gnomos del jardín es secuestrado? ¿Y cómo el patatús se renueva cada semana, al recibir fotos del monigote tomadas en los más diversos escenarios del mundo?

Creo que lo dejé claro: los gnomos ésos me parecen de pésimo gusto. Pero si además aparecen por centenares haciendo el saludo nazi, eso me parece el colmo.

Pero eso fue lo que hizo el mentado Ottmar Hoerl: poner 1,250 gnomos con el brazo derecho extendido, y en formación militar, en la plaza central del pueblo de Straubing, en Baviera. El supuesto mensaje de la "instalación" es hacer burla del espíritu infantiloide que subyacía en la ideología del III Reich. Mira tú, qué divertido.

Como suele ocurrir con todo lo referido a aquella negra época en la Alemania de hoy, surgió una gran controversia. Para algunos, simplemente usar elementos decorativos con connotaciones nazis era un atentado al buen gusto. Otros asentaron tajantemente que cualquier referencia a los años de Hitler ya es de por sí cuestionable. Sobraron, como siempre, los que defendieron la libertad artística de hacer mamarrachos y, de pasada, el ridículo.

Lo que sí, es que de esa manera difícilmente se logrará que la gente se acerque al arte contemporáneo. Ni siquiera para robarse un gnomo fascista.

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