Clasificación:
Qué extraña mezcla de oficios es el luchador profesional. Además de la capacidad atlética, el luchador debe ser capaz de desplegar un histrionismo primitivo, que represente la totalidad de niveles de la furia animal. Es coreógrafo de una historia monótona y predecible, pero su éxito depende de imaginar variaciones con estilo propio. Es agente, promotor de tiempo completo de su propia persona ficticia. Y por último, dicho sea con admiración y sin la más mínima intención de ofender a ningún musculoso gladiador, es un payaso, ejecutante de la rama más salvaje de la comedia física.
Cuando un luchador en plena forma combina exitosamente todos estos oficios, tenemos una estrella. Pero cuando la estrella envejece, la matemática geométrica de la decadencia va sumando grados de patetismo por cada herrumbroso talento. Así es la vida actual de Randy The Ram, viejo luchador que fue estrella en los 80 y que por seguir peleando podría morir; apropiadamente interpretado por Mickey Rourke, actor que fue símbolo sexual en los ochenta y que por El Luchador resucitó.
Suponemos que El Luchador hizo fortuna en sus buenos tiempos, pero para constatarlo sólo quedan recortes de periódico pegados en la pared de la miserable casa móvil que renta, y cuyo alquiler es aún demasiado alto para Randy. Entre semana carga cajas en un almacén y los fines recolecta en el ring los jirones de su fama. Gracias a sus admiradores, se permite unos pocos gustos proletarios (una cerveza, un lapdance) y dedica el grueso de su ingreso a mantener su imagen de luchador, con gastos en gimnasio, bronceado, tintes y esteroides. El director Darren Aronofsky muestra, con meticulosa atención al detalle, los entretelones de una profesión en que la violencia es teatro, los golpes circo, y el desgaste real.
Aronofsky, que en sus (excelentes) cintas anteriores Pi, Requiem Por Un Sueño o La Fuente de La Vida ha echado mano de los más estrafalarios recursos narrativos y estilísticos, pinta un retrato austero, cariñoso e íntimo de Randy The Ram, con una estética muy lejana del oropel ochentero y más próxima al Grunge que sus personajes tanto desprecian. El ambiente profesional en que Randy se mueve es sorprendentemente afectuoso y gentil, y en él brilla como caballero. Pero fuera de él, le es muy difícil crear vínculos profundos, como en el caso de la también decadente stripper Marisa Tomei, o su propia hija distanciada, que mantiene una férrea negativa a verlo.
Luego de un incidente de salud tras una pelea, Randy decide recomponer su vida sentimental. Ambas relaciones (con la stripper y la hija) podrían fructificar, pues tiene la capacidad de ser buena persona. ¿O es sólo una actuación, y Randy actúa como buena persona? ¿Es la bondad otro talento que se oxida?
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