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Satélites chocantes

EL COMENTARIO DE HOY

Francisco Amparán

La verdad, la verdad, suena a leyenda urbana. O a leyenda pueblerina, dado que cuando supuestamente ocurrió, Torreón todavía era más bien un pueblo. Sí, todavía más pueblo que hoy en día. Pero la nunca suficientemente bien ponderada Sonia Salum juraba que el suceso era auténtico. Al menos eso era lo que colegía de los testimonios de los más veteranos de la plaza, allá cuando andaba recopilando la historia oral de esta polvosa ciudad. O pueblo. O rancho. Lo que sea.

El caso es que la anécdota resulta conmovedora, sobre todo si es cierta. Y va como sigue: a principios de los años veinte (o fines de la segunda década, las versiones varían), en Torreón había sólo dos automóviles particulares. Lo que no debe extrañarnos: en aquel entonces, luego de la inaudita destrucción de la llamada Revolución Mexicana, el país había involucionado unos treinta años. Los vehículos de combustión interna de propiedad privada eran rarísimos en todos lados, ya no digamos en esta pujante población. Pues bien: resulta que esos dos únicos automóviles ¡chocaron! Los veteranos hasta daban pelos y señales: en la esquina de Morelos y Acuña. Lo cual parece episodio de novela de García Márquez, mínimo. O quizá fue una premonición de lo cafres e irresponsables que iban a ser los conductores (todos) de La Laguna durante el resto de la historia. Cosas del destino, que dirían los griegos.

El caso es que, por muy rancho que haya sido Torreón, estarán de acuerdo conmigo en que las probabilidades de que los únicos dos automóviles existentes chocaran eran mínimas.

Pues bien: esa anécdota acaba de recibir un empujón hacia al reconocimiento, ahora que se produjo un choque todavía más inverosímil: la semana pasada, un satélite ruso y otro americano se estrellaron uno contra el otro en órbita, a unos 800 kilómetros de altura. Tomando en cuenta el tamaño del espacio, y que los satélites son mucho más pequeños que un vocho, estarán de acuerdo conmigo en que ese choque se lleva de calle al primero ocurrido en Torreón, hace unos ochenta años.

Lo que hace todavía más inverosímil el encontronazo entre satélites es que existe toda una agencia de las Naciones Unidas destinada a repartir el pastel espacial, asignándole órbitas y alturas a los distintos artefactos que circundan la Tierra, precisamente para que no ocurra este tipo de accidentes. Aún no queda claro quién invadió el carril que no le correspondía.

Durante la Guerra Fría, el incidente hubiera puesto los pelos de punta. Ahora, Rusia se limitó a encogerse de hombros y decir: "Que al cabo que ése ya no servía". Los americanos sólo mostraron su preocupación de que los escombros puedan descender a una órbita más baja y poner en peligro a la Estación Espacial Internacional.

Total, que ni siquiera en ámbitos tan sofisticados como los viajes espaciales resulta imposible sustraerse de los accidentes de tránsito. Y aquí no se puede decir que uno de los satélites era conducido

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