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Calderón ovacionado de pie

GENARO LOZANO

Vicente Fox,

Discurso ante el Capitolio, septiembre de 2001

NUEVA YORK.- Bien dicen que nadie es profeta en su tierra. Felipe Calderón entró a una sesión conjunta del Congreso y tuvo un caluroso recibimiento. Su discurso a la nación recibió seis ovaciones de pie, tanto de congresistas del partido en el poder como de la Oposición. El Presidente habló de sus sueños, de un futuro próspero para México, de sus logros, de una guerra (justa) que "costará" mucho dinero y muchas vidas humanas ante un auditorio de legisladores que fue receptivo. Me falta decir algo, ah, claro: esa nación no era México, sino Estados Unidos y el auditorio no era el Congreso mexicano, sino el estadounidense.

Cuatro años después de llegar a la Presidencia, Calderón finalmente fue a Estados Unidos en visita de Estado. Contrario a lo que Jorge Castañeda auguraba, Calderón no voló a Cuba primero, sino decidió que no podía darle más la vuelta a la hoja y acudir a llevar un mensaje al vecino con el que compartimos un futuro inevitable, como sabemos desde aquel profético "Tan lejos de Dios y tan cerca de Esados Unidos".

Como señala Robert Pastor en "Limits to Friendship", un libro clásico de la relación bilateral en el que se encuentra el testimonio de un Jorge Castañeda vintage que abogaba vigorosamente entonces por que México mirara al sur en lugar de al norte, los estadounidenses están acostumbrados a consumir su información de la televisión. La nota de color es lo que se queda en sus mentes. Por ello, de esta visita lo que quedará será el vestido azul de Michelle, el resbalón de la jefa del protocolo estadounidense, el desastre del traductor en una ceremonia en la Casa Blanca y la niña que le dijo a Michelle y a Margarita Zavala que su madre no tenía papeles.

En cambio, para la prensa mexicana, la imagen de un Calderón ovacionado en el Congreso estadounidense es lo que se queda impreso. Acostumbrados a la estridencia de nuestro Congreso, nos parece un logro que el Presidente mexicano sea ovacionado de pie seis veces en un Congreso. Como si las 19 veces que ovacionaron los congresistas estadounidenses al ex primer ministro británico Gordon Brown en marzo de 2009 no existiesen. Como si el emotivo discurso con bono democrático que Vicente Fox dio en septiembre de 2001 ante ambas cámaras hubiese servido de algo.

En términos de sustancia, el mensaje que Calderón llevó fue el de pedirle al Congreso estadounidense que vuelva a poner en práctica una ley que prohibía la venta de armas de asalto, que estuvo en vigor por 10 años y que no pudo ser extendida en 2004, pese a que la senadora de California, Dianne Feinstein, intentó una extensión. Más allá de esa petición genuina y de interés mutuo, no parece haber mayor agenda con Estados Unidos que la de la seguridad. No hay explicaciones de cómo lograr ese sueño de una América del Norte como la región más próspera y competitiva del mundo.

Incluir la parte social a la guerra contra el narcotráfico parece sólo una reacción a la estrategia presentada por Obama para atacar el consumo en su país. Reconocer que la guerra contra el narcotráfico ha causado abusos a los derechos humanos en México y prometer que se "tomarán medidas para proteger los derechos humanos de los mexicanos", suena muy bien como declaración, pero empieza en los hechos por humanizar a un Gobierno que llama las muertes de civiles, como los niños Bryan y Martín, como un "daño colateral", como si fuera el Gobierno de Bush justificando las muertes de civiles en Afganistán.

Seguir ignorando el debate serio sobre la legalización de las drogas, al que se han sumado ex presidentes de México, Brasil y Colombia y académicos de todo el Continente es condenar a México y a Estados Unidos a repetir el mito de Prometeo.

Como menciona el editorial de El Universal de ayer, el discurso de Calderón tuvo un contenido patriótico que sólo convenció a los convencidos.

Presidentes van y vienen, repitiendo las mismas palabras de siempre. Reconocer que el futuro de México está ligado al de Estados Unidos no es novedoso. Díaz, Salinas, Zedillo, Fox y ahora Calderón ya lo dijeron.

Dejarle de temer a la incidencia en la política estadounidense con cabildeo a través de empresas, acercamiento a las organizaciones mexico-americanas, aprender a comunicar bien la política exterior, sin opacidad, y considerar una estrategia distinta de combate al narcotráfico sería lo novedoso en nuestra relación con América del Norte y con el mundo. Reconocer todo ello sería el discurso que se esperaría de Calderón, ya el segundo Presidente mexicano emanado del PAN. Diez años después del parteaguas democrático del 2000, ese discurso no llegó.

Twitter @genarolozano

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