Hasta antes de los terremotos que han estado azotando a Haití, nación que vive la mayor pobreza en América, poco recordábamos de ese pueblo; aún más: tampoco nos interesaba conocer sobre su vida de miseria.
Quizá identificáramos a esa isla -compartida territorialmente con la República Dominicana- por su fanatismo religioso y las historias de Vudú; la conciencia de su existencia era ocasional, cuando nos enfrentamos en partidos de futbol, en los que nos hacen sufrir la gota gorda.
Un pueblo de origen africano, padeciendo la condición de marcada miseria, que ahora pasa a las primeras planas en periódicos y noticieros de radio y televisión, para narrar sus desgracias: un número aún no precisado de muertos, superior a ciento cincuenta mil; doscientos cincuenta mil heridos, o más; un tercio de sus construcciones destruidas y sin presupuesto para reconstruirlas; incapacidad gubernamental para reaccionar, carencia de agua, medicinas y comida.
Lo más grave, la exacerbación en las condiciones paupérrimas vividas, agravándose factores tales como: desnutrición, morbilidad, falta de vivienda y demás estadísticas de subdesarrollo, de por sí precarias.
La UNICEF, antes de la desgracia, tenía consideradas cinco acciones fundamentales: un programa de salud y nutrición, centrado en niños menores a los 6 años de edad; otro para adolescentes, en salud preventiva y reproducción, inclusive del Sida; uno más orientado a educación básica y atención al desarrollo en primera infancia; otro sobre protección infantil y juvenil, centrado en los niños de la calle, en situación de servidumbre, huérfanos, delincuentes juveniles y víctimas de desastres naturales; fomento de la capacidad, supervisión y evaluación en los derechos de la infancia; un programa de promoción, información, comunicación y participación para fomentar cambios en la conducta y movilizar a los aliados civiles y gobiernos, para colaborar en el hacer cumplir sus derechos humanos.
Cuando aún no se presentaba la tragedia, Haití, mostraba cifras que evidenciaban pobreza extrema, con una población calculada en alrededor de nueve millones de habitantes y una tasa demográfica creciendo cinco por ciento anual; alta fertilidad entre sus mujeres -cuatro niños cada una- y expectativas de vida, inferior a toda Latinoamérica: cincuenta y seis años las mujeres y cincuenta y tres, los hombres.
La tasa de urbanización era del cuarenta por ciento y la alfabetización de adultos sólo del cincuenta.
En cuestiones de salud, las cifras eran igualmente vergonzosas para todos los humanos, quienes nos mantenemos más o menos indiferentes: uno de cada ocho niños moría antes de tener cinco años; y uno de cada catorce, no llegaba a cumplir un año de vida.
La población es predominantemente joven y menos de la mitad tiene estudios superiores a la primaria; el acceso a la educación está permanentemente afectado por los altos costos.
Alrededor de un sesenta por ciento, en los hogares rurales, sufrían de inseguridad alimentaria crónica y un veinte por ciento, eran extremadamente vulnerables.
Se calculaba que en las zonas urbanas, un cincuenta y ocho por ciento de los hogares sufrían inseguridad alimentaria y la mitad de ellos no tenían que comer permanentemente.
Haití -ocupó el pasado año el número 153 en una lista de 177 países-, preparada por el Programa de Desarrollo Humano sobre Mortalidad Materna. Comparado con otros Estados de la región, está a 30 posiciones de distancia de Barbados y a 52 de Cuba. Desde luego que ocupa uno de los primeros lugares de corrupción y sus gobiernos se han caracterizado por eso y por ser autócratas dictatoriales.
Hoy día, esos datos son rebasados sobradamente por la realidad del desastre; y el mundo, ¡al fin!, vuelve la mirada para entregarles ayuda humanitaria, comprometiéndose a subsidiarlos los próximos diez años.
Sin embargo, aun esa ayuda -sólo México ha aportado más de tres mil toneladas de alimentos, medicinas, ropa y agua- no llega a su destino por no contar con un sistema de distribución adecuado.
De nuevo, los Estados Unidos de Norteamérica, han enviado soldados para garantizar la seguridad, incluyendo el control de aeropuertos y puertos marítimos, invasión que debido a las circunstancias extremas no ha sido criticada, aunque se descuenta su consolidación en el control del país.
La situación de los haitianos es una dolorosa llamada de atención para todos los habitantes del planeta; es evidencia clara de la existencia de mundos polarizados: el de los ricos, con alimentación, educación, salud y vivienda suficiente y hasta sobrada; y el de los pobres, que carecen de todo, aun de lo más elemental: comer lo indispensable. No olvide que muchos mexicanos califican en pobreza extrema.
¿Cuándo actuaremos para acortar esas distancias?; ¿hasta cuándo nos convenceremos que sólo apoyando a esos países, a salir de su marasmo infrahumano, es como podremos construir un mundo más justo y más seguro?
Ojalá que no tengamos que esperar otro terremoto en cualquier parte del mundo, incluido México, para reaccionar. ¿Qué opina?