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CINECRÍTICA

EL INFIERNO DE TODOS CONOCIDO

MAX RIVERA 2

¿Qué nos lleva a ver y disfrutar de El Infierno? La cinta difícilmente cumple como fantasía escapista, o como alivio catártico por terceras personas. Es una comedia feroz que no propone ni resuelve nada. Tampoco investiga ni revela, sino que apenas confirma lo que ya sabíamos o sospechábamos. ¿De dónde proviene entonces el gozo masoquista del negrísimo humor de El Infierno?

Aventuro una hipótesis desesperada: la película servirá como grafiti en la pared de la historia. Verla produce un placer vandálico, parecido al que sentirá el cholo que plasma su nombre en los muros recién blanqueados. Es el gusto del aguafiestas que se aparece brevemente en las lujosas celebraciones, sabiendo que su indiscreción durará más tiempo en la memoria que los numeritos cuidadosamente montados por los anfitriones. Esta sensación se intensifica al enterarnos de que El Infierno fue financiada, en buena medida, por la misma bolsa que administra los intrascendentes festejos. ¿Qué los lleva a dispararse en el pie de esta manera? ¿Un delirio esquizofrénico? ¿Su open mind y tolerancia buena onda? ¿O su absoluta ignorancia y valemadrismo?

Perdone si lo agobio con más preguntas que comentarios. Se debe a que la cinta contraviene en serio a las contantes campañas de limpieza de la imagen del país propuestas por el ejecutivo, y lo hace en el medio de comunicación que mejor conjuga influencia y permanencia. Sospecho que, pese a un desganado intento de censura por medio de la clasificación de la cinta, convenía más dejarla pasar que detenerla. Porque, a fin de cuentas, los posibles ofendidos por la película saben bien que el cine no tiene el poder para cambiar nada. Ese lo siguen teniendo sólo ellos.

No me detengo en darle sinopsis ni fichas técnicas, ésas abundan. Quiero reconocer el extraordinario logro de Luis Estrada y su equipo. Del infalible Damián Alcázar y de Joaquín Cosío, con su inolvidable Cochiloco. Quiero agradecer a Estrada su certero y triste retrato, con arquetipos a los que es fácil rebautizar con nombres regionales; con una historia que se arma sola, recogiendo notas de este periódico y aquel; y con un paisaje desértico, que aunque potosino, como se parece al de mi pobre Laguna. Una imagen que espero, algún día, mostrar a mis nietos en un México distinto, mejor. Aunque por ahora no se vea cómo.

Cuando se estrenó La Ley de Herodes, el timing no podía ser mejor. La cinta presagió el fin del Priato y el arribo de la alternancia, que ingenuamente esperábamos cambiara de raíz las cosas. Eran tiempos de esperanza y no de miedo. A El Infierno no le alcanza para vaticinios. Es sólo la estampa descarnada de un país sin brújula, metido en la lógica del negocio sangriento, al que se entra para no salir. ¡Cómo estarán de jodidas las cosas, que se extrañan los tiempos de La Ley de Herodes!

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