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CRÓNICAS DE REPORTERO

GÓMEZ MONT YA SE FUE

CARLOS LORET DE MOLA

Gobernación tuvo como secretario, durante el primer año de Felipe Calderón en Los Pinos, al actual diputado federal panista Francisco Ramírez Acuña. Venía de ser gobernador en Jalisco con el principal mérito de haber "destapado" al hoy presidente y darle abrigo cuando Fox lo orilló a renunciar a su Gabinete. Ramírez Acuña no era un buen operador político y su presencia en Bucareli se limitó a fungir como un simple secretario de Protección Civil, pues las labores de negociación las comandaba Juan Camilo Mouriño desde la Oficina de la Presidencia.

Iniciaba el segundo año, cuando el presidente empezó a preparar al que quería que fuera su sucesor. Mandó a Mouriño a Gobernación, pero la posición le quedó gigante: frívolo, desencanchado frente a los reflectores y vapuleado por los contratos de sus empresas familiares con Pemex, estaba aniquilado, con un pie fuera de Bucareli cuando lo alcanzó la tragedia del avionazo.

Lamentables antecedentes que, sumados al imborrable recuerdo del gris Santiago Creel que ocupó la misma cartera prácticamente todo el sexenio foxista, hicieron que fuera muy bien recibido el nombramiento de Fernando Gómez Mont en Gobernación, casi al arranque del tercer año de mandato de Felipe Calderón. Se atribuyó al nuevo integrante del Gabinete ser un político experimentado, inteligente, serio, negociador sin sentimientos, conocedor de los sótanos del poder, con currículum de los que atragantan y visión de Estado.

Sus cualidades fueron útiles quince meses. A partir de febrero de 2010, el presidente de México se volvió el jefe de la campaña del PAN. Ganar elecciones se convirtió en la prioridad de su administración y por eso no le costó trabajo sacudirse el compromiso de no hacer alianzas contra el PRI a cambio de que los tricolores apoyaran su paquete fiscal. Lo entendieron todos, lo respaldaron todos, se alinearon todos. Gómez Mont quedó atrapado entre su agenda y la de su superior. No se sumó a la cargada del jefe de la campaña panista y lo demás fue irse desdibujando. Se le empezó a notar aislado, solo, desarticulado. El secretario de Gobernación dejó de leer el ánimo de su presidente, ya no era eficaz receptor y transmisor de sus mensajes, lo que pensaba él no era lo que pensaba el Gobierno y su proceder se volvió errático, tropezado, lleno de vacías palabras rimbombantes, en contradicción con el discurso del Gobierno para el que trabaja, al grado de exhibir en no pocas ocasiones lo peor que puede ocurrirle a un secretario de Gobernación: estar desinformado.

La verdad es que, en la práctica, Fernando Gómez Mont ya no es secretario de Gobernación. Ya sólo falta que se oficialice. Y eso se espera que suceda en los próximos días.

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