Hay etapas en que la vida se vuelve plana. Sin emociones y desde luego sumamente rutinaria.
Es entonces cuando comenzamos a cuestionarnos si lo que hacemos vale la pena; si estamos conformes con la manera de vivirla o necesitamos cambiar, aunque ello signifique un sacrificio.
Ir por la vida, simplemente, sobreviviendo no es atractivo.
Si nos cuestionamos por la vida que llevamos, podemos llegar a la conclusión de que es así como queremos vivir y es válido. ¿Pero y si no es así?
Descubrir el sentido de la vida que llevamos no es ninguna novedad. Estas interrogantes ya se las planteaban los grandes filósofos y llegaron a resolverlas.
Por eso, tratando de encontrar ese sentido, me sumergí en Aristóteles y su "Ética Eudemia", porque el hombre no puede ser sólo el devenir de una serie de sucesos personales, sino algo mucho más profundo y significativo.
¿Qué es lo que buscamos? La felicidad. Y ¿de dónde viene ésta?
Se solía decir que: "Lo más bello es la perfecta justicia, lo mejor la salud; pero lo más deleitosos es alcanzar lo que se ama".
Sin embargo, Aristóteles decía que pare él: "La felicidad es la más bella, la mejor y la más placentera de todas las cosas".
Relegaba así, incluso a la "perfecta justicia" y ponía frente a ella a la felicidad.
Pero, ¿Cómo alcanzar la felicidad? O más bien, ¿Qué tipo de felicidad es la que buscamos?
¿Buscamos la felicidad que nos da el confort y la comodidad? ¿La que simplemente nos permite estar bien? ¿O deseamos algo más? Lo que no tiene que ver con lo material y sí mucho, con nuestra vida interior.
Lo más difícil de domeñar es nuestro yo interior. Por eso nos equivocamos cuando andamos por el mundo tratando de conocerlo todo y no somos capaces de conocernos a nosotros mismos.
Nuestra verdadera fuerza está en encontrar y conocer a nuestro yo interno. Ése al que no podemos engañar, ni burlar.
La paz y la tranquilidad no pueden estar ni depender de las cosas externas. Dependen de nosotros, de lo que en realidad somos. En la ley del espíritu de que hablaba San Pablo.
Porque si bien reconocía que a esa ley deberíamos responder siempre, admitía que a ella se oponía la ley de sus miembros, es decir, la concupiscencia.
Por ello, también afirmaba categórico: "Porque no hago el bien que quiero; mas el mal que no quiero, éste hago".
Queremos la felicidad para nosotros y para todos los que nos rodean, pero acabamos sumidos en la infelicidad y haciendo infelices a los otros.
Cuestionemos todo. Preguntémonos si en realidad somos felices y no temamos enfrentar la verdad, por dura que ésta pueda ser.
Tenemos que destruir nuestros paradigmas y crear otros nuevos, si no queremos que la vida se nos vaya en balde.
La felicidad, lo hemos dicho, no puede ser un destino, sino un camino, una forma de ser y de estar en los mejores términos con nosotros mismos.
Por lo demás: "Hasta que nos volvamos a encontrar, que Dios te guarde en la palma de Su mano".