Tan apabullante como encantadora, la Ciudad de México es, por sobre todas las cosas, el sitio donde los rostros de nuestra nación se mezclan y bullen.
“Desde las 10 ya no hay donde parar el coche / ni un ruletero que lo quiera a uno llevar / llegar al centro, atravesarlo es un desmoche / un hormiguero no tiene tanto animal”. La primera estrofa de Sábado Distrito Federal, la famosa canción de Chava Flores, relata una situación vigente a pesar de que fue escrita en los años cincuenta. El caos, el tráfico y los tumultos son el leitmotiv de los residentes. Pero hay en estas calles copadas de vehículos y gente una magia innegable. No en balde más de 19 millones de personas habitan el fascinante Valle de México.
Aunque quizá el encanto sea producto del centralismo económico, político y educativo, resulta imposible negar la vastedad cultural de esta metrópoli donde árboles altos y robustos cubren al capitalino y le hacen un bello telón al asfalto y al concreto.
Desde lejos la cara de la Ciudad de México puede parecer poco amigable. Historias de asaltos y toda clase de ‘movidas chuecas’ alejan a muchos, pero quien conoció la desordenada capital de los últimos 20 ó 30 años, quedaría sorprendido con la urbe que es ahora, apunta para Siglo Nuevo el Secretario de Turismo capitalino, Alejandro Rojas Díaz Durán.
El nuevo rostro del DF ha servido para atraer a mexicanos y extranjeros de todos los estratos. Si bien por muchas décadas el típico recién llegado era el pueblerino que cajas en mano se acercaba en busca de una oportunidad, hoy los migrantes arriban con títulos universitarios o portafolios artísticos bajo el brazo.
En la mayoría de las calles se respira equidad. Un ambiente de tolerancia e inclusión. Esa misma diversidad que colorea a sus habitantes vive en los cientos de expresiones arquitectónicas. Se puede admirar por igual los monumentos coloniales que la Catedral Metropolitana (concluida por el valenciano Manuel Tolsá en 1813), las casas construidas por Luis Barragán en el barrio de Tacubaya u obras imponentes de Ricardo Legorreta en el moderno complejo de Santa Fe.
Los estómagos exigentes o simplemente curiosos, también encuentran aquí la tierra prometida. En DF es posible comer jabalí en el Mercado de San Juan o visitar el restaurante Biko, el único del país que está en la lista de los 100 mejores del mundo.
Cuando de espectáculos se trata no hay artista internacional, orquesta de renombre o fastuoso ballet que no pise los foros capitalinos. La sala de conciertos Nezahualcoyotl (recién remodelada) o la Ollin Yoliztli son el mejor lugar para escuchar música clásica; el Foro Sol para los megaconciertos y festivales de rock, y el Salón Vive Cuervo (antes Salón 21) para ritmos eclécticos o vanguardias. Sin dejar de lado al Auditorio Nacional o el Teatro Metropolitan, que al igual presentan excelentes alternativas.
Sí. La oferta y el tamaño de la Ciudad de México y la zona metropolitana pueden intimidar, pero el chilango no se amedrenta para disfrutar de una metrópoli en la cual siempre hay algo qué hacer.
Más de 58 kilómetros del anillo periférico (casi siempre congestionado) que bordean el valle de México, 175 estaciones de metro, dos líneas de metrobús y más de 1,500 rutas de microbuses son las alternativas para llegar a todos lados. Además de los 64.8 kilómetros de ciclovía que ha impulsado a la bicicleta como nuevo medio de transporte para transitar por ésta, la ciudad donde todo es posible. A todo lo anterior hay que sumarle que el clima del DF es realmente idílico, satisface a todos los gustos: las temperaturas no son extremas y en un mismo día parecieran transcurrir las cuatro estaciones.
Los barrios que le presentamos a continuación son sólo una muestra de lo que es el Valle de México, pues su vastedad ameritaría dedicarle la totalidad de esta edición; así, para ‘abrir boca’, le invitamos a recorrer con nosotros sus lugares más emblemáticos.
CIUDAD DE PALACIOS (Y ALGO MÁS): CENTRO HISTÓRICO
Hay un punto que permite admirar el primer cuadro del Distrito Federal en toda su majestuosidad: la terraza del Hotel Majestic. Desde su balcón colonial es posible apreciar una panorámica del Palacio Nacional, la Catedral Metropolitana, el Templo Mayor y el antiguo Palacio del Ayuntamiento; monumentos que circundan la plancha del Zócalo o Plaza de la Constitución y que prácticamente cuentan la historia no sólo de la Ciudad de México, sino de la nación entera.
Ahí se concentran los rostros de México. Lo mismo se ven protestas políticas que danzantes con atuendos prehispánicos, organilleros e indígenas artesanos, locales y turistas. Si bien toda la semana hay gran trajín, los sábados y los domingos el Centro Histórico toma una vida especial por quienes aprovechan para visitar los abarrotados comercios ordenados por giro en cada calle. Meave para los electrónicos, Tacuba y Donceles para los libros usados, Santo Domingo para todo tipo de documentos falsificados, desde facturas hasta títulos universitarios; aquí legalidad e ilegalidad conviven como dos ciudadanos cualesquiera.
Pero el Centro Histórico no siempre fue agradable y transitable como lo es ahora. Apenas en 2002, en conjunto con varias empresas, el gobierno lanzó un millonario programa de rescate para acabar con los cientos de ambulantes, restaurar edificios virreinales, evitar el hundimiento y reempedrar calles. Con su cara lavada, las áreas que albergan verdaderas joyas de la arquitectura colonial se han vuelto más seguras, así que una caminata desde el Palacio de Bellas Artes -joya del art deco- hasta Palacio Nacional, por la calle de Madero (ahora peatonal) bien vale la pena. Ahora que si la sola idea de caminar le agota puede subirse a uno de los muchos bicitaxis que ahí circulan y por unos pocos pesos lo llevan a cualquier punto del perímetro.
En el Centro Histórico se ‘obliga’ la visita a los edificios de soberbia arquitectura como el Palacio de Minería, el Palacio de Correos, así como el Museo Nacional de Arte (Munal), el Museo Interactivo de Economía (MIDE), o el Museo del Estanquillo, que alberga la peculiar colección personal del escritor mexicano Carlos Monsiváis.
Bien se dice que el DF está lleno de sorpresas y esta zona tiene la suya: la reciente demanda inmobiliaria. Atrás quedaron las vecindades; hoy muchos profesionistas buscan (y consiguen) departamentos remodelados en las calles aledañas a la Alameda y a Bellas Artes, destrozando el mito de que vivir en el Centro Histórico es impensable.
Al cerrar las cortinas de los comercios, la vida aquí casi se desvanece; pero quedan en sus aceras aquellos que buscan diversión nocturna en cabarés de antaño como La Perla, que desde los años cuarenta ofrece espectáculos de travestis y hoy se mantiene vigente en su estilo original; o salas como el Zinco Jazz Club, donde se presentan los mejores exponentes de la música sincopada.
Quien está de visita puede perderse cualquier otro punto en su viaje, pero no podrá afirmar que ha pisado ‘la ciudad de los palacios’ si no paseó por el Centro Histórico.
ZONA ROSA, PARAÍSO DE LA INCLUSIÓN
En 1965, Vicente Leñero escribió: La Zona Rosa es un perfume barato en un envase elegante, una provinciana en traje de corista. Y es que en aquella época el sitio pretendía consagrarse en el Montmartre mexicano o por lo menos algo parecido a dicho barrio parisino. En sus galerías se exhibían cuadros de José Luis Cuevas, y en los cafés era común ver a Carlos Fuentes o a artistas de la época como Andy Russell. Pero hacia los ochenta, el impulso de nuevas áreas turísticas acabó con su esplendor. Recintos para table dance y otros centros de entretenimiento adulto fueron subiéndole el tono hasta hacer rojo lo que era rosa. La zona, enclavada en la colonia Juárez, se convirtió en lugar de tolerancia para la prostitución y después para expresiones de la comunidad homosexual, que paradójicamente fue la que más contribuyó a su recuperación. Hoy por hoy, este barrio se ha transformado en el área más incluyente del DF, tanto que le ha dado a México el distintivo de ciudad gay friendly, por lo que inversionistas extranjeros ya planean el primer gran hotel exclusivo para dicha comunidad.
En las calles de Amberes, Niza y Génova, los edificios de la belle époque y del art nouveau, que ahora son cafés o boutiques, están coronados con la bandera multicolor. En las peatonales, es común ver a parejas del mismo sexo -de todas las edades- caminar de la mano sin que nadie se escandalice; pero en el perímetro hay algo más que ‘movida gay’. Sobre el Paseo de la Reforma, muy cerca del Ángel de la Independencia, es común que las banquetas se conviertan en corredores de arte. Exposiciones escultóricas se despliegan ahí de vez en cuando, lo que le otorga un poco de aquel toque artístico que la distinguía, si bien no le ha devuelto su esplendor original.
DE HACIENDA A BARRIO CHIC: LA CONDESA
La Condesa nació aristócrata alrededor de 1704 y hoy conserva algo de ese aire en sus calles arboladas; aunque son tranquilas, los noctívagos les dan una vida festiva al abarrotar sus restaurantes y bares.
El barrio, donde antes estuvo la Hacienda de Santa María del Arenal y que después fue adquirida por la Condesa de Miravalle (de ahí su nombre), es encantador a toda hora. Calles como Ámsterdam (hermoso circuito que conserva el trazo circular del hipódromo que estuvo ahí en los años veinte) sirven de pasarela para jóvenes y viejos que pasean a sus perros y derrochan estilo aun si van en ropa deportiva, mientras que en los parques España y México, los corredores toman las pistas para ejercitarse.
Supermercados orgánicos, videoclubes que ostentan rarezas cinematográficas (el Videodromo es el mejor ejemplo), boutiques de prometedores diseñadores mexicanos, comida de casi todo el mundo (incluyendo unos de los mejores tacos de la ciudad, El Califa). Quien vive en este barrio tiene prácticamente todo al alcance y con un toque de distinción y vanguardia, que nunca pierde el aire chic. Y es por eso que algunos habitantes (muchos de ellos artistas) afirman que son pocas las ocasiones que salen de la colonia pues lo tienen todo aquí, incluyendo su trabajo.
Las viviendas dan a la Condesa parte de su carácter señorial. Las construcciones de principios de siglo XX en estilo art deco o neocolonial son la norma, no en balde hay más de 200 edificios catalogados como históricos o artísticos, aunque los lofts o departamentos minimalistas han ganado terreno.
Las calles de Tamaulipas y Michoacán, que concentran restaurantes, cafés y cantinas, son las principales opciones para encontrar dónde comer ‘a la parisina’, con mesas en las banquetas para disfrutar del sol.
La noche es el momento en que para unos la Condesa se convierte en el mejor barrio de la capital, mientras que para otros se torna en un martirio. Apenas se esconde el Astro Rey y los bares se llenan de jóvenes y ejecutivos que acuden a tomar un trago. No importa qué día de la semana sea. El ruido y la falta de espacios para estacionarse le restan algo de magia a la zona, lo cual por años ha sido motivo de conflicto entre restauranteros, visitantes y habitantes. Aun así, por disfrutar el ambiente bien vale la pena buscar hasta por debajo de las piedras un sitio para aparcar.
Pese al eterno pleito, los vecinos se niegan a mudarse por la vasta oferta de la colonia. Vivir en la Condesa es un lujo que pocos pueden darse. La demanda inmobiliaria y su belleza la han saturado, disparando los precios de la vivienda. Esta es razón suficiente para que muchos encuentren en la colonia vecina una alternativa igualmente cosmopolita y no menos vanguardista: la Roma.
TENDENCIAS Y ESPLENDOR: LA ROMA
Una enorme réplica del David de Miguel Ángel sorprende a quienes llegan aquí por la hermosa Plaza Río de Janeiro, que al igual que la Plaza Luis Cabrera (a unas cuantas cuadras), la circundan casas de principios del siglo XX que en aquel entonces cobijaron a la alta sociedad defeña. Este es uno de los corazones de la colonia Roma, donde los palacetes embellecen las calles de una zona que, al igual que la Condesa, surgió de una hacienda: La Romita.
De ambiente parecido al de la Condesa (lo que es natural, dada su cercanía), la Roma tiene un poco menos de vida nocturna y quizá un poco más de vena artística. La calle de Medellín (cercana a una bella réplica de la madrileña Fuente de Cibeles) podría ser su corazón gastronómico junto a otras calles vecinas, mientras que la avenida Álvaro Obregón (una de sus vías principales) alberga un tianguis de arte (los fines de semana) en el cual lo mismo se venden cuadros originales que modestas copias de Van Gogh. No obstante, si de invertir en arte se trata, los coleccionistas tienen a su disposición galerías como Vértigo, Arroniz Arte Contemporáneo, Labor y Traeger-Pinto, que presentan las nuevas tendencias mexicanas. También aquí tiene su domicilio Casa Lamm, que además de contar con una galería y una excelente librería, ofrece cursos, licenciaturas, y posgrados en los diversos campos del arte.
Además, en sus calles dotadas de árboles a las orillas y estatuas de seres mitológicos se han abierto bares, casas de té, boutiques y mueblerías de diseños exclusivos; todo lo anterior le ha otorgado el mote de ‘la nueva Condesa’. Pero si ha de llamarse así no será sólo porque el ambiente haya permeado, sino también porque los complejos de lujo la han hecho una opción viable para vivir si se busca el esplendor de la colonia vecina sin tanta saturación. Tras el terremoto de 1985 muchos de los edificios del área quedaron derruidos, pero pareciera que a 25 años de la tragedia el mismo número de edificios que cayó se erige ahora para atraer a más y más moradores.
LA ETERNIDAD DE COYOACÁN
En una noche tranquila, con la imaginación echada al vuelo, aún se puede escuchar sobre el empedrado el correr de los carruajes del siglo XIX. En los muros de cantera y piedra volcánica resuena la voz de los poetas, pintores y artistas que han habitado este barrio.
Coyoacán conserva el aire colonial en su arquitectura; grandes o pequeñas, muchas de sus joyas arquitectónicas fueron habitadas por frailes franciscanos en el siglo XVI, y es un paseo obligado para chilangos y visitantes. El ‘lugar de coyotes’ -según la etimología- es uno de los más representativos del DF. Fue la primera morada del conquistador Hernán Cortes, y muchas de las construcciones del centro fueron levantadas por sacerdotes franciscanos en el siglo XVI. Gracias a la arquitectura de las casas que la conforman, la calle Francisco Sosa está considerada una de las más bellas y tradicionales de la capital.
El foco de atracción lo forman el Jardín Hidalgo y la Plaza Centenario, frente al Templo y Exconvento de San Juan Bautista, que representa una invaluable joya. Divididos por la calle de Felipe Carrillo Puerto, de un lado se puede apreciar el atrio de la iglesia colonial con una cruz solitaria. Del otro está la Plaza Centenario, coronada por la Fuente de los Coyotes. Hasta hace un par de años los artesanos colmaban este sector, sin embargo tras la recuperación del centro fueron reubicados.
Los deportistas también encuentran en Coyoacán un refugio. El verdor de sus parques o de sitios como los Viveros (un ‘pedacito’ de bosque donde además se venden plantas y árboles) atrae a corredores principiantes y expertos y, por si fuera poco, le dan personalidad a la zona.
Saciar el apetito no es difícil. Se pueden encontrar antojitos mexicanos y mariscos en el mercado, o incluso uno de los mejores restaurantes del país, Los Danzantes, con la filosofía de educar a los comensales en el gusto por el mezcal y la cocina típica.
Este antiguo barrio es asimismo sede de innumerables museos. Referencia obligada es la Casa Azul de Frida Kahlo y muy cerca de ahí se encuentra el Museo Casa León Trotsky. Además están el Museo de las Culturas Populares y el de las Intervenciones, así como el Centro Nacional de las Artes, la Cineteca Nacional y algunas librerías características del barrio.
En su límite con la delegación Tlalpan, en el pedregal de roca del volcán Xitle, está la casa de estudios más grande y antigua de América Latina: la UNAM. Construida entre 1950 y 1954, la Ciudad Universitaria (CU) plasma la arquitectura moderna con reminiscencias prehispánicas. Además integra en un espacio social y arquitectónico el muralismo mexicano. CU fue incluida el en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO.
SAN ÁNGEL, EL TESORO DEL SUR
Los colores y las formas entran por los ojos. Figuras de barro, madera tallada, reproducciones de piezas prehispánicas, textiles, bordados y también cuadros al óleo o en acuarela encuentran un lugar de exposición gratuita y por qué no, una galería dónde concretar su venta. Es sábado en la plaza de San Jacinto en San Ángel.
Este es un barrio que se fundó durante la Conquista, con el Convento del Carmen. Hasta finales del siglo XIX las familias adineradas del porfiriato comenzaron a erigir viviendas de campo y descanso, dotando a la zona de una arquitectura única que fusiona tendencias francesas y lo tradicional mexicano. Son típicas las construcciones de dos pisos con balcones, en calles angostas y empedradas que conducen a plazoletas y jardines casi secretos. Un ejemplo es la Casa del Risco que actualmente alberga el Centro Cultural Isidro Fabela.
Uno no puede visitar San Ángel sin pasar al menos por un ramo de rosas o margaritas al mercado de las flores. Es un oasis a la vista, un regalo al olfato en el diario y constante transitar de la avenida Revolución.
En fin de semana se puede tomar el desayuno en uno de los cafés con terraza con vista a la plaza de San Jacinto o comer en el mercado de San Ángel. Para gustos más sofisticados, la avenida de Paz y sus restaurantes especializados ofrecen comida francesa, española, tailandesa o japonesa.
Las opciones culturales no se limitan al sábado de bazar. En el Centro Cultural Helénico se esconde una joya, una capilla de tipo gótico traída piedra por piedra desde España, además de exitosas obras de teatro contemporáneo. Mientras que el Museo Estudio Diego Rivera -declarado Monumento Artístico en 1998- alberga obra, colecciones y objetos personales del artista y de los años que aquí compartió con Frida Kahlo. Por su parte, el Museo de Arte Carrillo Gil se ha transformado en un centro de investigación y experimentación artística para jóvenes creadores. Y si de encontrar las mejores obras de Auguste Rodin y los artistas impresionistas se trata, el Museo Soumaya es el sitio a visitar.
EL LUJO AL ESTILO POLANCO
Los umbrales de esta zona de lujo están flanqueados por uno de los espacios de mayor diversión popular para los capitalinos: el Bosque de Chapultepec. Sus 800 hectáreas se dividen en tres secciones, aunque es la primera -que alberga al zoológico y el lago- la que concentra a los visitantes. Más adentro del Paseo de la Reforma, donde se ubican algunas de las puertas del bosque, está el Auditorio Nacional, otro de los recintos que le da carácter a la Ciudad de México, por ser la principal sede de espectáculos. Sus escalinatas son también la parada principal del Turibús, que desde ahí inicia un recorrido ideal para quien llega por primera vez a la urbe.
Estos dos centros son la puerta de entrada a una colonia exclusiva y refinada que aloja embajadas, grandes parques, una amplia oferta culinaria (de las mejores en el país) y oficinas corporativas. Mención aparte merece la avenida Presidente Masaryk, un gran escaparate del lujo mundial y donde el ambiente de Polanco bulle. Es el lugar correcto si lo que se quiere es evidenciar el poder económico, pues alberga las marcas más exclusivas de coches, ropa, joyería y restaurantes que (no todos) bien valen lo que cuestan. Lo mismo ocurre con sus antros y cafés.
Los residentes son representantes de comunidades como la judía, española, alemana y libanesa que -no es casualidad- tienen en esta colonia su propia embajada. Las calles con nombres de filósofos conservan las casonas del viejo estilo colonial californiano y a su vez conviven con edificios modernos. Es imposible pasar por alto lo que hay en parques como el Lincoln, también conocido como ‘del reloj’. Su torre es el símbolo de Polanco, y sus dos enormes estanques son el escenario donde habitantes y visitantes sacan barcos o lanchas de control remoto para surcar sus espejos de agua.
‘LAS LOMAS’ DE LA CIUDAD
Lomas de Chapultepec, mejor conocido como ‘Las Lomas’ -y originalmente bautizado en los treinta como Lomas Heights-, es un barrio compuesto por varias colonias que albergan a millonarios por antonomasia, un auténtico escenario de mansiones y palacetes de aire californiano con vitrales, balcones, terrazas y demás espacios construidos en dimensiones dignas del poder adquisitivo de sus dueños. Las calles de esta colonia son la pista para contemplar autos de los que posiblemente no haya más de cinco iguales en todo el país. Además hay embajadas, hogares de artistas y políticos.
Las calles tienen nombres de montículos del mundo y son principalmente residenciales, ni sueñe con ver una tienda de conveniencia en los alrededores. No obstante, hay un tesoro para pasear, para comprar y comer, al que acude la alta sociedad: Monte Líbano.
Habiendo tanta restricción para los comercios, los pocos que hay en esta calle son pura calidad: un par de pastelerías, un vivero con un surtido de flores bellísimas, una librería y un mercado como no se encuentra otro en toda la ciudad. Sus locatarios ofrecen alcachofas baby y cortes de carne tipo argentino. Eso sí, afloje la billetera si quiere hacer un par de compras, pues los precios no siempre son ‘amigables’.
EL FUTURO ALCANZÓ A LA CAPITAL: SANTA FE
Desde la prolongación del Paseo de la Reforma, alce la vista y admire desde lejos una ‘ciudad’ del futuro. Es Santa Fe. El desarrollo financiero y corporativo más importante de la capital. Parece increíble que este complejo lo ocuparan minas, bancos de arena y una rústica vía para llegar a Toluca, cuando hoy se ven imponentes rascacielos a donde la mejor manera de arribar es en automóvil.
Los puestos de comida son prácticamente inexistentes, pero de que los hay, los hay. Y si hablamos de bares y restaurantes de primera entonces sí hay menú, pues éstos acompañan las primeras plantas de algunos modernos edificios. Como ejemplo, los restaurantes Guría o L’Olivier son tesoros de los gourmandes con cartera holgada.
Parece increíble que hace más de 30 años esta modernísima área fuera un improvisado relleno sanitario y que incluso fuese pensada para construir un nuevo penal; sin embargo, un grupo de inversionistas le vio potencial para convertirlo en sitio para oficinas.
En 1982 la llegada de la Universidad Iberoamericana le cambió de inmediato la cara a estos terrenos, pues dejaron de ser una zona industrial para dar paso a los primeros edificios de departamentos y a la construcción de inmuebles característicos como Arcos Bosques, mejor conocido como ‘el pantalón’, o la sede de Televisa Santa Fe, enorme y colorido complejo diseñado por Ricardo Legorreta. Asimismo, en los noventa se detonó el auge de la industria de la construcción, y aunque la crisis económica del 94 paralizó muchos proyectos, las grúas no han dejado de estar presentes.
Para Roberto Rock, editor de la publicación zonal Barrio Santa Fe, el habitante de esta área vive encadenado al uso del coche y resulta lamentable que en el afán de ser el punto neurálgico para hacer negocios, el ciudadano sufra por la falta de banquetas y los pocos espacios para la recreación familiar.
Muy recientemente, Santa Fe ha querido deshacerse del estigma de que ahí no hay mucho qué hacer, y por ello se han impulsado los teatros y la vida cultural que ofrece la Universidad Iberoamercana, para que no se diga que los modernos rascacielos están peleados con alimentar el espíritu.
Por increíble que parezca esto es sólo una mínima parte de lo que ofrece el Distrito Federal. Falta espacio para incluir otros tantos lugares igualmente típicos y bellos como Xochimilico, la suntuosidad del Pedregal y sus enormes residencias, la colonia Santa María La Ribera con su abolengo deteriorado, la Cuauhtémoc a un paso del Centro Histórico o la delegación Milpa Alta, donde muchos indígenas conservan sus tradiciones.
Es imposible descubrir las maravillas del DF en un solo viaje, pero se puede empezar con una mañana. Piérdale el miedo al tráfico, olvídese de los clichés y encuéntrese en uno de los mil rostros de esta ciudad tan apabullante como encantadora.