México es experto en desperdiciar oportunidades. Y no me refiero a los Ratoncitos Verdes, con los ojos desorbitados y todos tirisios, desde el manchón de penalti. No, me refiero a lo que históricamente hemos hecho como nación.
A mediados de los años setenta, quedó claro que este país podía pasar de importador de petróleo (sí, durante la mitad del siglo XX fuimos importadores de crudo) a potencia exportadora, gracias a los nuevos yacimientos encontrados en la Sonda de Campeche: un pescador llamado Rudesindo Cantarell había hallado aceite en el mar y echado el pitazo a Pemex. Estudios posteriores demostraron que ese campo (bautizado con el nombre de su descubridor: al fin un poco de justicia histórica) era uno de los más grandes en la historia humana. De hecho, el segundo más grande, sólo superado por el de Al-Ghawar de Arabia Saudita.
¿Qué hizo el país con el yacimiento de Cantarell? Dependía del sexenio. En el de López Portillo, sirvió para que pidiéramos prestado a un ritmo de mil millones de dólares al mes, con la garantía de que luego pagaríamos con petróleo. A ese endeudamiento se lo tragó la corrupción, el sindicalismo mafioso y el eterno cáncer de la ignorancia y la impunidad. ¿Resultado? Que en seis años a este país entró más o menos la misma cantidad de dinero que se usó durante cinco en toda Europa después de la Segunda Guerra Mundial, lo que se dio en llamar el Plan Marshall. Y al final del sexenio de JoLoPo, México estaba en crisis, el peso devaluándose y con una deudota pavorosa que en teoría teníamos que pagar a corto plazo. López Portillo había hipotecado irresponsablemente al país, y nadie supo o quiso impedirlo. Esa deuda contraída con la garantía de Cantarell la seguirán pagando nuestros nietos. Y sí, ya sé lo que piensan sobre la lana del Plan Marshall: con la misma cantidad de dinero con que se reconstruyó Europa, nosotros destruimos México. Y lo seguiremos destruyendo mientras no haya reformas a fondo en el Estado y la sociedad.
A fin de cuentas, Miguel de la Madrid se pasó su sexenio negociando la deuda y ensayando cómo prevaricaría de viejito. Y desde entonces, la bonanza petrolera no ha servido sino para engordar los bolsillos de los gángsteres del sindicato petrolero, pagar burócratas parásitos y, lo peor, paralizar cualquier intento de crear un sistema fiscal decente y moderno. ¿Para qué, si con el petróleo vive el Estado mexicano? Como nuestra inepta casta política es incapaz de ver más allá de sus narices, el dinero del petróleo se ha gastado improductivamente en el presente: no queda ni un cinco para el futuro.
Por eso las noticias de que Cantarell se nos va acabar fueron recibidas, la verdad, como una bendición: a ver si ahora se hacen las cosas como las debe hacer una sociedad civilizada: no viviendo de la suerte en el presente, sino trabajando para el futuro.
Pero ¿a que no saben qué? Que la semana pasada se anunció el hallazgo de un par de campos petroleros que, en conjunto, podrán producir unos 300,000 barriles diarios... más o menos lo que ha dejado de producir Cantarell. O sea que el demonio una vez más nos va a ahorrar el enfado de trabajar, ser eficientes y mirar hacia el futuro. Sí, el poeta jerezano tenía razón: los veneros de petróleo nos los escrituró el diablo... para echarnos a perder.