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EL COMENTARIO DE HOY

Sentido del timing

FRANCISCO AMPARÁN

Para muchas víctimas de injusticias y violencias, lo peor no es la ofensa en sí; sino el hecho de que quienes les agredieron no sólo no pidan perdón, sino que ni siquiera aceptan su culpa. Con frecuencia es esa indiferencia, ese "hacerse loco" lo que más saca de quicio a los afectados. Y claro: el proceso de reconciliación y perdón no puede iniciarse si ni siquiera se admite que se cometió una falta, que hubo una transgresión.

Desde hace décadas, los armenios han exigido que la República de Turquía reconozca el hecho de que, entre 1915 y 1917, los turcos otomanos masacraron a 1.5 millones de armenios, a través de una campaña genocida sistemática, en plena Primera Guerra Mundial: el primer gran genocidio del siglo XX; y, según la leyenda urbana, el que le marcaría la pauta a Hitler. Los turcos contemporáneos se han negado una y otra vez a aceptar que el genocidio ocurrió.

La República de Turquía es una especie de heredera del Imperio Otomano, el que presuntamente realizó el genocidio armenio, y que se desintegrara después de la Primera Guerra Mundial. Por ello, y por suponer que la admisión de semejantes crímenes mancharía la reputación de todo un pueblo, los turcos se aferran a su noción de que no hubo tal genocidio. Y que si murieron muchos armenios, fue por los efectos inevitables de una gran guerra, como la que vivía el mundo en esos años.

El asunto ha dividido a esos países vecinos, que por ello no tienen relaciones diplomáticas ni fronteras abiertas desde 1993. Lo cual, como es de suponerse, representa una monserga para ambos. Luego de tres lustros de tan enojosa situación, el otoño pasado armenios y turcos llegaron a un acuerdo de normalización de relaciones. Se suponía que el parlamento de Turquía votaría esta semana para oficializarlo.

Pero con ese sentido de la oportunidad que suelen tener los norteamericanos (que del mundo en que intervienen suelen no entender un pepino), el Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes en Washington aprobó hace unos días una moción que reconoce la existencia del genocidio armenio realizado por los otomanos. Armenia había estado esperando meses y meses por esa expresión de apoyo de los legisladores americanos. Pero ¿qué sentido tiene darle de palos al avispero justo cuando se iba a recoger la miel?

Los turcos están que echan humo por las orejas. No sólo se ha tocado una fibra muy sensible del alma turca; no sólo la moción no podía haber llegado en un momento más inoportuno; sino que Estados Unidos le da una cachetada guajolotera a uno de sus aliados fundamentales, socio en la OTAN y que tiene más de 1,500 de sus soldados en Afganistán peleando la guerra contra el terrorismo... una guerra de Estados Unidos.

Total, que los diputados americanos demostraron tener la sensibilidad de un elefante con psoriasis. Según parece, ser un poco idiota es requisito indispensable para formar parte de la representación nacional... allá como acá.

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