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El día más largo

Los días, los hombres, las ideas

Francisco José Amparán

Los que pertenecen a mi cada vez más veterana, experimentada y sabia generación (los nacidos en la década de los cincuenta) pasamos la infancia viendo películas cuya acción se situaba en la Segunda Guerra Mundial. Lo cual no tiene nada de raro: Hollywood siempre ha sido experto en explotar los conflictos en que se mete Estados Unidos. Y si hubo un conflicto grandote, y con las líneas éticas claramente trazadas además, ése fue la Segunda Guerra.

Por supuesto, si la historia la escriben los vencedores, con más razón ellos son quienes la filman. Así, en aquellas películas los soldados norteamericanos eran muy decentes y disciplinados, siempre andaban afeitados y bien peinados, se comportaban rectamente, y hasta cuando morían lo hacían muy modositos: apenas gimiendo y sin salpicar sangre ni dejar mosquero. A su vez, los nazis eran unos malditos de mirada torva, que cuando sonreían lo hacían con una sádica mueca torcida. Los japoneses eran unos fanáticos que se la pasaban rebanando gente, incluidos ellos mismos. Todo quedaba muy claro para un niño que en su vida había escuchado un disparo.

Esa clara dicotomía americano-bueno-enemigo-malo se fue al demonio, como tantas otras cosas, con la Guerra de Vietnam. Hollywood se hizo eco del espíritu cínico y pesimista de la época con filmes muy críticos o éticamente ambiguos sobre la legitimidad y pertinencia de esa lucha. Tres películas aparecidas en el lapso de unos cuantos meses cambiaron todo el enfoque que los norteamericanos habían tenido sobre sus intervenciones militares, y habían querido proyectar al mundo: las imprescindibles "Regreso sin gloria" (Coming Home, 1978), "El francotirador" (The Deer Hunter, 1978) y "Apocalipsis" (Apocalypse Now, 1979). El mito de ser los eternos chicos buenos de la película se fue por el caño. Y de ahí p'al real...

Quizá por la cruda moral que dejó Vietnam, a Hollywood de plano se le ha olvidado la Segunda Guerra Mundial. Me refiero a las películas, efectivamente, "de guerra", las que giran en torno a las andanzas de los soldados y sus cuitas, con mucho balazo y sudoración; no a dramas sobre el rescate de judíos ("La lista de Schindler", 1993) o de heroínas de la Resistencia ("Charlotte Gray", 2001). La única excepción notable es "Rescatando al soldado Ryan" (Saving private Ryan, 1998), que contiene algunos de los minutos de acción bélica más trepidantes en la historia del cine. Y no, no incluyo "Bastardos sin gloria" (Inglourious basterds, 2009), una larga mafufada que sólo Tarantino puede considerar dentro del género.

Todas las disquisiciones previas tienen que ver con la fecha de hoy, 6 de junio. Que era la única que de niños nos resultaba significativa en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Y es que no había infante (de infancia, no de Marina) que no supiera que ese día de 1944 había sido "el más largo del siglo": era el Día D, el del desembarco aliado en las playas de Normandía. Toda esa información se nos quedó fija debido a una película que, en efecto, se llamaba así: "El día más largo del siglo" (The longest day, 1962). Por mera nostalgia, la volví a ver hace unos días. Y sí da cosa constatar la ingenuidad, la pulcritud, la asepsia con que se presenta ese asco que es la guerra. En toda la película no se observa una gota de sangre, nadie se despeina y los muertos son muy bien portados: ni un desgarrón en el uniforme, y los cadáveres enteritos, muy presentables. Sin embargo, la película es efectiva en al menos uno de sus propósitos fundamentales: que el espectador capte que, efectivamente, en ese día (que por algo se les hizo tan largo), se jugó el destino del siglo.

Retrocedamos en el tiempo al otoño de 1943: la Segunda Guerra Mundial está en su cuarto año, y las tornas se han volteado desde algunos meses atrás: en febrero, el VI Ejército alemán se había rendido en Stalingrado; y en mayo, lo mismo había hecho el Afrika Korps en Túnez: medio millón de los mejores soldados del mundo, perdidos en tres meses. Por primera vez, los alemanes están retrocediendo y a la defensiva. En esos momentos, como desde 1941, la guerra es básicamente entre soviéticos y alemanes. Al mismo tiempo, los aliados occidentales (fundamentalmente EUA y Gran Bretaña) sólo enfrentan a los nazis en un frente minúsculo, el sur de Italia. O sea que el 95% de la carga de la guerra (y de los muertos que estaba costando) la soportaba la URSS. Stalin pidió que, si eran tan cuates, le ayudaran: había que abrir un Segundo Frente en algún lugar de Europa Occidental para dividir efectivamente los esfuerzos de Alemania. Lo de Italia era una vacilada. Al principio las democracias occidentales se hicieron locas. En esos momentos la guerra era ideal: nazis matando comunistas matando nazis, bendito sea mi Padre Dios. Pero ya a fines de 1943 resultó evidente que los soviéticos reconquistaban cada vez más territorio más rápidamente. ¿Y si se producía un súbito colapso de las tropas alemanas? El Ejército Rojo bien podía seguirse sin tocar baranda hasta los Pirineos. ¡Gulp! Había que abrir, en efecto, un Segundo Frente en alguna parte de la costa atlántica, para ganarle a los rusos la carrera a Berlín.

El problema es que una invasión, para tener éxito, se enfrentaba a enormes complicaciones. En primer lugar, había que poner en el continente a un titipuchal de soldados en las primeras 24 horas, para que fueran capaces de aguantar un posible contraataque alemán: al menos 175,000 hombres... más de los que EUA hoy tiene en Irak. Habían de ser transportados por mar, y pasados a lanchones para poder llegar a las playas. Por supuesto, no los iban a recibir con collares de flores ni ukuleles: tendrían que desembarcar bajo fuego enemigo. Previamente, tres divisiones de paracaidistas (unos 35,000 hombres) serían dejadas caer en la retaguardia para poner patas arriba las comunicaciones y transportes del enemigo y limpiar las salidas de las playas. Quizá lo más difícil: coordinarse con la Resistencia Francesa para que cooperaran sin hacerse los sentidos ni ponerse a discutir, como sólo los galos saben hacerlo aunque se les esté haciendo el favor. Y claro, todo eso debía incluir comunicaciones, transportes, servicios médicos y sanitarios, logística, alimentación, coordinación y control. Para acabar pronto, la operación (llamada Overlord o "Señorón") más compleja de la historia humana. Por tanto, muchas, pero muchas cosas podían salir mal. Si el desembarco era un fracaso, no había más que de dos sopas: Europa seguiría con la bota nazi en el cogote; o sería "liberada" por la URSS y quedaría con la bota de Stalin en el cogote. Qué aliviane. A fin de cuentas, tomando en consideración lo endemoniadamente peliagudo del plan, éste funcionó, con sus contratiempos (de nuevo: en Omaha Beach, EUA tuvo más bajas en las primeras dos horas que en siete años en Irak); pero la cabeza de playa se sostuvo y en unas semanas ya habían desembarcado un millón de hombres. Por ello media Europa se salvó de pasar de estar bajo una dictadura brutal a estar bajo otra. Y por eso es memorable el 6 de junio, el día más largo del siglo XX.

Consejo no pedido para que éste sea el domingo más largo del verano: Por supuesto, vea "El día más largo". Y lea "Día D: la batalla climática de la II Guerra Mundial", de Stephen Ambrose; bastante ameno. Provecho.

Correo: anakin.amparan@yahoo.com.mx

Francisco José Amparán

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