Hace unos días Carlos Fuentes recibió la Gran Medalla Verneil de manos del alcalde de París, el socialista Bertrand Delanoe. Se trata de la más alta distinción que concede la capital francesa.
Imposible no pensar en obras como Una Familia Lejana, que hermana Francia y a México. Imposible que la memoria no se vaya al inicio de Terra Nostra, donde las aguas del Sena sufren una súbita transformación y donde las gárgolas de la catedral de nuestra señora cobran vida.
El autor de Adán en Edén es, sin duda, uno de los escritores más importantes y más prolíficos del México actual. Es también uno de los más leídos. Agrupadas en un ciclo que lleva como nombre La Edad del Tiempo, novelas como La Muerte de Artemio Cruz, Cristóbal Nonato y Aura, por citar sólo algunas, son piezas fundamentales de nuestra literatura. Así pues, el diálogo entre México y el mundo ha sido constante en una amplia obra que se extiende por los territorios de la novela, el cuento, el ensayo, el teatro y el análisis político. Recientemente ha lanzado novelas en las que explora el violento México de nuestros días.
Pero Carlos Fuentes, como cualquier otro escritor, no es infalible. Sería una idiotez pensar que todas las cuartillas que ha escrito son ejemplos impecables de la mejor literatura. Junto a novelas deslumbrantes y ensayos geniales encontramos experimentos fallidos, juegos que han sido malinterpretados y textos de vigencia limitada. Es natural. Los hinchas no recuerdan a Maradona por los goles que falló, sino por los que metió (a veces con la mano, pero los metió).
Los homenajes para don Carlos no celebran una inspiración sobrehumana, celebran la constancia de un autor que ha tomado los riesgos del oficio con disciplina, pasión y constancia.
Carlos Fuentes ha cuestionado constantemente no sólo las versiones oficiales de la historia mexicana, también el ejercicio del poder, y no sólo en México (basta con leer el libro de ensayos titulado Contra Bush) Así, en uno de los cuentos de La Frontera de Cristal escuchamos a un personaje que aconseja: "habla, nombra, exponte. Sé como el dios que nos dio la lengua. No como el dios que nos dejó mudos".
Esta exposición trasciende la vulnerabilidad que caracteriza a quienes asisten a algún taller literario. Por eso me desconcierta leer que algunos jóvenes autores han calificado la literatura de Carlos Fuentes como inocente. Según ellos, los libros más recientes del autor no reflejan las contradicciones del mexicano. Fuentes mismo ha dicho que su literatura ya no apunta a la búsqueda de identidad, sino a la construcción de la pluralidad.
Me temo que muchos de los que critican la literatura de Fuentes ni siquiera han leído la narrativa que analizan tan sesudamente, lanzando terminajos. Tan actual es su primera novela, La Región Más Transparente que escribió cuando estaba por cumplir treinta años, incluye los siguientes párrafos para definir a algunos jóvenes autores (de aquella época, pero también de ésta):
"Ahora se pavonea el autor sin libros, en la vigésima edición de sus primeras veinte cuartillas: qué importa, es un genio porque es cuate, nos cae bien, es chistoso: esto es lo importante en México".
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