U N inesperado fruto de esta temporada de festejos bicentenarios ha sido la muy oportuna iniciativa del senador Máximo García Valdivia, del PRD, de inscribir con letras de oro en la Cámara de Diputados el nombre de Agustín de Iturbide. Puede darse así un importante paso formal para hacer justicia en los anales oficiales a la figura del que llevó a su efectiva realización la independencia de nuestro país.
El texto de la iniciativa del diputado expresa que "...es sensato, con motivo de los festejos de Bicentenario de la Independencia, hacer un esfuerzo de comprensión desapasionado y objetivo en torno a la figura del consumador de nuestra Independencia, fundador del Estado Mexicano del creador de nuestra bandera y de nuestro ejército..."
Sigue la iniciativa: "Iturbide fue calificado injustificadamente de traidor y condenado a muerte por el Congreso en 1824 sin razón alguna y sin necesidad de usar de las fórmulas legales cuando lo que se deseaba era el establecimiento de un imperio grande y fuerte en el norte de América con presencia comercial en el Golfo, en el Pacífico y el Caribe y que fuera respetado por las grandes naciones lo que no convenía a los Estados Unidos cuyo embajador (ministro) Joel Poinsett - ayudó a su caída y muerte..."
La propuesta merece comentarse.
Una de los más tristes aspectos de nuestra historia es encontrarla secuestrada en las tenazas de una rígida dicotomía heredada del siglo XIX que fijó en bandos opuestos e irreconciliables las figuras más prominentes que determinaron el devenir nacional.
De la lucha entre federalistas y centralistas en los primeros años de la República naciente nos llegan como héroes o villanos, según ganasen aunque efímeramente los rivales que impusieron sus propias visiones alternativas de la república. Más tarde la lucha entre liberales y conservadores dejó igual huella en la conciencia popular.
No hay lugar para equilibrios. En la escuela se enseña que sólo hay blancos y negros en la historia patria. Se olvida por ejemplo, que, en el siglo XIX y aún en el siguiente, tanto unos como otros acudieron a potencias extranjeras cuando peligraban sus causas. El partido liberal, triunfador, obtuvo solaz y apoyo de norteamericano con quien hizo pacto para combatir a los conservadores los que, a su vez, en revancha recurrieron a Europa. Todavía se repiten las acusaciones.
Hoy continuamos divididos por el pasado. Hay quienes saborean los progresos todavía muy visibles, del Porfiriato que, muy a la fuerza trajo orden en una república adolorida de mutilaciones e invasiones. Otra visión sólo advierte en ese tiempo un inhumano abandono social que detonó la serie de alzamientos a partir de 1910.
En la siguiente etapa, la del Siglo XX, siguen los juicios oficiales sectarios que elevan a la admiración general hombres que instigaron luchas fratricidas, desde el poder, mientras que los que se defendieron de ellos sufrieron muerte, ostracismo u omisión en los textos escolares.
Hay que saber sopesar los personajes en su justo valor, aportes y enseñanzas para la historia. Ellos entran a la historia generalmente por sólo una o dos contribuciones señeras que hacen que se les recuerde.
Todos han tenido facetas negativas. Éstas, empero, no anulan el reconocer el valor de su contribución.
El caso de Agustín de Iturbide viene a cuento. Una España en confusión y ruina general, cuyo rey Carlos IV había abdicado en su hijo Fernando VII a su vez preso, dejaba los reinos de ultramar en completo abandono y anarquía.
Comandante de las Fuerzas Reales del Sur, reconoce lo insostenible de su situación, y la terca lucha del último insurgente, Vicente Guerrero, reducido a una porción de la sierra de Veracruz, Iturbide se propone convencer a las dos fuerzas a reconocer la realidad. Ni España podía retener sus posesiones, ni el último rescoldo insurgente su lucha. Se extendía una interminable lucha guerrillera.
El Abrazo de Acatempan que se dieron Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide fue un momento efímero de concordia. Unidos los dos en el Plan de Iguala proclamado el 24 de febrero de 1821, Día de la Bandera, y los Tratados de Córdoba se destrabó el impasse que tenía sumídos a unos y otros en la indefinición. El 24 de agosto se entrevista Iturbide con el virrey Juan de O'Donojú y lo convence de que la Independencia de México es ya un hecho que sólo falta confirmar.
El 27 de septiembre el Ejército Trigarante entró a la Capital del recién nacido país con Iturbide a la cabeza. Coronado que fue el 18 de mayo, a los pocos días sus enemigos socavaron su mérito y, en sintonía con el interés norteamericano, antimonárquico y antiespañol, obligó la abdicación y destierro del novel emperador. En un acto injustificable desde cualquier punto de vista, el Congreso de 1824, integrado por enemigos, ordenó en mayo la inmediata captura y ejecución de Iturbide si regresaba de su destierro lo que sucedió en julio. Su fusilamiento en Padilla, Tamaulipas, lo martirizó. El que hizo realidad la Independencia de México, fue condenado desde ese momento al más profundo y feroz desprestigio.
Desde entonces la historia oficial sólo registra los rasgos más reprobables sobre Iturbide. Las reacciones que se recogen ahora a la propuesta del senador García Zalvidea, así se expresan. Si de los abusos de Iturbide se trata, de igual manera habrá de recordarse los sangrientos atropellos y sarracinas que sufrieron los españoles ordenados por Hidalgo en la Alhóndiga de Guanajuato.
El episodio nacional que protagonizó Iturbide y la implacable destrucción de su imagen por los que lo vencieron, es el primer caso con que se estrenaron las hondas divisiones entre nosotros que tanto daño nos han hecho a lo largo de los doscientos años de vida nacional.
No sabemos reconciliarnos con los obstáculos que con toda conciencia nos hemos fabricado y que aún perduran impidiéndonos acuerdos ni siquiera para avanzar hacia rutas de progreso. Más nos complace alargar las fisuras que dañan que soldarlas para prosperar.
Después del Abrazo de Acatempan vinieron las confrontaciones que se remacharon y perduraron irreconciliables en una forma u otra, siempre tercas, a lo largo de nuestro acontecer nacional.
Los daños en la psique nacional de esta patética visión de la existencia han sido extremadamente perniciosos. No sólo nos privaron del orgullo de honrar en su correcta dimensión al que debemos nuestra libertad de España. Ha impedido una actitud positiva sembrando la convivencia de descalificaciones y desconfianzas.
La historia sirve para enseñarnos las rutas del éxito y el progreso, y aquilatar lo bueno y evitar lo malo en nuestros héroes. Que se avanza no en pavimento de condenar lo pasado sino creando los puentes de optimismo y confianzas mutuas al sentirse parte de una comunidad que cree en su destino favorable y su gran misión por cumplir para sí y para el mundo en que vive.
Juliofelipefaesler@yahoo.com